Martes, 12 de diciembre de 2017

Democracia, más que estadística

 Estoy casi seguro de que más de un lector, si más de uno se me acercan, me va a malinterpretar o, aun sin eso, no va a estar de acuerdo con lo que viene a continuación. Sin embargo me parece importante repensarlo.

De los lejanos (¡y tan cercanos!) griegos nos viene esa palabra  -democracia-  su sentido y su práctica. Su sistema estaba lleno de defectos y limitaciones, como el nuestro, y sufrió, mientras duró, muchos quebrantos y graves enfermedades crónicas. Fue siempre un concepto de cierta ambigüedad y de práctica relativa.

Sócrates, un demócrata convencido, dice en el Critón (o dice Platón que decía Sócrates, claro) que por un lado él está obligado a aceptar la condena que muchos han aprobado aunque vaya lógicamente en contra de su misma vida, pero que, por otro lado, sabe que es más fiable la opinión del experto y del buen conocedor del tema que la de muchos que en realidad lo ignoran. Ahí queda la cuestión, todavía sin resolver satisfactoriamente. Y ante la que el bueno de Critón no sabía qué responder; él solo buscaba liberar a su maestro, pero ni por esas…

Y sucedió lo inevitable a pesar de los esfuerzos de sus amigos, por decisión democrática de los muchos  el ciudadano Sócrates fue obligado a suicidarse. Y es imposible, creo, estar de acuerdo con semejante sentencia por muy democrática que fuera por estadística. Sus amigos no lograron convencerlo ni evitarlo.

Los votos tienen un valor innegable y altísimo, pero no dan patente para todo, más bien para poco. Pero armados de sus votos los elegidos campean después como si fueran los nuevos dioses que hacen, deshacen, quitan y ponen, aprueban o rechazan, crean y aniquilan. ¿Quién vigila a los votados? ¿Qué garantía de verdad/acierto tiene el resultado de una mayoría de elegidos, para lo que sea, sea un juicio, un senado, una asamblea diocesana o unas primarias?. Veamos.

Si un día, mi suerte y mi conducta no lo permitan, soy juzgado por algún delito, lo tengo claro. Si soy culpable, prefiero que me juzguen todos los jurados populares de la nación, pero, eso sí, si soy inocente yo exijo que me juzgue un profesional, un experto y experimentado juez en el que me sentiré seguro y confiado. ¡Que las Parcas o las Moiras o las Nornas me libren de un jurado popular que dará su veredicto por mayoría de votos!  Qué miedo…

Por cierto, ¿no son las oposiciones a “judicaturas” una de las oposiciones proverbialmente más duras? En qué quedamos si luego pueden sustituir al juez diez o doce chiquilicuatres que nunca se vieron en cosa parecida, dicho sea con todo el respeto. Recuerdo y entiendo la bella historia judicial de los Estados Unidos, pero de allá a acá hay mucho trecho.

En otro campo, hay votaciones de vez en cuando en distintos niveles y en ellas participamos, de diversas formas, todos los ciudadanos, especialmente en las elecciones políticas. Es pura democracia, los ciudadanos expresan e imponen su voluntad porque en ellos reside la soberanía. Pero al día siguiente los elegidos por sus mayorías correspondientes actúan más allá o más acá del voto y hacen y deshacen según clamorosos intereses particulares, sean personales, de grupo o de partido… y se acabó lo que antes se había vendido. De poco sirvieron las mayorías y las minorías. Sólo eran estadística. ¿Y vuelta a empezar?

Y no digamos cuando hay votaciones “democráticas” para temas de especial complejidad que deberían estar libres de prejuicios y reacciones espontáneas, desde la entrada o no en la OTAN hasta cosas como la independencia de Cataluña? Por cierto en ese trasiego de opiniones revestidas de votos, o de votos revestidos de opiniones, o de ambos revestidos de ideología, parece que en estos años los expertos/sabios/intelectuales/pensadores han sido tragados por la tierra frente a cualquier osado tertuliano. Y cuando desaparecen los creadores de opinión el voto pierde, creo yo, valor y significado; se queda en estadística.

Hasta puede pasar este fenómeno del deterioro de la votación en cosas tan “inesperadas” como la Asamblea diocesana. La Asamblea en la que anda desde hace año y medio la diócesis de Salamanca es un proceso en el que más de mil personas “de adentro” presentan opiniones, prioridades y criterios en los principales campos de la diócesis. Se recogerán las opiniones con fidelidad y desde ahí se propondrán los nuevos pasos de la diócesis en sus principales campos de trabajo. Sin duda la consulta a todos es esencial e insustituible. Pero limitar las propuestas a las que proponen los grupos de reflexión de toda la diócesis es cuando menos arriesgado y sin duda muy empobrecedor.

¿No hay laicos, religiosos y sacerdotes expertos en cada uno de los campos? ¿Habrá que renunciar a la lucidez profesional en el análisis, al juicio de expertos con garantías suficientes para fijar necesidades y pasos, al trabajo acreditado de pensadores con garantías para concretar con rigor objetivos, medios y plazos? El problema no es pequeño y condicionará la eficacia.

Y etcétera, porque los casos en los que la democracia se queda en estadística son demasiado numerosos. Y en todos los campos de la vida. Dicho queda y… vale.