Martes, 12 de diciembre de 2017

“La sensibilidad es un don pero también una condena en este mundo agresivo”

El autor afincado en Salamanca rememora las vivencias que han marcado su existencia en 'Memorias del estanque'

Antonio Colinas, poeta

Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946) propone en ‘Memorias del estanque’ (Siruela) un viaje interior que le lleva a rememorar con mirada serena episodios esenciales de su vida, desde su infancia en La Bañeza, los libros que marcaron su camino, sus estancias en Francia, Italia e Ibiza, sus viajes y encuentros con Pablo Neruda, Vicente Aleixandre, Alberti o Saura, y su llegada a Salamanca, donde reside desde hace años. En esta obra, el colaborador de La Sombra del Ciprés dialoga con una alberca: «Yo le pregunto por mi vida y el estanque me responde, me va hablando de mi pasado. Es la memoria la que va respondiendo», sostiene.

–¿Por qué ha elegido el agua como espejo para conversar?

–Para dejar hablar a mi subconsciente. La persona que se asoma al estanque no es un narciso observando lo que hay de bueno en él, sino que yo en silencio le dirijo preguntas y él me va rescatando los hechos de mi vida. He escrito sintiéndome muy turbado, el resultado han sido estas memorias, que considero inusuales porque formalmente hay como varios géneros en la escritura, está entre la narración, el diario y el aforismo.

–¿Cuáles han sido los momentos clave de su vida?

–El tiempo en el que yo me comprometo con una voz que sentía dentro, con mi vocación de escritor, con ese camino que es el de la poesía. Es un momento en el que veo que poesía y vida son presencias fundidas. Esa tensión aparece en los años de la adolescencia en Córdoba, estalla cuando vivo cuatro años en Italia, que supuso una experiencia estética muy fuerte, y luego ya, cuando recalo en Ibiza, donde he vivido 21 años que me han reconducido hacia la literatura como vocación y profesión.

–Residió también en París.

–Es curioso porque fui en el otoño, que no en mayo del 68. No tenía intereses políticos en aquellos momentos. Me interesaron los museos, las bibliotecas, la arquitectura de la ciudad, la literatura que descubrí en los cementerios... mientras que Italia fue una experiencia muy fuerte, una proximidad al arte muy viva.Y a Ibiza le debo mucho porque allí he escrito la mayoría de mis libros. Allí cuajó esa idea central en mi obra que es el diálogo de nuestra tierra, de mis raíces, que se han ido extendiendo hacia lugares como Urueña, muy entrañable para mí, o hasta las sierras salmantinas. Me interesa mucho la problemática que vivimos aquí, temas como la emigración, el mundo rural, nuestros escritores que tienen una gran resonancia. No he ido donde he querido, sino donde la vida me ha llevado. A veces, ante preguntas que me hacen sobre por qué no estoy en Venecia o en Ibiza y vivo en Salamanca, yo digo que nos llaman las raíces, el origen, aunque este retorno también responde a hechos muy normales como los estudios de mis hijos o la enfermedad y la muerte de mis padres.

–Cuenta que de sus padres heredó el don de escuchar.

–Siempre me llamó la atención el arranque de los pensamientos de Marco Aurelio en los que nos cuenta lo bueno que ha recibido de sus padres. Hay cosas como el respeto profundo, obsesivo casi a los demás, que ante situaciones o personas que se mueven por el fariseísmo o la pura maldad, surge el afán mío de diálogo, de armonizar. Y por supuesto también la sensibilidad, que tiene dos caras, es un don pero también una condena en este mundo tan convulso, tan agresivo. El saber escuchar, el respeto a los demás, son cosas que están ahí, siempre en el fondo de la memoria.

–Dice que contar algunos aspectos de su vida ha supuesto una tensión muy fuerte.

–Sí, he tenido unos episodios de vértigo cervical mientras escribía este libro. Todo brota de ese dejarse fluir por la psique, el mundo interior. Hubo un momento en el que tuve que parar porque seguían brotando y brotando vivencias. Quería explicar por qué fui a Italia, por qué vine, algunos aspectos del mundo literario que afloran en el libro, mi relación con la generación, lo que ha sido mi estética y mi ética en relación con ella, el intenso mundo literario que viví en Madrid en el Café Gijón en contacto con escritores. El libro es una galería de retratos: ahí están mis maestros como Vicente Aleixandre o María Zambrano y también autores del siglo XX ideológicamente muy contrastados como Pablo Neruda, Ezra Pound, Alberti o Miguel Ángel Asturias.

–¿Uno publica memorias cuando le duele la edad?

–Este libro nació sobre todo de un impulso del subconsciente, un poco irracional. Qué duda cabe que a mis 70 años quizá ha llegado la hora de puntualizar algunas cosas, porque a veces la crítica ilumina al autor pero otras veces hay desinformación y puntos que hay que aclarar. En este sentido hay cosas que no había contado, por ejemplo, cuando regresamos de Italia porque perdimos a nuestro primer hijo, fue un poquito el desencadenante de ese regreso. Cosas un poco íntimas.

–¿Ha eludido mentar a personas con las que ha tenido problemas?

–Sobrevuelo situaciones. Mi trabajo y mi vida tampoco han sido fáciles. Tengo 70 años y unos 70 libros y eso es lo que me importa. También a veces te encuentras con trabas propias del mundillo literario, de la vida social. Pero prefiero sobrevolar sobre esos temas, no me considero que sea una persona con enemigos o especialmente agredida porque también he vivido muy al margen del mundo literario, he estado en contacto con él pero no he vivido la literatura como una guerrilla.

–¿Cómo ha abordado el tiempo actual de crisis?

–Con mucha preocupación. Una cosa que distingo en el libro es la diferencia entre mundialismo y universalismo. Yo prefiero este último término porque nos remite a una idea más trascendente de la realidad, mientras el mundialismo es lo que nos anestesia, nos quita la libertad. A veces pensamos que vamos a acabar con un chip debajo de la piel y ahí está esta influencia invasora. Nos sentimos un poco títeres. La cultura de Europa parece que tiende ahora a la atomización, no se aprecian los valores, somos un mero mercado y es una pena.

Fuente El Norte de Castilla