Martes, 12 de diciembre de 2017

San Martín es una parábola

Como todo en la vida, si bien se mira, porque desde que a los humanos nos dio por organizarnos en tribus, para pelearnos o para vivir en paz, todo está enlazado, de modo que cualquier cosa o sucedido que le ocurra a cualquier persona, familia, o institución, puede ser interpretado en clave general, porque hoy en día no vivimos en una isla ni los británicos, por más que se empeñen algunos de ellos.

Pues señor, sucede que el otro día, mientras intentaba, somnoliento, despertarme camino de San Julián donde había quedado con el electricista a primera hora de la madrugada laboral, al pasar por San Martín algo me llamó la atención, sin caer del todo en la cuenta de lo que era. Una vez en San Julián, un poco más despierto por el fresquito que suele reinar en las iglesias, sobre todo cuando tienen averiada la calefacción, recordé que, al pasar por el Corrillo habían aprovechado los aledaños de la escalera que conduce a la sacristía de San Martín, única entrada posible al templo para personas civilizadas –los amigos de lo ajeno son otra cosa-, para almacenar allí los materiales de construcción necesarios para las reparaciones que se están llevando a cabo en el pavimento de la Plaza Mayor. El lugar elegido es el adecuado: puesto que la iglesia de San Martín no es un negocio y la parroquia debe estar siempre al servicio del bien común, el depositar allí los materiales no estorba a ninguno de los establecimientos, negocios y tiendas que trufan el Centro histórico, ciudadano y turístico de la ciudad.

Solo se puede entrar en la iglesia, repito, por esa escalerita, pero una vez dentro, desde dentro, ya se pueden abrir tanto la puerta del obispo, recién recuperada luego de la restauración de la bóveda y de la obra de musealización recientemente llevada a cabo, como la puerta de la calle Quintana, más apta para las personas mayores y para los papás o abuelos que empujan carritos de bebé, debido a la rampa que, en su día, con no poca polémica, se autorizó a instalar. Y ya que estamos en Quintana, hay que reconocer que es también un buen lugar para la instalación nocturna de los contenedores de basura, porque tampoco se estorba a ningún negocio y el horror estético es pasajero, meramente nocturno.

La parábola, en forma de preguntas es la siguiente: ¿significa que la Iglesia, así, en general, es la que acoge y atiende, junto con otras instituciones desde luego, los desechos humanos de nuestra sociedad, las personas que, como consecuencia de la crisis o de sus circunstancias personales han caído en la exclusión y en la pobreza? ¿Es una premonición de lo que va a ocurrir, tanto si se logra un Gobierno antes del 26 de junio como si se va a nuevas elecciones? Quiero decir: consiga formar Gobierno quien lo consiga, si es que se consigue y no entramos en una forma de ingobernabilidad a la italiana o a la belga, dado que “Bruselas”, el Banco Central Europeo, el Banco Mundial y el Fondo Monetario nos marcan la política económica, dado que la OTAN y la amenaza yihadista condicionan nuestra política de Defensa y la política exterior, podría ocurrir que, en lo único en que se pusieran de acuerdo todos los partidos, antiguos, viejos y emergentes, fuera en controlar a la Iglesia, como única posibilidad común y compartida por todos de llevar a cabo las políticas de “cambio” y de “progreso” que pregonan. Bueno, tal vez, en un ataque de realismo y sentido práctico, dejarían a la Iglesia seguir atendiendo a los pobres, porque al Estado –o sea, al contribuyente- le sale más barato que lo haga ella.