Lunes, 18 de diciembre de 2017

 El nombre propio, el libro y la lectura

A Julieta P. R., por sus 15 años

Nunca antes había comenzado a escribir un texto con la intención que me mueve ahora. Habían sido otras motivaciones, como requisitos académicos o respuestas a destinatarios puntuales, las causas de poner unas palabras en un cuaderno o en el ordenador. No tenía la visión que tengo al presente. Aunque lo había deseado, e incluso lo había intentado, no había alcanzado a concebir un conjunto de personas —permítaseme la expresión— abstracto. O quizá no tenía ningún argumento dirigido a tal público. Tengo escrito algún cuento, pero, evidentemente, ese género no cuenta para el caso expuesto.

Hablaré sobre literatura. Mis primeros recuerdos se remontan a la infancia. Mis padres me leían cuentos de volúmenes como los de Mi libro encantado. En otros momentos, de una convivencia más íntima, si se quiere, con la lectura, me recostaba en la cama con la espalda en alto y pasaba con inocente detenimiento mis ojos por las misteriosas palabras impresas y los dibujos. No llegaba demasiado lejos en esas travesías recogidas, pues mi voluntad no siempre me llevaba hasta el final. Todo se resumía, a veces, en instantes de contemplación que se difuminaban, como el incienso cuando sube a lo alto y desaparece.

Asimismo, ese espacio artístico se poblaba con otro tipo de presencias. Más elevadas, o más remotas. La de libros de pintura y escultura en gran formato. Yo me acercaba como el niño que no alcanza a ver lo que está sobre la mesa, pero que tampoco tiene el ímpetu para subirse a la silla y echarse un clavado en esas manchas de tinta de color que reflejan otra realidad. Cuando algún invitado abría cualquiera de esos grandes libros, se presentaba la oportunidad para lanzarle un vistazo a eso que después llamaría por su nombre: Renacimiento, por ejemplo. Años más tarde, aunque no muchos, encontraría un eco de todo esto en la puerta de la habitación de un tío, y en la estantería de libros y en el escritorio junto a su cama, donde colgaban recortes de suplementos culturales. Pero tampoco en ese entonces llegaba a hojear con el esmero deseado los pliegos del periódico, sino que el impulso quedaba en el asombro de estar ante esa realidad cargada de misterio. Un amor de lejos.

De otra parte, había un no sé qué que quedaba como aureola embelleciendo a las personas o los lugares citados. No importaba que se tratara de escenas algo lúgubres, como los retratos de Rembrandt, o como la habitación de Bonifacio A., que había dejado de lado una prometedora carrera científica en la universidad para dedicarse a la escritura de cuentos, con un poder adquisitivo que apenas le permitía sobrevivir. No puedo dejar de pensar en el relato de unos peces rojos a quienes la prueba de amor los había distanciado durante casi dos años. Uno de ellos perdió toda esperanza y decidió nunca más volver a abrir sus ojos. El seudónimo con que lo firmó fue el del Hombre de la montaña. Otro día de lluvia, el señor A. me leyó otro

cuento, sobre una instructora de natación que aprendió un lenguaje de signos durante un verano que trabajó como salvavidas, para poder comunicarse con un refugiado de Senegal que tenía unos ojos enormes y negrísimos. Sin lugar a dudas, el cajón de sus manuscritos constituye un tesoro inapreciable. A veces, glosaba los textos con dos o tres versos, o con poemas completos. Creo que unos decían: Descubrí por vez primera el valor del mundo | cuando abrí los ojos después del naufragio, | y miré que había muerto y vuelto a la vida.

En aquel entonces, con Bonifacio, y con más razón antes, con mis padres sentados en el sofá del salón cualquier tarde de la semana, estaba lejos de pensar que mi nombre aparecería impreso en una hoja de papel. Todo era lejano e impreciso. Cada cosa en la vida apenas se estaba haciendo de su nombre propio.

Juan Ángel Torres Rechy