Lunes, 11 de diciembre de 2017

La memoria luminosa

Uno de los libros decisivos, aparecidos en estos primeros meses de 2016, es el de las Memorias del estanque, de Antonio Colinas, publicado en el prestigioso sello editorial madrileño de Siruela. Desde que entramos en contacto con ella, en nuestros años universitarios, hasta hoy mismo, siempre hemos entendido la de Antonio Colinas –siguiendo la terminología juanramoniana– como una obra en marcha. Y todos sus libros, sean del género que sean, configuran un cosmos presidido por lo poético y por una común actitud ante la existencia.

Así ocurre en Memorias del estanque, libro en el que se van entretejiendo, a partir de una poética de la memoria, varios hilos (sus diversas etapas vitales, los lugares en los que ha vivido, sus estudios y ocupaciones, el continuado y coherente proceso de su escritura, sus relaciones con escritores y artistas, el “mundillo literario”, el mundo íntimo familiar y el de sus amistades, sus lecturas, su contacto con el mundo del arte y de la música, su actitud ética insobornable presidida por los valores de un humanismo de afianzada tradición, etc.), que dan como resultado el retrato de un escritor contemporáneo que, contra viento y marea, se ha ido haciendo a sí mismo y que nos da una imagen coherente de un modo de ser, de estar en el mundo, que nos ilumina a todos.

            Hay en estas Memorias del estanque una conjunción de ética y estética, de literatura y vida, de belleza y verdad (conceptos de Keats que nuestro poeta reivindica de continuo), de sobriedad y armonía... que va trazando el itinerario de una ejemplaridad, muy saludable y oportuna, en este presente en el que parecen predominar un caos y una confusión, propios de un mundo marcado por todo tipo de profanaciones.

            Antonio Colinas, para activar los mecanismos de su memoria personal, elige al ‘estanque’ como cómplice y confidente silencioso y se dirige a él de continuo para ir extrayendo de los fondos de la memoria los aspectos más significativos e importantes de lo vivido.

            De nuevo, nos encontramos en Antonio Colinas con la decisiva presencia del mundo de los símbolos. Aquí es el del ‘estanque’; un símbolo acuático, de profundidad. No perdamos de vista la decisiva importancia de los símbolos acuáticos en su obra; de hecho, tituló la reunión de su poesía como Un río de sombra.

            ¿Y por qué este símbolo de la profundidad, que encarna el ‘estanque’? El propio autor nos responde, cuando afirma: “aquel día, respirando en invierno la luz fría y blanca del lago helado del Palacio de Verano, comprendí que en la vida lo importante no es el ascender sino el descender. Necesitamos aprender a descender en la vida.”

            Alude Antonio Colinas a la importancia vital que tiene el aprendizaje del ‘descender’. Una actitud acorde con una ética humanista, marcada por la sobriedad y la esencialidad, que tiene en el estoicismo clásico y en el humanismo cristiano una de sus claves, como vía más segura para crear una obra con sentido, una obra ejemplar e iluminadora, en esta contemporaneidad tan sombría que nos está tocando vivir.

            El poeta, en estas sus Memorias del estanque, nos relata –de modo amenísimo, meditativo, juicioso, con una gran fluidez– lo que ha sido y es su vida, a través de la vía del ‘viaje interior’, escapando y rechazando toda superficialidad y toda trivialidad. Y, en ese itinerario vital, lleva como bandera un lema que aprendiera de sus padres: vive y deja vivir. Y también el lema de la sobriedad, de la discreción, del humanismo...

            En este itinerario vital, a través de la palabra del poeta, vemos imantados los lugares en los que vive, las tradiciones por las que se interesa (la oriental, por ejemplo, es decisiva), los libros y autores que frecuenta, la música que escucha, el arte que contempla, la naturaleza que transita (la del origen, la mediterránea y otras).

            Hay, en Memorias del estanque, también una suerte de ‘meditatio’, que se va plasmando al hilo del existir. De ahí que el remate de estas memorias, esos fragmentos con los que la obra culmina, titulados “Un valle, dos valles”, ahonden en esas claves existenciales que hemos dejado apuntadas.

            Estamos ante una obra mayor de uno de los mejores escritores españoles vivos. Es una verdadera fe de vida, de la que se desprende una ejemplaridad que irradia hacia todos los campos decisivos del ser: la ética, la estética, la verdad, la belleza..., para configurar un cosmos que el autor ha abrazado, como modo de estar en el mundo, frente a tantos caos que padecemos.

            Los lectores que aborden Memorias del estanque y lean la obra con calma saldrán muy beneficiados de una memoria tan luminosa.