Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Siempre abril

Me gusta su nombre, corto y rotundo, sugestivo; me gusta el tiempo que inicia, la primavera, en su fase incipiente, con esas mañanitas frescas que al mediodía se hacen cálidas y en la tarde suaves: cuando viene bien, es el mejor mes del año; también, no lo oculto, me gusta porque es el mes en que nací, un Lunes de Aguas caluroso; y también, por qué no decirlo, porque mis abuelos paternos se casaron en abril en la parroquia de San Sebastián; y además, ahora, porque mis dos sobrinos, Carla y Lucas, nacieron hace un año el 14 de abril. Es decir, tengo muchos motivos para que me caiga simpático. Si tal cosa fuera posible, viviría todo el año en abril, con su luz, su temperatura, su estallido de vida, hasta diría que con sus gentes pues en este mes parece que todos nos hacemos mejores y vemos la vida desde su cara amable.

El invierno me entristece por el frío y la oscuridad que conlleva, el verano me apabulla con su calor excesivo que no me deja pensar e invita solo a estar en la calle a ciertas horas cuando viene la fresca, el otoño me induce a la melancolía y los recuerdos se me agolpan y a veces no son buenos. Sin embargo, abril me trae la primavera y esta es sinónimo de vida: todo nace de nuevo, los colores son más intensos que nunca, y parece posible que también nosotros renazcamos y recuperemos el ansia de vivir y de gozar, sin las cuales la vida se vuelve taciturna y ambigua, es decir, la esperanza. Tras los tristones días invernales, cortos de luz y generosos de frío, estalla la vida y nos anima a estar todo el tiempo posible en la calle, paseando por la ribera del Tormes o conversando en una terraza de la Plaza Mayor con personas a las que queremos o leyendo a la vera, por ejemplo, de la fachada de San Esteban, o atravesando el Puente Romano al anochecer, cuando es más hermoso,  si la tarde es tibia. Abril nos devuelve la alegría de vivir o la belleza de vivir, que son lo mismo.

Por eso, cuando, como ha ocurrido este año, nos encontramos con un abril lluvioso y frío, se me vienen abajo mis mayores ilusiones. Yo, que había estado soñando, a lo largo y ancho del inacabable invierno, con la llegada de la primavera, que identifico con abril, me siento como defraudada. Sí, ya sé, vivo en Salamanca y aquí con frecuencia no se cumple que abril sea mi mes soñado, pero hasta cuando así es, siempre en abril hay algunos excelentes días primaverales. Por ejemplo, después de la semana pasada, en los primeros días de esta me he levantado con mañanas de gloria, refrescantes, como deben ser las mañanas de abril, que te impulsan a salir a la calle con renovados bríos y con los mejores deseos, y algunas tardes me he perdido por las calles absorta por la luz y las piedras monumentales  que resplandecían como nunca. Aunque sean pocos, esos días salvan el mes y me hacen esperarlo fiel todo el año.

Bueno, puedo parecer superficial, habrá quien piense que es dentro donde llevamos el motor de la vida y de la ilusión, y es verdad, pero no del todo. Lo de fuera también cuenta. Cuenta el buen tiempo, la luz, cuenta la gente con la que te encuentras y que te hace sonreír con una palabra amable en vez de un gesto hosco, cuenta todo lo que te rodea. Yo, para qué poner otro ejemplo, en abril es cuando mejor me siento, y lo transmito y así me lo dicen. Porque cuando te encuentras bien, la vida mejora a tu alrededor. Siempre abril, siempre.

Marta FERREIRA