Martes, 12 de diciembre de 2017

Tribulación y amor

“Hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios”  (Hech 14, 22). Esa podría ser una de esas frases que nos envían con frecuencia los amigos. Llegan superpuestas a una hermosa foto de un lago o de la cumbre nevada de un monte. A primera vista nos impresionan. Después las olvidamos, atraídos por la belleza del paisaje.
En la ciudad de Listra, colonia romana y patria de Timoteo, los apóstoles Pablo y Bernabé habían curado a un hombre tullido. Al ver el portento, las gentes quisieron adorarlos como a dioses, Pero ellos pregonaron a gritos que eran hombres y nada más. El texto nos da cuenta de la persecución que sufrieron en las ciudades de Licaonia.
“Hay que pasar por muchas tribulaciones  para entrar en el reino de Dios”. Esa frase no es un lema inocente para encabezar  la predicación de un retiro espiritual. No es una  pura teoría. Es la conclusión de una experiencia de persecución sufrida por los apóstoles. Sólo después de haber sufrido, podían animar a los hermanos con esta exhortación. 
 
LA HORA
 
El evangelio que se proclama en este quinto domingo de Pascua (Jn 13, 31-35) se sitúa en el escenario de la última cena de Jesús con sus discípulos. Exactamente, después de que Judas salió del Cenáculo para internarse en la noche. Para él había llegado la hora de entregar a su maestro en manos de los sacerdotes del templo de Jerusalén.
 • “Ahora es glorificado el hijo del hombre, y Dios es glorificado en él”. Para Jesús, aquella salida del discípulo traidor marcaba  la llegada de su glorificación. Jesús había previsto este momento. Es más lo había anunciado a sus seguidores. Pero ellos nunca hubieran sospechado que la glorificación iba a coincidir con la crucifixión.
•  “Hijitos, me queda poco de estar con vosotros”. Nos sorprende la ternura con que Jesús se dirige a sus discípulos. Solamente en esta ocasión aparece la palabra hijitos en los evangelios. Nos sorprende también la claridad con la que Jesús ha previsto su suerte y su muerte. El tiempo de su misión terrestre toda a su fin. Y él lo sabe.
 
Y EL MANDATO
 
 “Amarás a tu prójimo como a tí mismo”. Jesús había recogido la regla de oro de todas las culturas (Mc 12,31), según el texto que se leía en el libro del Levítico (Lev 19,18). Pero en la hora de su despedida modificaba sustancialmente aquel precepto:
• “Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Lo habitual era que el mismo sujeto se tomara a si mismo como la medida del amor. Desde ahora, la medida del amor sólo puede ser Jesús.
• “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”. Los grupos humanos tratan de distinguirse por sus hábitos o la etiqueta que pegan a sus vestidos. Los discípulos de Jesús habrán de distinguirse por el amor mutuo.
- Señor Jesús, Si tú has llamado hijos a tus discípulos, eso significa que rodos son hermanos.. Que somos hermanos. Y que solo el amor  puede ser la señal para reconocernos y hacernos reconocer. Danos tú luz para comprendamos el signo y el significado de esa entrega personal. Enséñanos a amar como tú nos has amado. Amén. 
                                                 José-Román Flecha Andrés
 
 
EL MAL OLOR DE JUDAS
 
Gracias a la amable invitación de la emisora “En Familia Radio 740”, de Phoenix, Arizona, he tenido la alegría de contemplar directamente las preciosas tablas que Fernando Gallego, el Maestro Bartolomé y sus colaboradores pintaron para el retablo mayor de la Catedral de Santa María, de Ciudad Rodrigo.
Como se sabe, por largos y complejos vericuetos se encuentran en el Museo de Arte de la Universidad de Tucson. Allí nos impresiona esa tabla que, en una simetría tan poco habitual, representa la creación del mundo y del tiempo, ante el asombro y el acompañamiento musical de los ángeles.
Pero en esta ocasión me he detenido ante la tabla dedicada a la última cena de Jesús con sus apóstoles. A decir verdad, tanto como la escena, de evidente significado eucarístico, me ha llamado la atención el comentario que ofrece la cartela adjunta que trata de explicar la imagen.
En ella se hace alusión expresa a uno de los apóstoles que se ve en el flanco derecho de la escena. Es uno de los que no dirigen su mirada hacia Jesús. De hecho, se vuelve hacia su izquierda para mirar con suspicacia a Judas, que está sentado a su lado. Lo llamativo es que ese apóstol se tapa ostentosamente la nariz.
El comentario de la cartela sugiere al espectador que ese gesto se debe al sentimiento antijudío de la época. Uno está acostumbrado a oír comentarios semejantes que, a tiempo y a destiempo, tratan de arrojar una sombra sobre la intolerancia, la arrogancia o la ignorancia de los pueblos hispanos.
En esta ocasión, el comentario está fuera de lugar. Porque tan judío es Judas como sus compañeros, incluido el que parece denunciar el mal olor de su vecino. Seguramente el pintor, tan amigo del realismo popular en todos los personajes, ha tratado de transmitir a los fieles el mal olor de la avaricia del apóstol traidor.  
Es cierto que las relaciones entre las tres grandes religiones no fueron tan pacíficas y cordiales como una determinada propaganda nos quiere hacer creer. Basta abrir el refranero para descubrir la desconfianza que reinaba entre unos y otros.
Creo que el gesto del apóstol no se debe a un brote de antisemitismo que sube hasta las tablas del retablo.  Como se sabe, las pinturas murales del románico o las tablas de los retablos góticos o renacentistas y, más aún las pinturas y esculturas barrocas se consideraban como la “Biblia de los pobres”.
El retablo de la catedral de Ciudad Rodrigo ofrecía la base icónica para una verdadera catequesis que va de la creación del mundo hasta el juicio final, con especial atención a la vida, muerte y resurrección de Jesús. Las narices pinzadas por los dedos del apóstol no son un rechazo al mundo judío. Son una catequesis, todo lo burda que se quiera, sobre el mal olor del pecado. Pero esa lección es difícil de explicar en la cartela de un museo.
                                                                          José-Román Flecha Andrés