Sábado, 16 de diciembre de 2017

Individualización de la desgracia

No sé si tiene razón el refranero al afirmar que las desgracias no vienen solas, es decir, que las contrariedades y los disgustos llegan uno detrás de otro, aunque a veces se presenten de tres en tres como dice la tradición oral y corrobora don Alonso Quijano en la primera parte del Quijote, al afirmar que un mal llama a otro.

Pero lo que tengo por cierto es que la desgracia nos busca uno por uno, siempre a destiempo y muchas veces sin avisar, con intención de hacer daño y por separado, deletreando nuestro nombre para que no haya duda sobre a quien de nosotros busca para amargarnos la vida con un golpe malhadado.

La desdicha es algo personal que nos aporta un dolor intransferible, algo así como nuestra carta de identidad en el infortunio que debemos llevar encima para identificarnos ante el mundo con la desventura, y ser compadecidos por quienes nos ven con el sufrimiento a cuestas esperando una redención que no siempre llega, porque, a veces, la muerte no lo autoriza.

Entonces se hace preciso entender lo que nadie puede aprehender ni pretender comprehender, porque la adversidad escapa a la lógica del corazón, estimula la rebeldía, alienta la queja y promueve la indeseable pregunta que hace el desdichado al infortunio: “¿Por qué me ha tenido que tocar a mí la adversidad que no merezco?”, convirtiendo su dolor en lágrimas desconsoladas.