Domingo, 17 de diciembre de 2017

¿Cómo uso yo mis manos?

Estaba yo en Estados Unidos cuando el huracán Katrina golpeó esas tierras. Los estragos fueron enormes, sembró el caos, el dolor y la muerte. Es difícil calcular las grandes pérdidas. La recuperación, inclu­so a medias, llevó meses. Sanar las heridas, el impacto psicológico, años.

El presidente de EEUU, George W. Bush, aseguró que la devastación producida por el hura­cán ‘Katrina’ representa “uno de los peores desas­tres en la historia” del país.

 “Nuestra primera prioridad es salvar vidas”, dijo Bush... “Es mucho el trabajo que habrá que hacer”.

Ante estas grandes catástrofes muchos se pre­guntan: ¿Qué hace Dios?

¿Por qué parece que Dios no interviene para remediar los males del ser humano?

Ante esta desgracia mucha y otras aún mayores, la gente se pregunta:

¿dónde estarán las manos de Dios?  Y , desgraciadamente, no nos damos cuenta de que cada uno de nosotros somos las manos de Dios y tenemos que usarlas para dar amor, calor, para alcanzar las estrellas.

El trabajo que hay siempre por hacer,  es enorme. Se necesitan manos para salvar, para reconstruir lo dañado por tantos huracanes de todo tipo, pero también para salvar las vidas de los ancianos y de los niños que viven cerca y necesitan de nuestras manos amorosas.

Hay una enorme indiferencia con que se vive el sufrimiento, el hambre, la muerte,... de miles de personas que cada día mueren en el mundo por falta de alimento, de medicinas, de un hogar digno,... ¿somos conscientes de esto?, ¿sentimos el miedo y la angustia de tantos refugiados que huyen del hambre y la miseria de sus países? Al ser humano, hombre o mujer, rico o pobre, niño a adulto, del norte o del sur,... ¿lo sentimos como hermano a quien debemos ayudar y querer?

Dios no tiene manos, nos las dio a nosotros. Cada uno de nosotros somos las manos de Dios. Él, sigue hablándonos con paciencia y ternura nos dice: ¿Qué has hecho tú con las que te di? ¿Cómo has usado tus manos? ¿Han sido fuente de bendi­ción y sanación?

En estos meses hemos asistido, arropados por Manos Unidas, a cooperar, a unir manos y esfuerzos para que un día el hambre de los seres humanos sea una pesadilla del pasado. El hambre de pan, de amor y de cariño, sigue ahí presente, aunque pasen todas las campañas de solidaridad. Hay que unir manos, esfuerzos, pero hay que lograr, sobre todo, que cada uno construya, edifique, consuele, quite penas y dolores con sus manos, con lo que pueda hacer. No se nos pide más.