Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Estallar los significados y los días*

 

La escritura es la emulsión de lo no iluminado, rastro que deja en el papel o en la pantalla lo que teniendo existencia no aparece hasta que lo escribimos. La escritura es lo otro, nunca un resto de las cosas sino de lo que no está.

Belén Gopegui*

 

Otra cosa: les digo que no pretendo algún objetivo útil, o preconcebido. No escribo "para", escribo poemas cuando siento necesidad y así conversar fraternalmente con algún caminante que pasa.

Verlas venir. Y sí, a las palabras que siguen las vi venir desde el fondo de nosotros.

 

Jorge Leonidas Escudero

 

 

Cuenta la novelista Belén Gopegui, cuya mirada sobre el mundo nunca ceja en intentar explicarlo, que en una manifestación llamó su atención el grito de un conocido: NO EXISTIMOS, megáfono en mano. Esta generosidad, a la que podríamos sumar el doloroso convencimiento de hacer suya la primera persona del plural, que la autora adjetiva como sagrada,  recoge las múltiples formas de no existir (paro, desahucios, exilios…), no descarta la de querer estar para poder ser, pero nos pone en otro lugar que podríamos desarrollar en un doble cauce que se bifurca para de nuevo darse la mano.

Lo que nos está ocurriendo, mejor decir lo que nos está haciendo, es una agresión a casi todos nosotros: conozco a alguien que cuando le preguntan desde la preocupación, una cierta alarma o la conmiseración cómo se encuentra después de llevar varios años expulsado del trabajo, suele responder que su problema es el nuestro, el de todos nosotros: de quien guarda receloso su trabajo en precario (sueldos congelados cuando no duramente cercenados), pensiones misérrimas, seres humanos sin ningún tipo de ayudas públicas para subsistir, jóvenes sin futuro y también sin presente. Hambre y frío entre aquellos expulsados fuera y dentro de sus casas, dentro y fuera de ¿nuestras? fronteras. Y mientras tanto, el crecimiento macro ese al que se agarran, titila como una bombilla a punto de apagarse.

El otro, es la certeza de que la singularidad de la primera persona tiene que ser también la de la primera persona del plural; de otro modo será difícil que nuestras vidas puedan seguir caminando.

Para aprender a mirar de otro modo, desde otro ángulo, haciendo de nuestras las miradas las de los otros, utilizando instrumentos culturales no uniformizados:

Nuestra forma de mirar y conocer sigue siendo ‘colonial’, dice Noelia Pena; y en arte, literatura o pensamiento la homogeneidad es un acto de obediencia, de consentimiento, y por tanto un refuerzo de interpretación y mirada hegemónicas,  añade.

Pena también habla de desplazar la mirada, mirar desde ‘el afuera’.

Pero ¿cómo llevarlo a la práctica?

Experimentar a tientas

hasta que el intruso consiga

orientarme en terreno desconocido, ponga

el pie en estar más cerca.

 

Garrar un reflejo de después ya,

de lo que aún no aparece, infiltrarse

en el saber misterioso.

 

 

Lo sé, algunos o quizá muchos sabemos que la cultura no nos salva de nada. Pero es que no queremos que nos salven, queremos poder vivir, construir nuestras propias cartografías, huyendo de esas las luminarias culturales que nos ciegan en vez de ejercitarnos en la percepción afinada de las cosas:

 

Ver por impulso de ver, por voluntad extrema

estirar los ojos en el vacío hacia

la imagen invocada, esperarla

infinitamente ya ya ya, verla

surgir de pronto parpadear futuro ser

vertiginosidad ajenidad y gozo. Uno

ser el origen de la respuesta, hacer

el no hacer.

 

Escribe, invitándonos a modificar nuestra mirada, Jorge Leónidas Escudero.

Como también lo hacían aquellas otras que estaban entre nosotros hace ya tiempo, aunque ciertos sombreros culturales nos las tapaban.

Hablo de las Mallo, León, y Zambrano, de las Chacel, Champourcín, Mendez y de la Torre,  que en compañía de muchas otras que vienen junto a nosotros, hacia nosotras, encaramándose a las vallas, abatiendo alambradas físicas y mentales, atravesando mares donde de un lado están el cansancio, y el peso de la corriente que nos prefiere islas sin archipiélago, que traicionan nuestra piel y ahogan sus palabras, que cubren de barro, frío y polvo sus voces silentes.

Su silencio obligado representa, quiero pensar que para muchos, a esas otras palabras radicales (hay que recuperar los significados), jóvenes (¿faltas de experiencia cuando vemos cómo actúan muchos en nombre de ellas?), con diferentes acentos (aunque intentan que suenen todas iguales), que vienen o están ¿lejos? (¿respecto a qué lugar?) que las queremos a nuestro lado.

En estos días, que sabemos todavía largos, las tenemos con nosotros, en Compañía, y recorremos con ellas esas Calles solidarias, a vueltas con el arte, [donde] fluye una corriente, una línea de alta tensión que hace estallar los significados y los días.

NOTA

Con agradecimiento a Cecilia Bajour por ofrecernos la voz de Jorge Leonidas Escudero junto a la suya; a Noelia Pena por darnos a beber de su agua; a Tània Balló y Cía, por recordarnos que ellas ya estaban con nosotros, ocultas, quizá por no querer llevar sombrero; a Belén Gopegui  por invitarnos, siempre, a sus luminosos comités de la noche.

 

Las dos primeras imágenes pertenecen a la cuenta Twitter de Irene Buzarewicz; la tercera y última, a la publicación de Las Sinsombrero.

 

 

Rafael Muñoz