Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Mi amigo lobo

 

Ante la tensión, en que nos han mantenido estos políticos de medio mandil durante estos meses, he sentido la necesidad de oxigenarme, de sacar del arca de mi alma todas las prendas, que huelen a moho, a airearlas en el respiradero saludable de la madre naturaleza. Y aproveché un día de la semana, en que el sol se paseaba plácido, sin ninguna nube en que enredarse, para cumplir uno de mis sueños: llegar a conocer las fuentes del río de mi pueblo, que lleva por título Margañán.

Me levanté muy de mañana, me calé el sombrero, tomé la cachava y me espaldé la mochila con la fiambrera, una botella grande de acuario mineral y más agua. Me propuse seguir el río Margañán hasta dar con sus mismas fuentes. Al principio, todo me fue fácil andar entre la maleza y bajo un toldo de sombra natural. Apostados en las enramadas, los pájaros me aliviaban la marcha con su variopinta armonía. Dejé Santiago y Malpartida detrás, y el risco continuo se entretenía en mordisquearme las playeras y mis riñones. Al lado, las zarzas plagadas de flores preñadas de escaramujos y de moras negras y gordas; las lanchas, tapizadas por la caricia del agua que discurre precipitada en catarata y se retuerce entre pedruscos insensibles, rompiendo, con sus murmullos alocados, la soledad y el silencio; la vegetación, en primavera, impacta y ennoblece el alma; pozas pequeñas y grandes; la más grande quiso Franco convertirla en embalse para regar la vegas encadenadas de Santiago, Macotera, Tordillos y Coca: un proyecto dormido en los cajones por falta de mecenas. Saludé a unos aldeanos de Cabezas de Villar, que retenían una piara de vacas ante la portada de un cercado. No les quise decir de dónde era, ni a dónde me dirigía: me tendrían por un loco. Es más saludable que digan: “Nos encontramos con un desconocido, nos saludó y siguió adelante con su mochila”. Quizás quien me consideré como un chiflado de verdad, fui yo mismo al decidirme a emprender semejante aventura por las quebraduras de un suelo escabroso, abrupto e inmisericorde.

Enfrente de los molinos de las Veguillas, saqué la fiambrera y me puse a echar las once y un trago largo de agua mineral, que me reconfortó. Desnudé los pies, que hervían de sudor, y, con el balanceo de las piernas, los reanimaba, alternativamente, en la frescura que desprendía aquel reguero fuerte, que se esbarizaba por la peña.  

A partir de este punto, la senda se iba suavizando. El entorno se hacía más encantador y bucólico: praderas cercadas y frescas arboledas en las márgenes del río, que, en esta época del año, se ensancha cristalino, deslizándose sobre una alfombra verde, engalanada de margaritas blancas y amarillas. Me invadió el sentimiento de paz, de sosiego nostálgico, y el arrumaco tierno de la sempiterna madre naturaleza. Nunca había visto un lobo de verdad. Cruzaba el sendero a muy corta distancia de mí. Me miró de arriba abajo y debió pensar que yo era ya carne dura y siguió su marcha. Me dio tiempo a hacerle una foto.          

En lontananza, se avistaba la sierra de Ávila con su cerro de Salrota y el puerto de Villatoro: territorio monacal, donde los agustinos regentaron un hospicio. De pronto, me sentí peregrino con hambre de indulgencia. A un palmo de las ruinas conventuales, la desolada ermita de Nuestra Señora del Risco.

El lugar me cautivó. Me recosté en el tronco de un álamo centenario y su sombra me resarció y me rescató de la extenuación de la marcha. Más que comer, devoré la merienda: no sentía las fuerzas y me quedé dormido de cansancio. Cuando me percaté de mi presencia, el reloj marcaba las seis de la tarde. Me desperecé como pude y seguí la ruta. A medida que me adentraba en la sierra, cruzaba pequeños valles salpicados de barruecos graníticos, escaso arbolado y corto pasto, pero rico en nutrientes que hace que los animales, alimentados con estas hierbas, den una carne de excelente calidad.

Y encaramado en la cima del puerto de Villatoro, pude contemplar un gran acuífero, que daba vida a cuatro ríos, que, a pesar de nacer en la misma zona, tomaban destinos distintos: el Corneja, que riega las tierras de Piedrahíta; el Adaja, que fertiliza buena zona de la Castilla abulense antes de llegar a la capital; el Gamo, que acaricia indiferente los pueblos de Alaraz y Gajates antes de verter en el Tormes y el Margañán.

Me quedé un rato observando el nacimiento de nuestro río. De entre las rocas, asomaban la cabeza unas culebrillas de agua, que, al advertir mi sombra, se guarecían, raudas, en la espesura de una tupida era verde y virgen. Y juntas aparecían, de nuevo, un poco más abajo en forma de fuente, que se despeñaba en torrente. Venero viejo, que, en lo antiguo, calmó tanta sed al pueblo pastor beréber, que, en reconocimiento, le puso el nombre de Margañán, “agua del pastor”.

Ante tanta belleza y paz me transfiguré, levanté mi tienda y me senté a la puerta, mientras mi alma era tentada a quedarse allí, como anacoreta, por el equilibrio del proceso natural de lo sensible y lo insensible; sin las ataduras de egoísmos y ambiciones, que contaminan toda relación humana. Cuando me emancipó la paz, sentado a mi vera, estaba el lobo, que, con su mirada noble, solicitaba mi amistad.