Lunes, 18 de diciembre de 2017

Intervenciones lectoras

¿Ha visto usted alguna vez, lector, ‘el color de las tinieblas a la luz de una llama’? Están hechas de una materia diferente a la de las tinieblas de la noche en un camino y, si me atrevo a hacer una comparación, parecen estar formadas de corpúsculos como de una ceniza tenue, cuyas parcelas resplandecieran con todos los colores del arco iris. Me pareció que iban a meterse en mis ojos y, a pesar mío, parpadeé.

Junichiro Tanizaki

No sé si conocen a Anthony Browne, un escritor e ilustrador británico (me pregunto el porqué de esa absurda dicotomía), un autor que nos regala una mirada sobre nuestro mundo más cotidiano desde un lugar escasamente visitado, sobre todo por los adultos, y tremendamente subyugante.

Nos sentimos empujados a penetrar en sus obras, sus libro-álbumes, donde las imágenes que nos propone, trenzadas con ilustraciones y palabras que nos ayudan a movernos a través de las sombras que habitan ese otro yo escondido en todos nosotros. Sombras que se alargan, ensanchan o disminuyen, con una carga metafórica que Browne recrea y utiliza con enorme sutileza en muchos de sus personajes.

Me encontraba enfrascado entre líneas (digitales), tratando de explicar mis propias sombras en relación con un tema, el de nuestro rechazo o indiferencia ante las migraciones impuestas por el hambre, las guerras y las persecución de las ideas propias, cuando me di de ojos con el párrafo que a continuación transcribo, gracias a la generosidad que practican los amigos de Facebook:

Hay un momento único en que el niño descubre su sombra. Descubre otro yo, alguien que le acompaña en secreto. Ese alguien habita sus pensamientos y sus deseos más íntimos, es su doble escondido, su parte proscrita.

Estas líneas proceden de un querido artículo del escritor Gustavo Martín Garzo, Un mundo sin sombra, donde el autor establece una bellísima analogía entre esa sombra que a todos nos acompaña, sinónimo de ese otro yo que intentamos conocer, con mayor o menor fortuna, mediante los instrumentos que nos ofrecen las mediaciones culturales y artísticas, con el fin de que nuestra percepción de la realidad no se adelgace, no se precarice y pierda densidad.

El artículo, sugerente como todos los suyos, poblado de referencias bibliográficas que remiten a autores que se las han visto literariamente con esas negruras, como el conocido caso Barrie con su Peter Pan, La maravillosa historia de Peter Schlemihl de Von Chamiso, o La sombra de Andersen. Mediaciones que nos ayudan tender puentes hacia esos celajes que también nos conforman, con el fin de no manotear sin sentido en esa suerte vacío, repetitivo y plano, que quieren vendernos como pleno y suficiente.

Pero lo sorprendente en este juego de azares, de conexiones que me visitan o busco a menudo, es que cuando redescubría este artículo me encontraba leyendo El túnel de Browne, donde la sombra, no sólo confiere título a la obra, sino que aporta un elemento fundamental en el desarrollo de la historia que Browne quiere contarnos.

El túnel relata en la superficie el constante enfrentamiento entre dos hermanos (ella, soñadora y de noches en claro, sin dormir, al igual que don Quijote; él, amante del balón y bromista), a los que la madre sólo permitirá volver a casa cuando se hayan reconciliado.

Vagando por los alrededores de la vivienda y sin conseguir ningún acercamiento entre ellos, se dan de bruces con un túnel de boca ancha y negra, que llama la atención del hermano y parece aterrorizar a Rosa, su hermana. Él, decide entrar, ella queda la espera. Pero el tiempo pasa y Juan no vuelve. Es entonces cuando…

Pero en una lectura subterránea, la obra nos propone un viaje para el que es necesario equiparse con unas lentes casi olvidadas, por eso es recomendable acercarse al álbum en compañia de los más pequeños de la casa.

