Viernes, 15 de diciembre de 2017

Rosa en Formentor

Allá va Rosa. No es la mía, para evitar equívocos. Pero allá va, tranquila y dispuesta, aunque recelosa. Aparenta seguridad en sí misma, aunque nada es sencillo. La vida por ejemplo no es sencilla, qué se le va a hacer.

Ella avanza, aprendiendo a mirar al frente. Ya sabe hacerlo, no cabe duda. Aunque siga escuchando ese antiguo sonsonete de que se marea, ya no es así. Superó esa dificultad una mañana soleada en que acertó a mirar hacia arriba, y vio el azul del cielo. El alto y extenso cielo.

Le han hablado de las curvas, de las subidas y bajadas. Ella ya las conocía. No había estado nunca por estas riberas lejanas, pero sabía de ellas. No es ingenua, sino atenta y reflexiva, y de esa misma reflexión surgió esa suave fortaleza que hoy la va guiando.  

Creyó, en un primer momento, que estas laderas, rocosas y verticales, que rodean el camino, torcerían su ánimo y su rigor. En cambio, al ver en ellas el reflejo brillante de la inmensidad de la mar, supo que debía seguir por el camino de la luz más blanca.

No es desierto lo que la acompaña, sino austera vegetación antigua, paisaje de viejas historias ni tan siquiera recordadas. Ella mira hacia adelante, así que tampoco se ha fijado en que allá arriba, de una grieta imposible de las alturas, se alza un gigante coronado de un verde seco.

El árbol que de allí creció lleva años en la inclemencia, enfrentando lluvias y rocíos, vientos y tormentas. Rosa ha pasado por debajo, conduciendo lentamente. No puede ni quiere ir más rápido. A gusto consigo misma, tardará aún un buen rato en llegar al mirador desde donde se va a sorprender ante esta maravilla de la naturaleza.

De momento aspira el hondo aroma que entremezcla efluvios de lentiscos y sal marina, pero al fijarse en ese árbol sublime, se da cuenta de que la envuelve una brisa mejor, que la sosiega y la refuerza. Y es en ese preciso instante, cuando observa las montañas y se asoma al infinito, que ella misma quiere ser ese pino enraizado sobre la dura roca.

Por eso se imagina, en un día de tempestad, muy por encima de las gigantescas  olas, cuando el acantilado parezca resquebrajarse, diciendo a voz en grito, más alto que las nubes: “¡Arriba, alma fuerte!”.

Y así un extraño eco supera el bravo tumulto que enfrenta cielo y tierra, como una canción tranquila, compuesta de puro aire y de luz pura, que navega sobre el lejano vendaval.