Miércoles, 13 de diciembre de 2017

¿Miedo a la policía?

Estos últimos días leo en diferentes medios de comunicación locales, que hay personas, alguna de ellas con responsabilidad política en nuestra ciudad, que manifiestan cierta fobia a los uniformes de la policía y que sienten algo de repelús cuando les ven merodear por nuestras calles. Parece ser que relacionan la presencia policial con algún hecho trágico, luctuoso o simplemente con que algo, y no bueno, está ocurriendo.

Lo que tal vez no alcancen a entender estas personas, es que si bien es cierto que la presencia policial puede augurar que algo no funciona, no es menos cierto que ellos no son los causantes de ese hipotético mal, sino parte de su solución.

Los bomberos a mi puerta me cusan desasosiego, inquietud, temor… pero no por lo que ellos puedan estar haciendo, sino por lo que ha hecho otro anteriormente, y agradezco que estén ahí para enmendar el desaguisado que ese otro puede haber ocasionado. Aquellos a los que la presencia policíal les incomoda, ¿prefieren que el atracador, el ladrón, el violador…, pueda actuar impunemente, sin temor? ¿O es que la presencia de delincuentes no les incomoda, que sólo se sienten mal ante la presencia de los agentes uniformados?  

No descarto la posibilidad de que, quien piensa de esa manera, pueda tener algo de razón. Una sociedad que teme a las personas encargadas de garantizar la ley,  el orden y la seguridad de los ciudadanos, es una sociedad enferma. Y la que tenemos ya está suficientemente enferma, a pique de entrar en la UVI, como para añadirle otro mal. Esta enfermedad puede tener su origen en la infección de alguna de las dos partes. O bien, y esto es lo más probable, que cada una de ellas esté aportado su virus particular.

Me da la sensación de que, desde hace unos años, tal vez por aquello del efecto péndulo, que los valores en este aspecto, me refiero a la imagen y lo que debe significar la policía y todo tipo de autoridad, ha dado un giro de ciento ochenta grados. Hemos vivido con el péndulo alzado en un extremo, amenazando constantemente con cortar la cabeza del que tuviera el más mínimo desliz. Ahora, al vernos libre de esa amenaza, el péndulo ha quedado liberado y se ha desplazado hasta el extremo opuesto, siendo ahora amenazados los amenazadores y se ha abierto la veda para que, aquellos que se sintieron oprimidos, o sus descendientes, quieran oprimir a todo cuanto pueda representar autoridad.

Aquello que, en teoría, tiene que trasmitir un mensaje de tranquilidad, trasmite cierto desasosiego y por el contrario, aquello que debería hacernos pensar que algo no funciona, lo apoyamos y defendemos. Quiero decir que hoy le damos más credibilidad al delincuente que a los que, presuntamente, representan a la Justicia.

Este cambio en el orden de los valores, es un “mérito” que debemos repartirnos entre todos. Son tantos los casos de corrupción con los que nos desayunamos todas las mañanas, que han hecho que la sociedad no crea en aquellos que nos representan ni en aquellos que, por su profesión, defienden el estatus del que se sirven, tantos delincuentes como habitan en esta nuestra denostada sociedad, para llevar a cabo sus fechorías.

Si todo está tan mal, si hay pocas cosas en las que los ciudadanos tengamos confianza,  y además, nuestros representantes políticos, azuzan a los perros de la desconfianza, entonces la cosa toma unas dimensiones que escapan a nuestro control.

Si hay personas a las que la presencia de un uniforme les infunde miedo, algo hay que hacer. Lo primero es que esas personas se pregunten a sí mismas en que basan ese miedo, ese desasosiego. No creo que sea por nefastos recuerdos del pasado, porque algunas de estas personas no son lo suficientemente mayores como para que hayan vivido escenas en las que la policía y el pueblo andaban en una constante lucha. Si ese miedo les viene por lo que les han contado o por lo que han leído o visto, si es un miedo heredado, creo que deberían actualizar el chip y entender que aquella policía y aquellos a quienes obedecían, afortunadamente, ya no existen. Por otra parte, los responsables policiales, y de una forma especial los políticos, que son quienes les marcan las normas de funcionamiento, deberían hacer alguna labor de pedagogía entre todos los ciudadanos, para mostrar cuáles son sus misiones, cuál es su cometido y dejar bien claro que nada más lejos de su intención que el amedrentar a la ciudadanía, sino todo  lo contrario. Su misión es proporcionar paz y seguridad a todos y que si alguien debe temer a la policía es el delincuente.