Viernes, 15 de diciembre de 2017

Fermín Herrero: el periodismo y la verdad

El columnista de SALAMANCArtv AL DÍA comenta la Lección Magistral ofrecida en la Pontificia, en las jornadas coordinadas por Jesús Fonseca
Los poetas Alencart, Viloria, Herrero, Fonseca y Gonzalez Iglesias, en la calle Compañía

                                                                                   A propósito de los abismos que abre la verdad y que la hace socialmente

insoportable en todo tiempo y lugar no puedo resistirme aquí, en Salamanca,

a sacar a colación aquella escena tan unamuniana de ‘San Manuel Bueno,

mártir’: “No me olvidaré yo jamás del día en que diciéndole yo: “pero Don

Manuel, la verdad, la verdad ante todo” y él temblando me susurró al oído

 –y eso que estábamos solos en medio del campo- “¿La verdad? La

verdad, Lázaro, es acaso algo intolerable, algo terrible, algo mortal,

la gente sencilla no podría vivir con ella”

Fermín Herrero

En ocasión de la conferencia anual sobre Periodismo y literatura patrocinada por la Fundación Duques de Soria, el escritor Fermín Herrero realizó -  en el Aula Magna de la Universidad Pontificia de Salamanca - una enjundiosa y acertada reflexión acerca de la verdad y el periodismo. El escritor, desde diferentes rutas epistemológicas, inmerso ora en los derroteros de la filosofía, ora en los de la poesía, se adentra prudentemente en el escabroso concepto de la verdad. Plenamente consciente de lo titánico de su emprendimiento, Herrero, con humildad expresa: “Espero, pues, no liarme ni incurrir en algo descabellado: la bibliografía es inmensa e inabarcable de todo punto; el campo de batalla, indescifrable; el término, vaciado a fuerza del abuso, desgastado, si no desbaratado de todas, por los sucesivos ataques de la modernidad. Pero en casos así, en los que la necesidad apremiante, ineludible, no encuentra asideros, me acuerdo de aquel relato que le transmitió Yosef Agnón al especialista de mística judía Gershom Scholem –lo resumo, por no alargarme, aun traicionando su decurso y alcance repetitivos- en el que se cuenta que cuando Baal Shem, fundador del jasidismo debía resolver una duda iba al bosque, encendía un fuego, pronunciaba sus oraciones y lo que quería se realizaba. Una generación después no se sabía encender el fuego; a la siguiente, se olvidaron las oraciones; luego, nadie conocía ya el lugar propicio del bosque. La historia se clausura con estas frases: “Pero de todo esto podemos contar la historia. Y una vez más con eso es suficiente”. De momento puedo contárselo a ustedes, pues, me dejan, con eso basta en el intento de defender la verdad”.

El poeta comparte plenamente lo afirmado por Vargas Llosa: “Estamos ante la horrible perspectiva de que desaparezcan los periódicos. Lo que los periodistas pueden hacer para evitar eso es decir siempre la verdad y no mentir. Es algo que parece obvio, pero no lo es. A veces es difícil identificar la verdad, pero siempre hay una manera de ser honesto”. Herrero puntualiza las amenazas de todo tipo y procedencia que amenazan al periodismo en el siglo XXI, en este sentido menciona: la banalización de una sociedad que ha hecho del espectáculo su principal industria, logrando hacer de los paparazzi una especie de superhéroes del oficio, el cortoplacismo en la concepción de la existencia, la búsqueda de fama efímera y no de prestigio permanente que transforma la propia vida en un talk show sin relevancia dominado por socialités, divas y divos de todo cuño, el narcisismo de las nuevas generaciones que hacen de la metro sexualidad, de la foto, del selfie, del Instagram, del Facebook, la forma preferida de su limitada comunicación personal, la tiranía de la audiencia, del marketing y del rating, la pretendida igualdad que imponen la publicidad y los valores de la sociedad del espectáculo. El escritor se permite una dicente cita del irlandés C.S. Lewis, el famoso autor de Las crónicas de Narnia: “La exigencia de igualdad tiene dos fuentes; una de ellas se encuentra entre las más nobles emociones humanas, la otra es la más baja de ellas. La fuente noble es el deseo de juego limpio. Pero la otra fuente es el odio hacia la superioridad […] La igualdad (más allá de las matemáticas) es una concepción meramente social. Se aplica al hombre como animal político y económico. No tiene cabida en el mundo de la mente. La belleza no es democrática, la virtud no es democrática, la verdad no es democrática. La democracia política está condenada al fracaso si se intenta extender su exigencia de igualdad a estas esferas superiores. La democracia ética, intelectual o estética está muerta”.

Para nuestro desconsuelo, el escritor coincide con otros pensadores, que el talento, la inteligencia, el conocimiento, las ganas de aprender y ser mejor, están siendo progresivamente exiliados de una sociedad que los considera como antivalores, a fuer de antidemocráticos.   Si a toda esta abrumadora realidad se suman las presiones de los dueños de los medios, de los grupos económicos, de la sociedad civil, los intereses de los partidos políticos y sus lobistas, y la megalomanía de los periodistas opináticos, podemos entender mejor la extensión y profundidad de los peligros que enfrenta el periodismo del siglo XXI tan cercano a la frivolidad y tan alejado de la verdad.

Sin embargo, tendencia no es destino, no todo está perdido, Fermín Herrero, atinadamente sentencia y cita:  “Por una vez y sin que sirva de precedente, no estoy de acuerdo con la exégesis de la entrada que Rafael Sánchez Ferlosio ejecutó en Glosas castellanas y otros ensayos (diversiones) y que obvio por oreada, a mi juicio, sino que me ciño a la interpretación popular, aunque no sea recta: según reza el initium de las sentencias, donaires, apuntes y recuerdos del profesor apócrifo Juan de Mairena, dirigido a sus alumnos: “la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”, esté conforme aquél o no esté muy convencido éste, a tenor de lo que se añade. E incluso, tal vez, no creo, la haya dicho yo mismo. El propio Mairena esgrime contra los escépticos un “argumento aplastante: quien afirma que la verdad no existe, pretende que eso sea verdad, incurriendo en palmaria contradicción”. 

Herrero tampoco echa al olvido lo afirmado por Heidegger, que paradójicamente adquiere mayor vigencia en estos tiempos de pretendidas mayores libertades:

“La esencia de la verdad es la libertad”     

  • Fermín Herrero, con los poetas Alencart, Viloria, Fonseca y González Iglesías, sus esposas y José Mª Rodríguez Ponga