Martes, 12 de diciembre de 2017

Medalla de Oro para los scouts

Antes de ayer celebramos muchas fiestas juntas: la de Castilla y León, el Día del Libro, San Jorge. Fiesta fue también en Aragón, en Cataluña, en Portugal y en Inglaterra y en otras muchas regiones y países. Cada uno tenemos nuestra propia memoria histórica y, en la mía, subjetiva como todas, en mi memoria del corazón, la prioridad la tiene el Día de San Jorge, patrono de los scouts. Pero como San Jorge es un caballero ilustrado yo sigo dando culto al libro, quizá excesivo pues no sé si podré leerme todos los que tengo; y como las princesas que San Jorge debe rescatar son seres humanos actuales y cercanos, amo a mi “patria chica” que, por orden concéntrico la encuentro y la vivo en Malva (Zamora), en Salamanca (diócesis y provincia, que no es lo mismo aunque se le parezca), en Castilla y León, en España, en Europa, en la “hermana madre tierra”, como decía San Francisco y en sus diversos continentes, países y naciones, ecosistemas y paisajes, vivos o agonizantes. Es una contradicción ser de Malva y ciudadano del mundo, amo de mi casa y encarnación diminutiva, mota en el polvo sideral, pero así somos los humanos, contradictorios.

Para superar esta contradicción bipolar, cuántica, que nos sitúa a la vez en una experiencia vital –amor a la familia y al terruño- y en su contraria –sentirse humano y ciudadano del mundo- hace falta una “máquina” que nos permita trasladarnos de una orilla a otra –de lo singular a lo universal- sin desgarrarnos y, lo que es aún mejor y más extraordinario, creciendo y perfeccionándonos.

Yendo al grano: en Salamanca existe esa “máquina” –bien es verdad que no es la única, gracias a Dios- más que centenaria, desde 1914. Es el Movimiento Scout. Fue enterrado en 1936, al poco de comenzar la Guerra Incivil, pero logró resucitar a principios de los sesenta del siglo pasado de la mano de algunos seminaristas escolapios, jesuitas, diocesanos de Calatrava, claretianos, maristas, salesianos, misioneras del IMS…casi podríamos decir que no hubo apenas ninguna congregación religiosa de vida activa, masculina o femenina, o Seminario, que no tuviese estudiantes comprometidos en la restauración del Movimiento scout. Pero ya desde el principio, estos primeros protagonistas lograron contagiar a jóvenes seglares salmantinos, chicos y chicas, de modo que, en una Asamblea scout celebrada en San Esteban de la Sierra en 1971, en una gran sala de la casa parroquial que logró guarecernos de la inmisericorde lluvia, y que gentilmente nos había cedido D. José María Yagüe, a la sazón párroco del lugar, se decidió ir pasando la responsabilidad del Movimiento Scout salmantino, a todos los niveles, de las manos de los seminaristas a las de los jóvenes laicos salmantinos.

Algunos de estos seminaristas, en concreto los Escolapios, viendo la jugada a largo plazo, montaron una magnífica exposición –EXPO-SCOUT- donde, de una manera muy pedagógica se explicaba con cuadros, libros, fotografías, esquemas, colecciones filatélicas y maquetas a escala, el método pedagógico y las actividades que llevaban a cabo los scouts. Cientos de alumnos universitarios, chicos y chicas, pasaron por esa exposición, se dejaron contagiar por los valores de la Ley Scout y de la Promesa, se implicaron hasta las cachas en el funcionamiento de los grupos scouts salmantinos y luego extendieron esa experiencia por toda España y por muchos países de Latinoamérica.

El resumen de toda esa experiencia podría ser que, solo en Salamanca, hay en la actualidad muchos miles de personas, niños, jóvenes, adultos y jubilados, mujeres y varones que crecieron y crecen como personas, como ciudadanos y como cristianos honrados, activos y comprometidos, dispuestos a hacer el bien a su patria chica y a sus paisanos haciendo las cosas bien, con creatividad, alegría y sentido práctico.

Lo que propongo hoy, desde esta página virtual, sé que es difícil: que se conceda la Medalla de Oro de la Ciudad al Movimiento Scout que, después de más de cien años, ha demostrado suficiente arraigo en la ciudad y un eficiente servicio a la comunidad formando miles de conciencias salmantinas personales, creyentes, cívicas y políticas. Es difícil porque una Medalla de Oro de la Ciudad necesita una solapa particular donde engancharse y el Movimiento Scout, al ser una obra colectiva de miles de protagonistas personales a lo largo de decenios, es imposible de individualizar señalando a un solo destinatario. Pero “doctores tiene el santo protocolo que os sabrán responder”.