Viernes, 15 de diciembre de 2017

Mercadillo Cervantes

A medida que crece 2016, la conmemoración oficial del cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes va convirtiéndose en este país en la pura celebración del disparate. Iniciadas a principios de año las “galas conmemorativas” con más pena que gloria -un desenterramiento tan chusco como dispendioso, por ejemplo-  y, en un país que no lee, forzadas las instituciones –que tampoco- a organizar eventos culturales, seudoculturales, festivos o disfrazados de académicos –moqueta manda-, la mayoría de las ocurrencias que cada día se ofrecen y ofertan en honor (es un decir) del autor de El coloquio de los perros, mueven bastante a bochorno.

Si no bastaban esas abstrusas e interminables peleas entre localidades manchegas para hacerse con el marchamo de ser la que el alcalaíno citó, refirió o, incluso, discuten que pensó en la redacción de El Quijote, o las ridículas reivindicaciones de lugares y personajes de la ficción como reales y viceversidades variadas, este año han venido a sumarse antologías de pedacitos de obras, resúmenes de búsquedas y hallazgos, versiones de andar por casa, teatrillos de menos todavía, requetereposiciones de requetetópicos, rutas y senderos trillados y repetidos, gastronomías cervantinas, cocineros quijotescos, equilibristas de vidriera y santería, exposiciones de cosas que hubieran podido merecer la pena, recitales por aquí, escenificaciones por allá, clowns malos haciendo lo suyo, lecturas de más o menos, ediciones de tres al cuarto, marchas y mascaradas, y jornadas y encuentros, y paseos y giras y excursiones y más y más que, en la mayor parte de los casos, se muestran como ejercicios burocráticos realizados con poca capacidad, cortedad de miras, oportunismo flagrante, nulo conocimiento del personaje y de su obra, trivialización, desvirtualizaciones,  contextualizaciones a martillazos, incompetencias varias y, por qué no decirlo, una papanatería cultural subyacente que, salvo escasísimas excepciones, de nuevo nos retrata como los reyes de la chapuza.

Capítulo aparte merecería esa forzada asociación que en ciertas instancias ha querido hacerse –y rentabilizarse- entre Miguel de Cervantes y William Shakespeare, aprovechándose de la –también falsa- coincidencia de fechas de sus fallecimientos. Una asociación que, si puede establecerse a nivel de categoría en el terreno del oficio y de la competencia para ejercerlo, resulta más que forzada en ciertas teorías seudoliterarias realizadas con más fantasía que conocimientos, y que se empeñan en paralelizar, mezclar, fundir o describir forzadísimas interrelaciones entre ambos autores y sus respectivas obras. La utilidad que puedan tener esas delicuescentes teorías de conexión (que Francisco Rico y Harold Bloom, dos de los mayores especialistas en el manco de Lepanto y el bardo de Avon, no dudarían en discutir), ha sido sin embargo motivo de columnas, artículos, resúmenes, separatas, conferencias, charlas, encuentros, citas a voleo, encartes, portadas y, cómo no, también ocurrencias en forma de estudios cultural-gastronómicos –lo de la gastronomía como cultural-business en este país está empezando a oler muy mal-, geográfico-turísticos, psicológico-literarios, taurino-sociales o, simple y llanamente, tonterías.

Dejando al margen la espléndida labor que algunas (pocas) instituciones y personalidades realizan en el estudio de la figura y la obra de Miguel de Cervantes (labor que no aprovecha efemérides y que se extiende en el tiempo concienzuda y brillantemente), la conmemoración de la muerte de personaje tan importante para la cultura española y universal hubiese merecido muchos más esfuerzos y dedicación –por ejemplo, la recuperación del “Persiles” en los programas de enseñanza y a nivel popular-, y en todo caso mucha más atención que otras fútiles celebraciones y centenarios que por ahí se anuncian desde hace lustros –. Así, un centenario que ha sido contemplado como forzadamente impuesto por entidades académicas y autoridades culturales de muchas instituciones públicas con obligación de “hacer algo” para salvar la cara, ha servido de cajón de sastre para contener todo tipo de chabacanerías, timos y trileros a los que esas mismas instituciones han abierto las puertas y los presupuestos, utilizándolos como parapeto para ocultar la inacción de su propia incompetencia. Cervantes, probablemente, no se lo merezca. Nosotros, tampoco.