Sábado, 16 de diciembre de 2017

Lesbos

“El Mar Egeo se ha convertido en una tumba para muchos refugiados”. Este lamento se repitió varias veces el sábado 16 de abril de 2016. Jerónimo, arzobispo de Atenas y de toda Grecia, Bartolomé, patriarca ecuménico de Constantinopla y el papa Francisco se dieron cita en la isla griega de Lesbos para lamentar la tragedia originada por los odios de unos, por la avaricia de otros y por la indiferencia de muchos otros.
Los tres pastores expresaban su solicitud por las personas que se han visto obligadas a dejar su patria y su casa para huir del hambre, de la persecución y de la muerte. Agradecían la hospitalidad de las buenas gentes de Grecia. Pero exigían a las autoridades internacionales una respuesta a esta situación de crisis.
El arzobispo Jerónimo II condenaba  los desplazamientos y denunciaba toda forma de desprecio a la persona: “Desde esta isla de Lesbos, espero que se inicie un movimiento mundial de conciencia para que cambien esta corriente actual los que manejan con sus manos la suerte de las naciones  y traigan la paz y la seguridad a todos los hogares, a todas las familias, a todos los ciudadanos”.
Impresionantes fueron las  palabras del patriarca Bartolomé I: “Los que tienen miedo de vosotros no os han mirado a los ojos. Los que tienen miedo de vosotros no os han mirado a la cara. Los que tienen miedo de vosotros no han mirado a vuestros niños. Olvidan que la dignidad y la libertad trascienden el miedo y la división… El mundo será juzgado por el modo como os ha tratado. Y nosotros seremos responsables de la manera como respondemos a la crisis y al conflicto en las regiones de las que procedéis… La paz no es el fin de la historia. La paz es el comienzo de una historia abierta al futuro”.
 Por su parte, el Papa Francisco  decía haber llegado a Lesbos con sus hermanos para escuchar las historias de los refugiados, para hablar abiertamente en nombre de ellos, de modo que el mundo preste atención a estas situaciones tan desesperadas, y responda de un modo digno de nuestra humanidad común.    Y añadía:
“Este es el mensaje que os quiero dejar hoy: ¡No perdáis la esperanza! El mayor don que nos podemos ofrecer es el amor: una mirada misericordiosa, la solicitud para escucharnos y entendernos, una palabra de aliento, una oración. Ojalá que podáis intercambiar mutuamente este don”.  
En su declaración conjunta, los tres lideres cristianos instaban a la comunidad internacional “para que la protección de vidas humanas sea una prioridad y que, a todos los niveles, se apoyen políticas de inclusión, que se extiendan a todas las comunidades religiosas”.  
Quiera Dios que ese deseo pueda ser escuchado por los que pueden cambiar el rumbo de la historia. Católicos y ortodoxos deben encontrarse en la tarea de colaborar en la búsqueda de la paz y la justicia y en el testimonio de la caridad.                                      

José-Román Flecha Andrés

MIRAR AL CIELO Y A LA TIERRA
 
 “Galileos, ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse” (Hech 1, 11). Los  dos varones con vestiduras resplandecientes que hablan así a los discípulos nos recuerdan a los que aparecieron junto al sepulcro vacío.
En su boca resuena la voz celestial. Antes  nos descubría el misterio de la vida del resucitado. Ahora nos anuncia su retorno. En ambos casos, es una voz que viene del cielo la que nos ayuda a recuperar la esperanza después de la muerte de Jesús y después de su aparente ausencia de esta tierra.
El cielo es la metáfora de la gloria de Dios y del Dios de la gloria. Claro que seguiremos mirando al Cielo, pero sin olvidar la realidad de este suelo. No podemos desentendernos de nuestra historia. Esperamos que en esta tierra se manifieste un día esa gloria de Dios que hace nuevas todas las cosas y hace más humano nuestro mundo.
 
LA ESPERANZA
 
La esperanza es el signo de esta fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos. Directamente aparece en el texto de la carta a los Hebreos, que hoy se nos presenta como texto alternativo para la segunda lectura de la misa: “Mantengámonos firmes en la esperanza, porque es fiel quien hizo la promesa” (Heb 10,23).
Hoy se nos revela la gloria de Jesús y al mismo tiempo queda velada ante nuestros ojos. “La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celestial de Dios, de donde ha de volver, aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres”. Así nos lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 665).
Mirar al cielo puede ser una tentación. Una fácil evasión de las tareas que nos esperan en la tierra. Pero puede ser una profesión de fe en la divinidad de Jesús. Un gesto de esperanza en su venida gloriosa. Y una petición del amor que necesitamos para difundirlo como servicio a nuestros hermanos más necesitados.
 
LA PACIENCIA
 
El Evangelio de Lucas que hoy se proclama (Lc 24 52-53) nos recuerda tres notas importantes de este misterio de la ascensión del Señor:
 • “Mientras los bendecía, se separó de ellos, subiendo hacia el cielo”. Jesús bendice a sus discípulos. Y en ellos nos bendice a todos los que creemos en él. Su bendición nos acompaña y nos sostiene en los caminos de la misión.
• “Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría”. No se puede vivir de la nostalgia. Ni se debe encerrar el alma en la tristeza. El Señor nos ha dejado la responsabilidad de dar testimonio de él allí donde ha sido condenado y donde es olvidado o despreciado.
• “Estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”. Los bendecidos por el Señor bendicen a Dios con su oración y su testimonio. La esperanza genera la paciencia. Lentamente irán descubriendo que el Señor los envía a todos los caminos del mundo. 
- Señor Jesús, que tu ascensión a los cielos nos ayude a descubrir la misión que tú nos confías para anunciar tu presencia y esperar tu venida. Amén.
                                                     José-Román Flecha Andrés