Viernes, 15 de diciembre de 2017

‘Leyendo a la Luz de la Luna’, la vocación de un barrio entregado a las letras

El IV Concurso de Microrrelatos, que ganó Carlos Martín Arteaga, concluyó con una animada gala que incluía las lecturas de los finalistas, cuyos textos publicamos, la entrega de premios y actuaciones

Los finalistas del concurso leyeron sus pequeños relatos / Foto de Alberto Martín

La IV Edición Concurso de Microrrelatos ‘Leyendo a la Luz de la Luna’, que organiza la Asociación de Vecinos Zoes, ha concluido este jueves con una gala que incluía varias lecturas relacionadas con la bicicleta, que era el tema central del concurso, la entrega de premios y las actuaciones del grupo Cover Band y Bruno Pino, cuya guitarra española ponía la melodía que se escuchaba de fondo al leer los poemas.

También hubo una exhibición de bailes (bollywood, danza del vientre, country) y actividades para los más pequeños con el fin de facilitar la asistencia de los adultos a “esta cita con la literatura, la poesía y la música a pie de barrio, en el Barrio del Oeste y que se va consolidando con el tiempo”, explicaban desde Zoes.

El ganador, que recibió 500 euros, fue Carlos Martín Arteaga por el relato titulado ‘La decisión de papá

De pequeños viajábamos todos juntos en la bicicleta de papá. Parecíamos equilibristas. Papá pedaleaba con fuerza y era feliz. En una ocasión llegamos hasta el mar. Las olas al salpicarnos nos hacían cosquillas. Reímos muchísimo. Luego, cuando papá entristeció, dejamos de salir. Una tarde, para alegrarlo, le regalamos una bicicleta nueva. Salimos al jardín y montamos todos. Entonces notamos que viajábamos de nuevo juntos y vimos al mar venir por el jardín a nuestro encuentro. Sus olas nos hicieron reír tanto que, días después, papá cogió su bicicleta nueva, fue en su busca y decidió quedarse a vivir en él.

Los otros trabajos finalistas fueron los siguientes:

Sexta finalista: Fátima Javier Antonio por ‘Paseando en bicicleta’  

-Es tan agradable pasear en bicicleta en primavera…-pensó la mujer. Giró la cabeza  y observó cómo su hija se detenía. Le pareció que la niña hablaba, pues movía la boca y miraba hacia algún lugar que ella no podía ver. Pero… allí no había nadie. Entonces, vio moverse algo entre los arbustos verdosos.

-Helena, ¿qué era eso?  ¿Una ardilla?

La niña, contemplando con curiosidad al extraño elfo que le hacía gestos para que se mantuviera en silencio, contestó:

-Sí, mamá. Era una pequeña ardilla.

La mujer suspiró, aliviada, y ambas retomaron su encantador paseo en bicicleta.

Quinto finalista: José Antonio Martín Viñas con ‘En el aire’

 Y entonces el Céfiro, el viento del oeste, comenzó a soplar con suavidad y la flora, por aquel golpe de aire, se alzó de su letargo invernal a la vez que lanzaba palabras al viento… de gratitud, y aquellas bicicletas, colgadas en su cueva artificial como murciélagos, empezaron también a despertar, estirando sus manillares y moviendo poco a poco sus redondas piernas. Con decisión, salieron a rodar por el mundo a su aire. Y mientras el viento del oeste las empujaba, entre los discos de sus ruedas se escuchaban las primeras notas de Vivaldi, saludando a la recién estrenada primavera.

Cuarta finalista: Caroline Rott con ‘Bicis sin fronteras’

Llevo a Yunita todos los días al colegio, a 12 kilómetros de su aldea. Sin mí, ella no podría seguir estudiando ni aspirar a un futuro mejor. Vine aquí, a Anantapur, India, tras un largo viaje, junto con muchas compañeras, usadas como yo, para comenzar una nueva vida. Tras pasar meses olvidada y sola, en un oscuro y frío garaje −quizás porque ya no soy nueva ni bonita−, ahora me siento feliz, sobre todo cuando Yunita me presenta, henchida de orgullo, a sus amigas: “¡Aquí está! Se llama Orbea, y es de Mallabia, un lindo pueblo del norte de España”.

Tercera finalista: Maria José Berenguer con ‘Acercándonos’

Mientras Morfeo abandona mi cuerpo, amanece en mí tu sonrisa, inundándome de una profunda nostalgia que lleva a mi memoria a cabalgar a través de los más bellos momentos que junto a ti he vivido, y al hacerlo, despierta en mí el deseo de viajar hacia el lugar donde nuestras almas puedan encontrarse.

Subo en mi  bicicleta y en cada pedaleo siento que la fuerza del amor va matando al monstruo del miedo, y en el final de la alameda que nos separa, vencerá y formaremos una sola silueta que iluminará todos nuestros caminos en el crisol de la eternidad.

Segundo finalista: Jorge Martín Tomé con ‘El fantasma del establo’

El viejo establo apareció al final del camino entre espesa niebla, engullido por altas hierbas. Ni las vacas querían acercarse a ese lugar supuestamente maldito. Decían de él que en las noches de abril, a su alrededor la temperatura bajaba, la niebla se hacía muy espesa y se escuchaban sobrecogedores alaridos metálicos, que parecían implorar ayuda. Tras el chirrido del único gozne de la puerta advertí su presencia. Era ella, sin duda.  Deslizando la vieja y enmohecida sábana, emergió aquella bicicleta de mi bisabuelo, la que robaron una fría y nebulosa noche de abril, justo antes de ser engrasada.

Fotos de Alberto Martín

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