Miércoles, 13 de diciembre de 2017

La política terminó siendo una lucha, ¿de intereses?

 

Así parece. Esta tarde, me ilustraba leyendo “La busca” de Pío Baroja, y no sé si por premonición o por qué, di con un juego que yo no practiqué nunca de chico, porque no se conoce ni conocía por nuestra tierra. Nosotros, de muchachos, jugábamos al toro, y emulábamos a Arruza, Bienvenida, Pepín Martín Vàzquez, Parrita…, toreros de la época, pero imitar a don Tancredo, no se encontraba entre nuestro repertorio lúdico. Y, esta tarde, gracias a don Pío, he sentido el placer de disfrutarlo, convertido en un chaval por unos momentos.

Dice Baroja en su novela:

 

“Los chicos pequeños se divertían jugando al toro, y, entre las suertes más aplaudidas, se contaba la de don Tancredo. Se ponía un chico a cuatro patas, y otro, que no pesase mucho, encima, con los brazos cruzados, el cuerpo echado para atrás, y, en la cabeza, alta y erguida, un sombrero de papel de tres picos.

Se acercaba el que hacía de toro, mugía sonoramente, olfateaba a don Tancredo y pasaba junto a él sin derribarle; volvía a pasar un par de veces, hasta que se largaba. Entonces don Tancredo bajaba de su vivo pedestal, a recibir el aplauso del público.

Había toros marrajos y guasones, que se les ocurría tirar estatua y pedestal al suelo, lo cual era recibido entre el clamoreo y la algazara del público”.

Dicen en mi pueblo: “Lo que está a la vista, no necesita candil”.

 

Otro de los juegos, que practicábamos las pandas, era a ver cuál era la más fuerte, la más fachenda y la más gallito: la mejor. Y se buscaba la artimaña y la astucia para achicar al adversario, y así crecer en poder, en posición e influencia. El objetivo era acaparar las cuadrillas más pequeñas, las menos significantes, para reforzar la propia, ya que, por sí misma, se era incapaz de doblar la muñeca al contrario. Si había que echar la zancadilla, trabarla con pinza o tenazas, se hacía: todo era válido con tal de alcanzar el plan propuesto o, al menos, de  intentarlo.

Pero yo creo que nuestros políticos son ya demasiado creciditos, para que se pasen los días y las horas entretenidos en estos menesteres infantiles.

 

Ese otro juego, que se inventaron los atenienses, de que la política es un servicio al ciudadano, queda muy obsoleto en el siglo XXI. Hoy se centra la política en el acoso y derribo al adversario; una lucha feroz por el poder, por medrar, manipular y dominar a las masas, pero sin las masas; y cuando ya se sienten más grandes, apoltronados en la poltrona ¿qué beneficio nos aporta su grandeza flamante a los mortales?

 

Y ante esta situación vergonzosa, en la que los políticos aparecen indolentes ante la situación del país, yo me atrevo a hacer una propuesta, para que nos dejen de marear y de gastar el dinero que no tenemos: “que se echen el Gobierno a suertes, o se lo jueguen a los chinos o se lo decidan a penaltis, eso sí, con la promesa de respetar el resultado como caballeros”.