Domingo, 17 de diciembre de 2017

Historias sin geografía

De mi primer acercamiento a la Geografía, materia de la que insospechadamente terminé licenciándome, tuvo la culpa el fútbol. Cada partido de Copa de Europa de los equipos españoles era una oportunidad para ubicar en el mapa París, Atenas o Milán. El atlas se convirtió en el principal sostén de mis aventuras, la base documental que dotaba de materia tangible a mis locos anhelos. Podía jugar sin balón, pero no sin conocer las coordenadas exactas del estadio donde me imaginaba. Podía pedalear en un asiento, pero no sin saber en qué región concreta de los Alpes me hallaba.

 

Sin embargo, en la semana en la que el Leicester ha hecho historia conquistando su primera Premier League en 132 años, siento que la importancia del espacio ha disminuido. Pocos niños españoles sabrían decirme hoy qué queda al norte – y qué al sur– de esta ciudad media del centro de Inglaterra. Ninguna crónica ha venido acompañada de un mapa y pocas, muy pocas, le han dedicado unas líneas a hacernos comprender el sustrato cultural que hay detrás de este desafío al mercantilismo, de este jaque al jeque que ha supuesto este triunfo.

 

Leicester es, hoy, el bosque de Caperucita o el salón de gala donde olvida el zapato la Cenicienta, una atmósfera cualquiera de un cuento en el que lo importante son los personajes y el tema. Incluso las tramas secundarias de los reportajes publicados al calor de la noticia nos hablan de probabilidades, presupuestos o difusión, magnitudes que se explican a través de una mirada global, desde la sensación de poder gobernar el mundo con el click de un ratón. Hoy leemos biografías de Ranieri, comparaciones con mitos bíblicos y otros más contemporáneos, anécdotas de apostantes a los que lo que empezó siendo una gracia les puede costear las próximas vacaciones, pero no referencias concretas a la geografía que ha posibilitado que un grupo humano, asentado en ella, haya podido acumular capitales y reinvertirlos hasta poder dedicar una parte del excedente en un gasto suntuario como puede ser el que se emplea en un equipo de fútbol.

 

Toca resignarse. Aceptar que podemos explicarnos el pasado y el futuro sin dar respuesta al “dónde”, que desde ciudades hechas con tiralíneas y edificios surgidos de un mismo molde, el del racionalismo económico, es posible interpretar la gran obra de teatro que es el mundo como si las montañas que se ven desde mi escritorio fueran las mismas que está viendo el habitante de Albertville, como si Leicester pudiera ser cualquier lugar, el vulgar depósito de una historia que no necesita de la Geografía para explicarse y venderse.