Miércoles, 13 de diciembre de 2017

La otra Madre

Está sentado junto a su casa de adobe y uralita. Y piensa mientras come lentamente el ñame en un cuenco venerable. La sequía, piensa, es cada vez más larga y la lluvia es cada año más torrencial, lo arrastra todo y todo lo devora. Al final de la estación de lluvias hay que empezar todo de nuevo y afrontar los siete largos meses de sequía total.  Antes había cierto equilibrio manejable, pero desde hace unos años hay una clara degradación que significa hambre y miseria. Le han dicho que los blancos también lo saben y que van a remediarlo. No se fía.

 Verosímil pensamiento de un anciano a la puerta de su cabaña en Jani, una aldea de Burkina Fasso.

Algo van haciendo los blancos, pero poco y tarde. El pasado 22 de abril, Día Internacional de la Madre Tierra, tuvo lugar en Naciones Unidas un acto oficial que marcó el inicio del período de ratificación por parte de los Estados del Acuerdo de París. Pretende ser el nuevo instrumento de trabajo que reconoce el cambio climático como una amenaza real en la vida de las personas y que debe ser abordado en un ámbito global de cooperación. Es un avance indudable, pero ni todos los países van a ratificarlo ni los que lo ratifiquen van a ser del todo fieles a lo que el Acuerdo significa. Así están las cosas, aunque algo es algo.

En ese mismo paquete de la lucha contra la degradación de la tierra y a favor de un control del clima va también la batalla contra la erradicación de la pobreza, la lucha contra el hambre, la promoción del desarrollo sostenible y la defensa de los derechos humanos y la dignidad de los pueblos y grupos más vulnerables.

Se propone una nueva forma de entender el consumo tanto por los estados como por las empresas, grupos e individuos. Y va desde las energías renovables hasta las bolsas de basura de cada casa o los desperdicios de cualquier fábrica o los desechos de toda industria que contamine. Y en ese vagón del tren de la vida del planeta vamos todos.

El problema del cambio climático es hoy quizás el problema global de más importancia que tienen la tierra y la humanidad que la habita. Como señala el Papa Francisco en la encíclica Laudato Si, “el ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social”.

¡La tierra tan bella y tan maltratada, el agua tan escasa y, a la vez, tan desperdiciada o contaminada, el aire tan limpio y transparente y al mismo tiempo tan viciado y tan envenenado, los árboles tan esbeltos e incontables y tan arrasados en grandes superficies del planeta, el pan tan para todos y bien compartido, como debería ser, y sin embargo tan mal partido y peor repartido! Y así puede seguir sin fin la letanía amarga de los males que nos sobrevienen y que amenazan con hacer inhabitable esta casa común que es la Madre Tierra. La recibimos para su cuidado y su cultivo y la prostituimos para el abuso, el acaparamiento y la explotación sin dignidad. Malos hijos para tan buena Madre. ¡La Tierra!.

Mientras tanto los estados y los individuos, o sea nosotros mismos, viven –vivimos, quiero decir- de espaldas al presente y destruyendo el futuro. Y tan tranquilos. No pasa nada, señora marquesa… Y uno recuerda, con cierto sobresalto, la Parábola de Buda de Bertold Brecht y su final amenazador: … a quien no le quema la tierra bajo los pies yo no tengo nada que decirle. Punto.

En medio de esto y precisamente por esto Cáritas, CONFER, Entreculturas, Manos Unidas, Obras Misionales Pontificias y Pastoral Social convocan el 11 de mayo a una Oración por el cuidado de la creación y el cambio de nuestro modelo de consumo. Ahí es nada y no se sabe bien cuál de los dos objetivos es más difícil, aunque los dos van juntos. Por eso merece el esfuerzo y vamos a reunirnos el día 11, a las 20h, en la iglesia de El Carmen (Plaza de los Bandos). Y enlázate por la justicia para cuidar la tierra y a los pobres, como reza (¡nunca mejor dicho!), la convocatoria.

Allí estaremos para la oración común y el compromiso personal. Pásalo, porfa.