Lunes, 11 de diciembre de 2017

Alfredo Pérez Alencart y su libro de alto voltaje poético

“Las pinturas de Miguel Elías, acompañan y de qué manera, a esta poesía que nos empuja a la cúspide, a ese lugar donde se dirimen los conflictos de la existencia… ¡Cuánto contenido en una sesentena de páginas!”

Todos recordamos estos versos de Cervantes (a su pesar), “Yo, que siempre trabajo y me desvelo/ por parecer que tengo de poeta/ la gracia que no quiso darme el cielo…”, que me vienen a la memoria tras la lectura de El pie en el estribo (Edifsa), del reconocido poeta peruano-español Alfredo Pérez Alencart (Puerto Maldonado, Perú, 1962) afincado en Salamanca desde hace muchos años. Creo en el quehacer poético de Miguel de Cervantes, no he entendido nunca esa autocrítica de falsa modestia, me parece, como creo en el quehacer de Alfredo desde la humildad y hermandad de su verso. Y creo en la reivindicación que hace el poeta Pérez Alencart del poeta Cervantes, con su palabra y sus versos cuidados: unos con signos ortográficos y otros liberados, solo con el ritmo que marca el hecho de ser poeta abierto al cielo y la tierra, porque “Desciendo del carro para subir a la alfombra de vapor”.

Pues, bien, es ese no sé qué del poeta Alencart que anida en toda su poesía lo que seguramente me ha hecho recordar esos otros versos de Cervantes y que como él nuestro poeta escribe y lo que escribe no deja de ser un manifiesto social, ético y estético como es la novela de don Quijote, entre otras muchas cosas y guardando las distancias que haya que guardar, o al menos así me lo parece. Y así me parecen que son estos 20 poemas de ocho versos de arte menor que jalonan las páginas pares, y en esos otros 20 poemas de 25 versos de arte mayor, que ocupan las paginas impares: de distinta hechura los dos grupos, con pinturas de Miguel Elías, que acompañan y de qué manera a esta poesía que nos empuja a la cúspide, a ese lugar donde se dirimen los conflictos de la existencia: donde anida el amor y para esto la coda final o el poema Mordisco para una resurrección, dedicado a su esposa Jacqueline.

El poeta es y se hace cómplice con el lector y crea imágenes memorables que sí le dicen y mucho a todo aquel que se acerca a sus versos. Un poeta que hace gala de su libertad como autor. Su poesía es acción, no solo palabras. Así, pues son 40 textos de intensidad variada y poliédricos en su lectura: de gran calado: “Ante mí cabalga un quijote cuya figura tiene de sancho”.

Es, y no cabe de esto ninguna duda, un libro de alto voltaje poético que rezuma amor a las querencias del autor, con poemas laudatorios a sus amigos queridos, ficticios o con nombre y apellidos, familiares y maestros admirados: Alonso Quijano, Sancho Panza, Dulcinea, Jacqueline, Miguel Elías, a su padre y su hijo, como no puede ser de otra forma, por la Salamanca (precioso poema VI) que le acoge y donde ejerce la docencia universitaria, y no se olvida de su nostálgica selva peruana, ni, por supuesto, de Jesucristo, ni de Unamuno, ni de Juan de Yepes, Teresa de Cepeda, Juana de Arco, el Zorro, el Cantar de los cantares… ¡Cuánto contenido en una sesentena de páginas!

Así, pues, un libro escrito con la paciencia y la soledad del orfebre, pero sin barroquismos ni adornos innecesarios. Un poemario contemplativo y meditativo a la vez, que observa la naturaleza y se funde con ella. Unos  versos en los que las palabras se buscan y se rozan como pedernales, haciendo surgir una chispa iluminadora. En definitiva, un canto del  poeta que ama y descifra el lenguaje para después intentar la comprensión de sí mismo: “En otras edades/ la soledad en avalancha/ llenará tus días.”

Tenemos pues, ante nosotros, un libro de gran calidad y belleza donde la mezcla de las diferentes estructuras poemáticas conviven con naturalidad con versos desnudos y contundentes:No se agota la tinta de los quijotes”. Es un poeta con excelente sentido del ritmo y sus poemas dan cuenta de la variedad de formas. Esa musicalidad está al servicio del poema para gozo del lector. Entre otras cosas se reflejan aquí el amor y el paso del tiempo y hacen de El pie en el estribo una lectura deliciosa. 

La poesía de Alfredo Pérez Alencart entra por los poros y se adueña de nosotros y nos acerca a la de Miguel de Cervantes: “Vayan, pues, los leyentes con letura,/ cual dice el vulgo mal limado y bronco,/ que yo soy un poeta desta hechura”.

¡Gracias por escribir tamaños versos, poeta, y continua con tu quehacer: “Quijoteando voy por el ojo de tu aguja hasta pasar al cielo”!

Pintura de Miguel Elías y fotografía de José Amador Martín

 

SOBRE EL AUTOR DE LA RESEÑA

Enrique Villagrasa González (Burbáguena, Teruel, 1957). Poeta, periodista y crítico literario, residente en Tarragona: ha publicado más de veinte poemarios, como Línea de luz, La ofrenda, Sílaba del anochecer, Memoria impenitenteLímite infinito, Palabra y memoria. Su última publicación es Lectura del mundo (Isla de Siltolá, 2014). Ha sido traducido al inglés, ruso, francés, italiano y árabe. Ha sido incluido en varias antologías y traducidos algunos de sus poemas a otros idiomas: al árabe por Khalid Amraniy; al francés por Belén Juárez y por Geneviève Baudry; al italiano por Emilio Coco; al húngaro, por Szijj Mária; al inglés por Rosa Lafuente; al ruso por Tatiana Mamaeva; al chino por Huaping Han; al rumano por Elena Liliana Popescu; al croata por Željka Lovrenčić; y al portugués por João Rasteiro y Carlos Castilho Pais. Colabora como crítico en periódicos y revistas literarias.