Jueves, 14 de diciembre de 2017

Salamanca, lusófona y transnacional

La lluvia impenitente seguía cayendo en un mes de abril húmedo como pocos. Vestía Salamanca de paraguas y chubasqueros. Alteraba la vida ordinaria con más coches y más atascos a ciertas horas, en esta pequeña ciudad seca del viejo Reino de León. Aún sin querer, parecían anunciarse los aires pretéritos de la antigua Lusitania, que todavía habían de hacer acto de presencia, breve pero intensa, por las rúas de nuestro casco histórico, por las vías nuevas de nuestro campus, por las aulas de nuestra Universidad.

La frontera, que largo tiempo fue foso casi infranqueable, hendía sus arbitrarias rayas por la herida piel de toro; ahora más leve lugar de paso y de encuentro hasta de lenguas, por muy situadas en sus castillos de marfil, como han estado y a veces siguen estando, sobre todo en una España uniforme e irreal.

El caso es que la raya se movió. No me pregunten cómo, aunque les diré el porqué. La verdad no está en los hechos, afirmaba con sabiduría Ubaldo Ribeiro, sino en las historias. Y esta historia nos dice que la frontera avanzó. Pero no como temían los portugueses de antaño, temerosos de la invasión de la potencia unificadora castellana. No hacia el Atlántico, sino hacia el Campo Charro, que con tímida primavera contemplaba el fenómeno sin par.

En teoría hacía veinte años que los límites políticos se habían difuminado: o eso creíamos algunos utópicos e ilusos, creyentes fervorosos en una Europa acogedora y liberal, que tal vez sólo existió en nuestras mentes fantasiosas. Ahora que las fronteras parecen reconstruirse, que los políticos proponen muros y los que no lo hacen es porque ya los mandaron construir, ahora que hemos vuelto a encerrarnos en nosotros mismos y, a pesar de la buena conciencia, vemos al distinto como sospechoso, en estos momentos críticos de miedo y amenaza, la frontera se movió.

No sé de ciencias de fronteras, como ignoro tantas otras cosas, siempre demasiadas, pero desde este disimulado guindo uno fue testigo de este fenómeno antinatural del desplazamiento de los límites. Otro famoso escritor, nacido en Azinhaga, se había imaginado una balsa de piedra, separada del todo por los Pirineos y que vagaba ensimismada por el Atlántico sin siquiera fronteras interiores. Ahora que quien mira hacia dentro es esta Europa difícil, y no es momento de superación de aduanas, sino de fortalecimiento de diferencias, surgió la extraña paradoja del desplazamiento inesperado.

Pero no se confundan, la cosa no va de eurocentrismo. También unos límites tan físicos como los que separan los ventosos acantilados del Cabo San Vicente de las playas de Pernambuco, se hicieron pequeños, se hicieron nada, y este trastocamiento de la geografía toda convirtió a Salamanca en lusófona y transnacional.

Así fue como en unos pocos días, agudos juristas y politólogos brasileños, portugueses, españoles y aún de otros países queridos, se refugiaron en nuestro viejo Fonseca, y dieron cuenta de estos obtusos conocimientos fronterizos y de sus complejas derivaciones, al iluminar ignorancias recalcitrantes, desenmascarar ilusiones infundadas y debatir con la libertad que debe dar siempre la academia, sobre los peligros que nos acechan, justo por hacer demasiado caso a las fronteras y por hacer demasiado poco a su principal víctima: la dignidad humana.