Miércoles, 13 de diciembre de 2017

No solo no avanzamos sino que retrocedemos

“Ya está aquí otra vez ese pesimista, con su interés en decir que todo está muy mal”, piensa uno de esos ciudadanos- avestruces que mete su cabeza en sus grandes riquezas (la mayoría robadas) para no ver la diáfana realidad del presente de nuestro país.

El lenguaje no miente, mienten las personas que quieren inventar realidades a su conveniencia. Y el lenguaje que  utiliza actualmente, no solo la mayoría de la población, sino sobre todo los medios de comunicación y muchos de los supuestos líderes políticos, está lleno de INFANTILISMOS  o expresiones propias de la primera adolescencia; desde luego no de una persona adulta. Algunos de los más llamativos son:

Sacar pecho, para referirse a que el sujeto cree que algo lo ha hecho bien, se ha lucido… Como hacíamos a los trece años delante de la chica que nos gustaba.

Hacer los deberes; como sinónimo de alguien que ha cumplido, ha hecho lo que debía…sea un individuo o un grupo o partido político. Como teníamos que hacer en nuestra etapa escolar.

La herencia recibida; como comodín explicativo a que no se puede hacer nada, que las cosas van mal, que toda la culpa la tiene el que estaba antes de que llegáramos.

¡Y tú más!; no pronunciada con estas palabras pero similares como CONTINUA Y BURDA MANERA DE DEFENSA frente a los ataques del adversario. En psicología del desarrollo es propia de la conducta del niño/a de unos cinco años.

            Otras maneras en las que escuchamos la ausencia del pensamiento, el agujero de razonamiento, la máscara de la extendida estupidez, es la repetición de la frase simple, o simplona, que el personaje público por fin ha logrado pronunciar; un ejemplo, “nosotros hacemos las cosas bien”, repite hasta cinco veces en un minuto el elocuente “líder”. O bien Yo no sabía nada, yo nunca he hecho nada ilegal, ¡nada en absoluto!, yo soy inocente…repiten día a día, declaración tras declaración, telediario tras telediario, todos y cada uno de los presuntos delincuentes que abusan (con la ayuda del medio de propaganda, que no de comunicación) de la paciencia del anestesiado telespectador.

            Dice mi vecino que está llegando a un estado anímico tal, producido por este retroceso masivo de inteligencia y eficacia de nuestra vida pública, que se va a meter trapense, lejos del mundanal ruido, pues el ruido es tan inquietante que teme volverse sordo. “Claro, si empiezas a ver el telediario de La 1, luego La sexta noche, sigues por El intermedio y terminas el día con El gato al agua, no solo te quedarás sordo, sino mudo y congelado…”, le advierto.