Martes, 12 de diciembre de 2017

La lluvia sabe tu nombre

Publicado en el nº 35 de “El Periódico de la Sierra de Salamanca”, abril de 2016.

 

Cae o cayó.  La lluvia es una cosa

Que sin duda sucede en el pasado.

Jorge Luis Borges

Cuando llueve parece más fértil la memoria.

Estoy en una tarde de abril, sé que es domingo, que el mundo está remojado, lánguido, con ganas de contar viejas historias, pero no sé en qué año me ando, pues la grafía de las nubes es también causa de  ligeros olvidos.

Aquellas lluvias, a las que ahora me vengo, no eran tan mudas, tan gatunas, tan anchas, como esta que ahora escribe sobre la ciudad; sino estrechas como callejón serrano, y sonoras como de mil cencerros, convocantes como esquila de rezos, y bulliciosas como jarana de gaita y tamboril.

Estoy ya en el “sobrao” de la casa albercana de mis abuelos, en la Sierra de Francia salmantina. Son los primeros brotes de mi mocedad, y se me ha mandado que suba para ver si las insobornables goteras vierten bien en los recipientes desperdigados por el suelo. Muchas veces me alzó la lluvia a los escuetos espacios de la buharda, y como todo crío, había practicado la alquimia de la fantasía que allí parecía no tener límite con los viejos arcones, apeos, enseres, y demás cachivaches que el tiempo había ido arrinconado allá.

Yo no sé cuantas subidas y bajadas, o cuántas lluvias hacen falta para desencantar las cosas,  pero llega un día en que los misterios simples destiñen, en que la infancia se hace juguete gastado y la vida te presenta otros más reales, más parcos, pero inmensamente más asombrosos.

Es el caso del amor, o de aquello que sentía desde que ella marchara de nuevo después de las vacaciones de Semana Santa. La había conocido en el verano, a ella, a la joven candeal de rubios cabellos y ojoso azules que se había apoderado de mí como se apoderan mil luciérnagas de la oscuridad  de las noches sin luna. Era nieta de una vecina de nuestra calle, y había nacido en Mondragón,  en Irún, en Gasteiz, en Donosti, en Ermua…, o en alguna vasca sustracción así a donde los serranos solían trasterrar sus días en busca del porvenir.

Sí, era una población del bello Euskadi cuyo nombre me está anegando el agua de hoy.

 Pero vueltos a aquel sobrado, a una tarde después de Pascuas, diré que me senté en un rincón de la buharda. Afuera el agua hacía oí su cascabelada de mil merinas acuáticas, lamía las tejas con gran lengua de vaca, sacaba a los adobes su olor a llanto; retorcía algo más los travesaños de castaño de las fachadas, aguzaba su filo en el granito de las angostas calles. Los canelones sonaban como un enfurecido paloteo, y en el barreño de cinc del solado de tablas, en los recipientes de barro donde se adobaba la matanza, en las socorridas latas de escabeche, atendía a las salmodia de las goteras: "clip, clop, clup...", y en ellos vertía también yo el desamparo de mi hora.

No sabría decir por qué fue aquella vez cuando escuché por primera vez la voz anónima de la lluvia. Comencé a oír una canción que salía al unísodo de los recipientes, un coro de repente concorde que declamaba para mí en la penumbra del recóndito desván:"¡A-ra-txu-clip…!","¡A-ra-txu-clap…!","¡A-ra-txu-Clup...!”. "Aratxu" me cantaba  el agua. Aratxu: el nombre de ella, a la que mi abuela siempre llamaba Araceli cuando nos daba de merendar, y el que yo no me cansaba de escribir en los márgenes de mi cuaderno.

En una carta le conté que la lluvia de mi sobrao se sabía su nombre, no como mi abuela. Creo que aquello fue el primer cuento que escribí, una primera historia azul con lo que la vida nos deja en  los trasteros del recuerdo. Ella me contestó enseguida. ¡Qué sobre tan bonito, qué cuartillas tan floreadas! Que le había encantado que la lluvia serrana se juntara y coreara como orfeón. En su despedida gráfica confesaba que se ponía triste al recordar, y que tenía ganas que volviera nuestro agosto. Era el último párrafo, junto a su firma un tanto embarrada, tenía la tinta corrida y la hoja delataba un borrón azulado. Qué extraño, que yo sepa -me repetía en las incansables relecturas- los techos de las casas de la ciudad no tienen goteras...

No hace mucho pasé por la hermosa ciudad vasca a donde ella regresaba tras sus vacaciones. Recordaba la dirección de su casa, pues fueron muchas las cartas, pero nadie supo darme razón de ella, o de su familia.

La busqué por las aceras bajo el constante "chirimiri" y en el rostro apresurado de todas las mujeres bajo un paraguas. Aquel día vagué empapado por las calles del barrio viejo, por bulevares que se empeñaban en parecerme angostos, por plazas oxidadas y húmedas como viejas latas de conserva, y en alguna taberna me uní a amables lugareños para cantar a pecho y con la voz remojada  aquello de "Horra!, Horra!, Gure Olentzero! Pipa..." la canción que ella un verano me enseñara entre risas frescas.

Cerca del amanecer me encaminaba al hotel con más chacolí en el cuerpo del que conviene documentar. Seguía lloviendo sin agobios, sin merma, con tesón vasco. Llegué a una gran avenida, y al cruzar, en medio de un paso de cebra me quedé quieto, como alelado, embelesado en las burbujas del agua en los charcos. El semáforo hubo de ponerse en rojo y los cláxones empezaron a pitar. Yo seguí inmóvil intentando oír lo que la lluvia podría contarme al estrellarse contra el asfalto.

Los conductores me dedicaban voces por la derecha y por la izquierda, insultos muy castellanos, palabras en euskera que también habrían de serlo, y solo me mojaban los rabiosos escupitajos de sus bocinas.  

Aún no he sabido descubrir  de dónde le viene a la vida esa manía por el desencanto en cuanto uno se descuida, ni sé qué hacer para que  la lluvia no pierda su memoria, ni su voz.

Agur, Aratxu. Agur, neska polita.

Clip..., clap... ¡Clupppp...!