Sábado, 16 de diciembre de 2017

Nuevas elecciones, ¿Cuánto cuesta la decepción?

Se ha disuelto el parlamento. Estoy segura que ya lo saben. Hemos tenido una información detallada por parte de los medios de comunicación y la mayoría de sus analistas han traducido en millones de euros, la escandalosa suma que suponen las próximas elecciones, pero muy pocos han calculado el precio de la decepción para la ciudadanía. Porque resulta casi imposible medir lo que supone tener expectativas sobre un pacto de gobierno y que este no se produzca. Que se nos haya prometido un proceso de tentativa de acuerdos. Ningún partido político se impuso la tarea de trabajar al día siguiente de que sus miembros tomaran posesión de sus actas. El congreso de los diputados congelo el tiempo.

Mi generación vivió el congreso como el portazo definitivo a las cortes de la dictadura franquista. Luego nos preguntábamos en las aulas quién era la diputada conocida como la Pasionaria, Dolores Ibarruri, una joven asturiana que acuñó la frase de la intransigencia: “más vale morir de pie, que vivir de rodillas”, en plena lucha minera. También nuestro profesor de ciencia política nos dijo que el Senado no sólo acogía a políticos, sino también a poetas, refiriéndose a Rafael Albertí. Además de recordarnos que estaban pactando personas que tenían el poder, con personas que habían salido de la cárcel. Por eso, que en el mismo lugar, no hayamos tenido la oportunidad de inaugurar una nueva etapa, es la marca de la incapacidad. Es cierto que unos lo han intentado más que otros, que hemos contado con un pacto ente dos partidos, pero sin el refrendo del resto. Pero lo que más me ha costado asimilar han sido las formas, el interminable desfile de los equipos de negociadores, caminando con sus respectivas carpetas, con una breve parada para hacerse una foto ante multitud de periodistas. Me ha costado adherirme a las ruedas de prensa, a los mutuos mensajes cruzados a través de twitter, y sobre todo, no logro entender cómo se ha despilfarrado el tiempo. Incluso han alegado problemas de agenda, máxime cuando todos eran diputados, es decir, no había nada más que hacer que ejercer de diputados. Así de simple. Nos han hecho sentir más espectadores que ciudadanos. Les recomiendo un antídoto, un libro: “El Arte de Conversar” de Deborath Tanner, quien afirma que comunicarse supera al móvil y a las redes sociales, ninguno sustituye un encuentro en vivo. No hemos sido educados en el arte de conversar, la enseñanza está más atenta a la escucha pasiva, y en la familia no siempre se tiene la confianza suficiente para compartir ideas. Coincido con esta lingüista inglesa, cuando recuerda que existen pocas oportunidades para disfrutar de una buena conversación. Qué razón tiene. Porque no siempre encuentras interlocutores ricos en matices y capaces de intercambiar opiniones, con la seguridad de que los argumentos que se les ofrece no serán utilizados como réplica, por el único placer de ganar la partida y ejercer el poder de tener la última palabra.