Jueves, 14 de diciembre de 2017

Adiós a las armas

Profesor de Derecho Penal de la Usal

El grave suceso ocurrido hace unos días en el que un Guardia Civil (que estaba de baja médica) disparó con su arma reglamentaria varias veces contra un ciudadano marroquí, causándole la muerte, -al parecer motivado por una discusión de tráfico en la A-3-, me lleva a reflexionar, una vez más, sobre la conveniencia de la prohibición de la posesión de armas de fuego a los ciudadanos en general y de los exámenes periódicos (médicos y psicológicos) que deben superar quienes, por motivos profesionales, están autorizados al uso y porte de las mismas.

En el caso que analizamos, y siempre según las informaciones periodísticas, el agente realizó 5 disparos,  impactando las balas en la cabeza del sujeto pasivo, lo que hace presumir que tanto por el arma utilizada (capaz de producir la muerte), como por la zona vital del cuerpo donde impactaron los proyectiles, existió en la conducta del agresor lo que en Derecho Penal se denomina “animus necandi” (ánimo de matar); en consecuencia, un dolo directo. Incluso es probable que, si la reacción del agente fue sorpresiva e inopinada asegurando la conducta e impidiendo una hipotética defensa de la víctima, haya concurrido la circunstancia de alevosía, lo que agrava el hecho punible convirtiendo el homicidio en asesinato.

Sea como fuere, la experiencia práctica nos demuestra que en los países donde no hay control sobre la posesión de armas de fuego, hay más violencia, más delitos y la tasa de homicidios es mucho más elevada que donde hay prohibición del uso de armas. Un ejemplo paradigmático lo tenemos con la mayoría de países de Latinoamérica y el Caribe, en los que las tasas de homicidios, violaciones, secuestros y extorsiones son los más elevados del mundo. En algunos de estos países, las tasas de violencia armada superan aquéllas de países en guerra. Incluso en Estados Unidos (país cuyas autoridades no están por la labor de prohibir el uso y posesión de armas de fuego) las muertes violentas son más elevadas que en el resto de los países más industrializados del mundo y que, por el contrario, prohíben la libre tenencia de este tipo de armas.

En algunos países como Reino Unido, Islandia, Nueva Zelanda, Irlanda o Noruega, no llevan armas ni los agentes policiales al realizar labores de patrulla y, en cambio, tienen tasas de criminalidad más bajas que las de Estados Unidos, que cuenta con uno de los servicios policiales más armados del mundo. Sabemos que cuanto menos cohesionada está una sociedad más se acude a la violencia para resolver los conflictos. Para revertir la situación, el Estado, como máximo garante de los derechos y libertades de todos los ciudadanos, tiene que potenciar e implementar las políticas sociales y económicas que corrijan los desequilibrios y las desigualdades y acaben con la marginalidad y la pobreza, así como las políticas educativas integrales y de concienciación social.

Ernest Hemingway escribió, en 1929, la excepcional novela titulada Adiós a las armas, que luego fue llevada al cine en 1932, interpretada por Gary Cooper y Helen Hayes. Narra la hermosa historia de amor entre un oficial norteamericano alistado voluntario en el ejército italiano en la Primera Guerra Mundial y una enfermera. Además de ello, la novela transmite una crítica feroz a las guerras y a las armas y apela al derecho que todos los seres humanos tenemos a vivir en paz.

Se que para muchos esto no es más que un sentimiento romántico y una utopía y que nunca podremos ver un mundo sin guerras y un desarme total sobre la faz de la tierra. No obstante,  si está siendo posible en algunas sociedades, como las nórdicas, también podrá serlo en el resto del planeta; porque, aunque la utopía sea como el horizonte y nunca se llegue a él, nos ayuda a seguir caminando.