Martes, 12 de diciembre de 2017

La toxicidad de algunas personas.

Al igual que en el reino vegetal hay plantas tóxicas, con diferente grado de toxicidad, que puede ir desde una simple diarrea hasta acarrearnos la muerte, entres los humanos también hay algunos que son tóxicos. ¿En qué grupo, en que sociedad, ya sea de tipo cultural, deportiva, gastronómica o de vecinos, no hay alguna de estas personas?

Algunas son poco tóxicas porque su capacidad mental, no de toxicidad, no da para más. Su condición les hace desear que su perniciosa influencia sobre todo lo que les rodea sea lo más perjudicial posible, pero por mucho que se estrujen el caletre, afortunadamente, no les da para más. Alguno de estos disminuidos tóxicos, se sienten frustrados, al ver la poca repercusión que su toxicidad ejerce sobre sus semejantes. Tanto es así, que al no poder sacar esa toxicidad de su cuerpo, se les va pudriendo dentro, hasta producirles graves consecuencias, como pueden ser la marginación, la exclusión o profundas frustraciones que les puede acarrear graves depresiones. Otros, por el contrario, han perfeccionado de tal manera sus técnicas, que son capaces de vomitar sobre el grupo, o los grupos a los que pertenece, todo su arsenal tóxico, produciendo graves enfrentamientos y desavenencias entre sus miembros. Esta es su victoria, lograr el enfrentamiento entre los miembros sanos, a los que llega a corroer de tal manera, que son ellos mismos, los que hacen desaparecer al grupo.

Ese es el gran triunfo del ente corrosivo, hacer desaparecer cualquier vestigio de amistad que pueda haber entre los miembros de la micro sociedad a la que ha llegado con el único afán de destruirla.

Estas personas, incluso las más nefastas, a mí, en vez de miedo, rencor, odio… lo que me producen es un sentimiento de lástima, en algunos casos incluso he llegado a ejercer, ante alguna de estas personas, un especial cariño. Una persona de esta condición nunca podrá ser feliz ¿no es esto motivo de lástima e incluso de cariño?

No estoy seguro hasta que punto pueden ser culpables de su maldad. ¿Hasta qué punto, el escorpión, es culpable de clavar su mortal aguijón en su presa? ¿No es esa su naturaleza? Si la naturaleza le ha hecho así, culpémosla a ella, que “culpa mía  no fue, delirio insano/ me enajenó la mente acalorada. “¡No fui yo, vive Dios! ¡Fue su destino!/ Sabían mi destreza y mi ventura”.

Estos argumentos, que pueden servir para justificar la acción de un animal o para que Zorrilla salvara de los infiernos a D. Juan, no sirven para disculpar al ente toxico. Siempre he estado en desacuerdo con la frase que tantas veces escuchamos: “soy así”, como queriendo justificar nuestros actos y echar fuera, los balones de nuestra responsabilidad. Creo que no somos así; nos hacemos así. Es cierto que, a veces, hay que luchar contra los elementos que nos invaden, que acechan, que acosan, que como cantos de sirena quieren desviarnos de nuestro rumbo, anulando nuestra voluntad, y que esa lucha no es fácil. Por lo que es preciso que estemos siempre alerta.

Creo que lo primero que debe hacer el ente tóxico es admitir que tiene un problema. Este primer paso es imprescindible para iniciar el camino de sanación de la inmensa, por no decir de todas, las enfermedades en las que la mente juega un papel importante.

No es fácil dar este primer paso, porque la persona en cuestión, se ha refugiado en un recinto, rodeado de una alta y gruesa muralla de orgullo, que no deja entrar el más mínimo rayo de sol que le permita ver su propio rostro, porque, en su fuero interno, tiene la certeza de que lo que verá no será de su agrado. Prefieren permanecer en su absurda oscuridad y sumir en ella a todo cuanto les rodea.

¿La solución? No es fácil, pero hay unos pasos que pueden indicar el camino a seguir: No permitir que su oscuridad entre en nosotros. No permitir que su estado de ánimo cambie el nuestro. Intentar que nuestro positivismo venza su oscuridad. Defender nuestra postura desde el campo de la luz, no entrar en su campo oscuro, porque ahí es donde se hacen fuertes y su aguijón se clavará  en nosotros sin ningún tipo de compasión, emponzoñando a todo el grupo. Ofrecerle nuestro apoyo, comprensión y cariño. Hacerle ver  que hablando sin amargura, confiando en los demás y que abriendo su corazón a la luz de la amistad, serán mucho más felices.