Viernes, 15 de diciembre de 2017

Un café en primavera

Esta mañana no he podido dejar de pensar en la tipografía de los anuncios. En mi recorrido por una ciudad de la Europa Occidental pude ver cómo resaltaban los diseños sencillos, con la misión empresarial resumida en un breve eslogan, o incluso en la forma de la letra. El conjunto era generoso en márgenes y espacios en blanco (o de color). Asimismo, el diseño urbano reflejaba una sobriedad y un ánimo atemperado. Se podía andar a pie, en bicicleta y se podía conducir como Dios manda.

Esa impresión, no obstante, no resultaba válida solo para el exterior. Tenía su complemento en el interior de los locales. Así como —desplazándonos a otro espacio más familiar—, lo tenía por igual dentro de los hogares de clase media que conocí. El corpus descrito estaba hecho a la medida del hombre promedio de la ciudad. Un hombre alto —más si lo consideramos en relación conmigo: 1,74 mts— que necesita tal superficie X para moverse.

Estoy sentado en una terraza. Lanzo mi vista hasta donde alcanza el horizonte. Hasta ese enorme muro que está justo ahí, donde antes se levantaba el Gran Hotel. Desde ese tope, entonces, desplazo mi vista por la larga hilera de comercios, hasta plegarla dentro de mis párpados, para levantar la taza de café que aún está caliente y llevarla a mis labios, todavía con el gusto de la última de las tres pastas que generosamente me sirvieron. Le doy un sorbo. Siento (o pienso) que la mañana está rica. Pongo la taza en su plato, escucho el tac, el sonido de la cucharita y vuelvo a mirar hasta donde alcanza el horizonte.

El plato de lentejas (leo en el pórtico de una librería de segunda mano). La taberna del abuelo (leo junto). Dulcería el Tiovivo (veinte metros más para acá). Con caracteres algo deteriorados por el tiempo, El vestido de la novia. Taller de alta costura (parece que pronto quebrará). Churrería de mis amoresEl final de la jornada (una funeraria)… Reparaciones de calzado MiguelLa prensa diariaEl beso de mis angelitos (tienda de ropa infantil). Academia James Boswell (el diseño tiene unos átomos y un juego de escritorio).

Este muestrario es precisamente eso, un muestrario. También hay una peluquería (Pelos despeinados, para niños —los angelitos de la casa—), otra librería (estoy en una ciudad universitaria), y tres o cuatro farmacias con cuatro hileras de preservativos (cada una) en el escaparate. Cada anuncio podría estar hecho a imagen y semejanza del propietario. Algunas tipografías son más distinguidas, como la del taller de alta costura, o la de las reparaciones de calzado, incluso, que me inspira confianza. Tiene a un caballero sentado con las piernas cruzadas leyendo el diario, a manera de viñeta. En la academia parece haber personas con ingenio. Vuelvo la vista a El plato de lentejas y veo que enfrente, en las ruinas del hotel, una señora alimenta a los gatos.

Todavía me quedan unos cinco centilitros de café. Quiero decir que el último trago. Lo retardo sujetando la oreja de la taza con el dedo índice y el pulgar de la mano derecha, al tiempo que la giro para leer el nombre del café. La marca tiene letras doradas, con remates prolongados en las consonantes. Al pie de la última vocal, se insinúa que en cualquier momento puede suceder lo que uno siempre ha esperado con unos breves puntos suspensivos.