Parece claro que no es un libro que se pueda contar en unas líneas, hay que echárselo a los ojos lentificando los tiempos, paseando la mirada abierta por la multitud de llamadas que esconde en cada una de sus ilustraciones y siguiendo sus textos pautados. Se nos invita a entrar en otro tiempo, descubrir de nuevo qué había al otro lado del espejo; escudriñar todos sus rincones simbólicos, plegados, pero dispuestos a abrirse, aunque solo sea por unos momentos, y mostrarnos lo que se esconde tras esa negra espesura, jugando de nuevo con aquella sombra que nos miraba de niños, siempre con ganas de enredar.

A estas alturas presentimos, aunque hablemos sólo de sombras, que este inenarrable libro-álbum ofrece una multiplicidad de lecturas. En mi caso, a la que ahora me acojo y se me concede, pide penetrar en el túnel, en esa negrura como boca de lobo, que Rosa debe franquear si quiere encontrarse con hermano. Para ello se le requiere cerrar por un momento sus libros, aquellos que siempre le acompañan, para iniciar su propia lectura al introducirse en el oscuro e inexplorado túnel.

Pero serán esos libros, que hablaban a Rosa de miedos vencidos, de abandonos convertidos en reencuentro, que alimentaban el conocimiento de su sombra, las que le ofrecezcan la fuerza necesaria para atreverse para buscar su propio final, la salida del túnel. Ahora actúan como herramientas que le procuran el impulso necesario para avanzar por el lóbrego cauce de la negrura, de lo que atemoriza porque no se conoce.

Del otro lado de la sombra, al final del túnel, nuestra protagonista se encuentra con esa figura inerte, sin ánima y convertida en piedra, en OBJETO, que sólo recuperará su ser para convertirse en persona, en hermano, cuando el abrazo le insufle vida, y comience a desvelar de este modo el misterio de la otredad, de la necesidad del otro para llegar a ser uno mismo.

Esta  historia nos brinda un ejemplo de mediación, de intervención simbólica mediante la lectura: Rosa lee los miedos de los otros (descubriremos que el libro-álbum referencia, de forma solapada, a cuentos universales sobre estos temas) y esa lectura le ofrece paso franco para enfrentarse a los suyos.

Sobre esta y otras intervenciones lectoras  que tejen las relaciones entre Literatura y Migración, queremos compartir con ustedes mesa y palabra, el próximo sábado, en la 36 Feria Municipal del libro, a las 12h00, y en la Biblioteca Pública de las Conchas, a las 18h00 para comentar, en compañía de autores y especialistas, obras y reflexiones que puedan resultarnos útiles como  instrumentos culturales que nos acerquen a esos otros, que somos también nosotros. Aquellos que ahora parecen ser sólo sombras, números en vez de hombres, mujeres y niños, que buscan ese abrazo que pueda convertirlos de nuevo en personas.

No vayan a creer que pecamos de incautos, sabemos (también por nuestras lecturas) que la literatura por sí sola no es suficiente para conseguirlo. Como nos recuerda el sociólogo Néstor García Canclini:

Hoy, cuando la disputa por el todo ocurre entre los equivalentes profanos de las deidades, que son el totalitarismo financiero de los bancos, los rituales vacíos con que lo sirven los políticos, su transculturación en mafias y las revelaciones siempre parciales del espionaje, en la literatura nos preguntamos si es posible actuar con otro sentido: ser escritor y lector es el modo incierto en que desciframos lo que podría significar ser ciudadano.

No reduzco la política a la literatura, ni digo que ésta va a emanciparnos. Escribir y leer son, apenas, acciones donde intentamos que el poder aniquilante, anonadante, de los actuales dioses sea sólo una intriga. Sin final prefijado.

Y la escritora Noelia Pena nos aproxima desde otros ángulos en un reciente artículo, que comienza preguntándose si el conocimiento es poder, ¿por qué este sentimiento de impotencia?

Uno, si me lo permiten, sabe con ellos, que debemos seguir afinando la mirada con el instrumental que procura lectura, para seguir percibiendo el significado de esas irisaciones de las que habla Tanizaki al inicio de este artículo, aunque sepamos que es difícil dejar de parpadear.

Salud! nos vemos/leemos el próximo sábado.

NOTA > Todas las imágenes son ilustraciones de Anthony Browne, al que podemos ver en la foto en compañía de su/nuestro querido Willy.

Rafael Muñoz