Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Escribir es compartir.

Estoy leyendo, voy por la página 435, un premioso, a veces banal por cotidiano, las más veces conmovedor, relato existencial de Victor Klemperer plasmado en unos diarios que comienza a escribir un 14 de enero de 1933 y termina en junio de 1945 (edición agotada e inasequible). En total, unas mil ochocientas y pico páginas, papel biblia, manuscritas a hurtadillas en Dresde (Alemania). De él había leído la Lingua Tertii Imperii. Un esplendoroso estudio filológico del lenguaje utilizado durante el Tercer Reich. Lectura que, ya lo he manifestado en este medio, me “enganchó”. Sí, me enganchó. En efecto, la escritura engancha y se engancha, a mi entender, a tus emociones y dudas “existenciales” y no solo a tus veleidades eruditas. Por eso, leyendo a Azorín, incluso a Juan Ramón, reconozco su exquisita maestría, no obstante esas lecturas me dejan frío. ¿Por qué? Primero: es posible que no dé la talla; si así fuese, mis excusas. Segundo: pudiera ser que determinados escritores “consagrados” (la RAE hace colección de ellos) impiden participar al lector en el acabamiento de su obra. Escriben para ser admirados y no para compartir. Inundan sus escritos de calificativos, retruécanos y cultismos. Parafernalia literaria encaminada a suscitar la admiración del plebeyo asentado, piensan ellos, fuera del recinto sagrado. Me decanto por esta segunda acepción sin desmerecer la primera. En efecto, en mi opinión, escribir no consiste en anonadar, más bien en confesar y hacerse preguntas sin censuras. Encerrar todas esas interrogantes en una botella y arrojarla al mar confiando lleguen a ser descifradas o, al menos, reconocidas por algún otro naufrago. Tal complicidad vivifica la palabra y la sustrae del polvo secular de alguna biblioteca. Un conocido mío, dado a la pintura, se vanagloriaba de pintar las jarcias del velamen de un galeón, según él capeando la borrasca, con absoluto realismo. Para ello, me decía, había eliminado de su pincel varias cerdas… no.  Uno no se enamora de las hechuras del traje, sino de la percha. Sin percha, sin sentidas entretelas, lo que queda, a la postre, es un espantapájaros, un envoltorio vistoso y poco más. Por lo dicho, algunos nos “enganchamos” al relato que discrepa del canónico, y desconfiamos de los que, por timidez, cálculo o cobardía, a ese último lo ensalzan y hacen suyo. La literatura, quería decirle a una amiga, escritora en ciernes, reside en genuinos actos de solitario valor. “Fulanito de tal escribe muy bien”, me dice. Le digo: “puro narcisismo”. No obstante, insiste en la corbata, en las buenas técnicas o formas. Insisto, a mi vez, en su falta de capacidad crítica y apego a lugares comunes. Diálogo imposible. A ella le encandilan los proverbios y a mí los nuevos continentes. Sé que, unos pocos, tenemos razón (¿qué es tener razón?). La creatividad artística y científica reside en romper paradigmas, moldes y relatos consensuados. Consiste en salir a la intemperie y proponer otros nuevos situados en las fronteras del lenguaje. Como decía Klemperer: “a los catedráticos los colgaría de un palo muy alto”. Se refería a unos universitarios zalameros con el poder. Con aquel poder asesino. Hoy sucede algo parecido. Lean, si no, las firmas excelsas que publican los grandes medios. Chicos obedientes.