Domingo, 17 de diciembre de 2017

Yolanda, la número 18

“Justicia para Yolanda, la número dieciocho, cuya sangre aún caliente pesa sobre los múltiples agujeros de un sistema que no funciona, que no garantiza la vida, la seguridad, la libertad de las mujeres”

El sospechoso del asesinato de Yolanda es conducido ante la Policía Nacional | Foto: Jesús Formigo / Ical

Una mujer de 48 años aparecía ayer muerta, cosida a puñaladas, en el Paseo de la Estación. Muerta, asesinada con violencia, esa violencia sorda que no se anuncia, que nadie ve, que nadie oye, que se produce de puertas adentro, en el entorno más íntimo, en el día a día. Muerta por decreto del terror, de ese terrorismo doméstico, que no machista, porque la violencia no entiende de géneros. La violencia es violencia a secas, venga de donde venga.

Yolanda Jiménez tenía 48 años y perdía su vida el domingo presuntamente a manos de su expareja. Manos que acarician, manos que te apuñalan. Manos que golpean a quien debieran mimar como fuente de la alegría, de la vida, del amor. Maltratar a una mujer es maltratar, escupir sobre todo el género humano, hombres y mujeres.

Yolanda Jiménez tenía 48 años y una vida por delante para volver a amar, para sonreír y ponerse en pie. Una vida para vivir. Ella no era una víctima silenciosa. Ella había dado el paso, había sido valiente, había denunciado y había gozado de un alejamiento que a la postre no ha servido para nada. Mientras su asesino huía escaleras abajo, su vida se escapaba en sangre por los  boquetes de unas puñaladas infames que la sociedad y la ley aún son incapaces de detener.

Se llamaba Yolanda. Mañana su nombre será uno más en la lista negra de las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas. La número 18 de 2016 en un goteo que no cesa, en un siniestro recuento que se repite cada año ante el que nos sentimos impotente. Un recuento que se incrementa mes a mes con unas medidas ineficaces e insuficientes para proteger la integridad y la vida de quienes viven sometidas bajo el terror.

No son números. Son mujeres de carne, hueso y alma a quienes se les priva de vivir. Y cuando una mujer muere por imposición, cuando a una mujer le roban su más elemental derecho, el de la vida, no caben medias tintas. No. En pleno siglo XXI, en una sociedad que presume de demócrata y tolerante no podemos permitir el “la maté porque era mía”, esa solución brutal de los problemas sentimentales sacando del mundo con violencia a quien probablemente ya era una víctima antes de tomar sus propias decisiones.

Justicia para Yolanda, la número dieciocho, cuya sangre aún caliente pesa sobre los múltiples agujeros de un sistema que no funciona, que no garantiza la vida, la seguridad, la libertad de las mujeres. Justicia para todas las Yolandas del mundo “ajusticiadas” por la mano enferma de sus asesinos. Este país solo será libre el día que exista una Yolanda que sea el punto final, el último número de tanta locura, de tanta sinrazón.

Ojalá encuentres al otro lado de la vida la paz que aquí no supimos darte, Yolanda Jiménez. Que tu nombre nunca se olvide.

Ana Pedrero

Periodista