Miércoles, 13 de diciembre de 2017

El ejemplo del rugby

El pasado domingo, veinticinco mil personas pudieron atestiguar que el aforo del estadio José Zorrilla de Valladolid estaba, efectivamente, cubierto. Veinticinco mil personas que tuvieron que buscar en el rostro de las demás la confirmación de que aquello era cierto; que aquel día, en un feudo por el que han pasado muchos de los mejores futbolistas de la historia, la línea de gol era la de ensayo y la línea del área, la de veintidós; que el juego a la mano no solo no era punible, sino deseable, y el placaje, la forma más noble de detener el avance de un rival.

 

Me encantó la escenificación de este pequeño gran triunfo del rugby y el hecho de que su sede no fuera otra que la de la vecina Valladolid. Más aún porque no deja de ser una ciudad media situada en este vasto desierto interior que es la meseta, tierra de leyenda para los que habitan en el Gran Madrid o en la recortada costa peninsular ajenos a la miseria que dejan los páramos, las tierras yermas, las recurrentes sequías y, sobre todo, las enormes distancias que dificultan las relaciones económicas y sociales en esta altiplanicie aislada entre montañas.

 

El secreto, como siempre, reside en la semilla, en inundar los colegios de ilusión y emociones que aparquen el rutinario y lánguido devenir en las aulas. Valladolid no reúne más condiciones que ninguna otra ciudad de sus mismas características para atesorar tal tradición en rugby. Solo una sana rivalidad entre clubes y una muy buena labor educativa. Si se llega a tiempo, antes de que se conformen categorías en la mente del niño, no hay lógica que pueda defender que el balón esférico sea más normal que el ovalado.

 

Todo pasa también por una buena gestión de los fondos públicos, habitualmente divididos entre varias administraciones que, muchas veces, ante el silencio de los votantes, no agotan el presupuesto o lo malgastan en alguna adjudicación de dudoso destino e inesperado retorno. Ya está bien de que federaciones, diputaciones y patronatos o fundaciones municipales empleen en gastos corrientes y mantenimiento de personal el triple de dinero que en inversiones productivas mientras el ciudadano apenas logra sobrevivir para apoquinar y callar exhausto.

 

Por último una petición, casi un ruego. Pese a habitar en una tierra, Castilla y León, donde ha sido habitual el monocultivo del cereal en convivencia con otros como el de la vid, urge apostar por una cultura polideportiva que nos permita situarnos a la vanguardia en otros deportes con potencial de crecimiento, deportes que nos coloquen, como espectadores, igual frente a una experiencia artística inefable que ante una batalla marcada por la nobleza de sus contrincantes. Sirva el rugby como ejemplo.