Lunes, 18 de diciembre de 2017

Los Quijanos, los Quijotes de Pérez Alencart

Una nueva lectura del libro ‘El pie en el estribo’, publicado en Salamanca bajo el sello de EDIFSA

Fijo en el horizonte

un sol de ayer

como fértil utopía.

A. P. A.

Alfredo Pérez Alencart,  el poeta peruano salmantino, en su más reciente poemario El pie en el estribo, EDIFSA, Salamanca, 2016, realiza un fructuoso viaje por la época de las novelas de caballería –por la fundamental y más celebrada-,  rescatando con absoluta legitimidad al estribo del Quijote y de los temibles hunos blancos, quienes -  siglos atrás -  se valieron del ancestral artilugio para apuntalar, en atrevido ataque liderado por incomparables jinetes tártaros al lomo de ágiles caballos mogoles, el sojuzgamiento y la dominación de un inviable y corrupto Imperio Romano de Occidente

El reivindicado estribo instituye también un apoyo poético para que el Quijote cabalgante de Pérez Alencart pueda deambular en Rocinantes de ensueño por las vastas dimensiones del tiempo y del espacio castellano y universal. Afirma el poeta: “El pie en el estribo, frater, enseñando la hermandad / que salva de cetrerías   de cacerías    de jaurías / hermandad que es pan de horno simple    que protege / minuto a minuto del ataque de los franquesteins.”

El poeta quijotesco y el Quijote poeta se estrechan las fraternas manos en el trepidar de versos de uno y otro confín: “…para cabalgar en el mismo bando”. En famélicos rocines van por sus respectivos mundos -  de ayer y de hoy - deshaciendo entuertos y poniendo en su lugar a pillos ladinos y tunantes reiterados que nunca faltan en las tierras de Castilla y en otras heredades.  Pérez Alencart lo deja bien claro en poemas que son tanto una advertencia como una amenaza: “Yo tampoco estoy para autocontemplaciones / ni desempolvaduras. No estoy para ser cosecha del tambor del exterminio limo oscuro de la contienda que no se olvida   Qué lividez empedernida    qué / de corazones enlamados desatendiéndose de Dios”.

El amor sobresal por los campos de las dos Castillas, las que ambos corretean en un aparente peregrinar sin propósito ni sentido, como no sea el rescate, la liberación, la reconquista de sus doncellas, de sus insustituibles damiselas: Dulcinea y Jacqueline son protegidas de los infames e ingratos torreones de olvido por el poder absolutorio del amor; la primera cabalga en la grupa del jamelgo del hidalgo, la otra viaja en los amorosos versos de su trovador: “Implórote dama del palacio de mi perfecta hipervisión / Ven a encastillarte que te sostengo con el antebrazo / desacostumbrado al hollín   al apuro   al loar / de otras generaciones con abecedarios de repudio / Implórote en la feracidad de tu lecho / centímetro a centímetro entre columnas rojas / donde la espada en son de paz    bajo el timbre / elemental del amor bautizado con hierbas de pureza”.

Amoroso el vate suplica, implora perdón y comprensión, reconoce la cruda, pero bienvenida realidad de ser un poeta pobre, sin hacienda ni peculio, carente de patrimonio, con el coche averiado y la ropa de siempre, sin más bienes que los que la palabra le proporciona:” …haciendo memoria / por caminos lluviosos   hijodalgo sin más armadura / que su traje nuevo del pasado    Señora   despreocúpese / de la casa   de la compra    de la vestimenta (…)   Confúndase conmigo en el amor que hace volar en pedazos / las tribulaciones (…) Apiádese de este descabalgado poeta pobre    Deme su larga paz / sonando fuerte   sus siete sellos atravesando despacio / mi entendimiento   Cobíjeme”.

El poemario de Alencart es una defensa a ultranza del castellano, el bardo, armadura en cuerpo, adarga al brazo, lanza en ristre, escudado en su muy solidaria ordenanza espeta: “Sancho que escudas mi ahora ¡qué haremos / si al final del camino nos topamos con la iglesia verdadera?;desenfunda la vieja y oxidada espada salmantina de su vaina con la finalidad de tomar valiente partido por la hache, la eñe, la ch, el subjuntivo y el pluscuamperfecto. No traiciona la lengua que ha sustentado su palabra poética; recurre a la onomatopeya, al remedo, a lo que más allá de lo que dice… dice: clip clip…shsss…shsss… y afirma que la poesía, su poesía, es levadura, diastasa, catalizador de bienvenidas liturgias, y machaca: “pongo el oído sobre las pulpas de unas vocales / que el vulgo no estranguló con vísceras de mercado”.

El poeta certifica que su Quijote, que todo Quijote verdadero es mestizo, como felizmente somos todos los iberoamericanos; asertivo, confirma: “Desde indias / se oyen extrañas pisadas   corazón de similar tamaño  / cumpliendo horas de guardia atizando / la lengua que me interesa.”. Y en muy peruano hablar clama, suplica: “Madrecita    mándame miel de abejas salvajes / Padrecito    tuve que enjuvenecerte en sueños / para así seguir enterando los pies en el origen / para así seguir enterrando los pies en el origen / Abuelaza    ahúmame la antena vegetal de los sentidos / y el sagrado corazón improcesionable”.

Desde Salamanca - “hermosa luciérnaga de piedra” – Alonso Quijano Alencart y Miguel Alfredo Cervantes, al unísono, hermanados en la lengua común, en el propósito justiciero, sin melindres ni cortapisas comunican:

 ¡Deseadme que repose / como un rocín / de vértebras gastadas!