Sábado, 16 de diciembre de 2017

Quiero ser monja

El fin no justifica los medios. Por muy bueno que sea este fin. Vamos, que para conseguir vocaciones a la vida religiosa no se puede utilizar el medio que sea. No todo vale. Dicho lo cual tomo aire, releo y digo: Pero si el medio es la televisión y el formato está cuidado haciendo un buen uso de los lenguajes audiovisuales y respetando el contenido que se emite, entonces, el medio pasa a ser un fin en sí mismo. ¿Que qué me digo? Pues que el reality show este de las cinco chavalas –premio al director de casting por elegir personalidades extremas que funcionan en la pantalla- que viven una experiencia durante un mes y medio en varios conventos de diferentes congregaciones para discernir su vocación, pues que busca convertirse en un fin en sí mismo. O sea, que lo que quieren los que han puesto en marcha el reality en cuestión es tener mucha audiencia para ganar mucho dinerito. Que en eso consisten los productos audiovisuales. Es legítimo y, si se hace con respeto, es un servicio al público.

Creo que el tratamiento que hacen de la cosa vocacional es tan respetuoso, tan normalizado y tan sincero que, me temo, la audiencia les dará la espalda. Y es que las hermanas granadinas que protagonizaron la primera entrega fueron muy ellas. Una comunidad como cualquiera de las que me ha tocado visitar en esos pueblos de Dios a lo largo y ancho del planeta. Pero el público no está acostumbrado a ver gente auténtica, gente que dice la verdad, que no busca la fama, ni el dinero, ni el poder. Que viven de un modo tan sencillo y que, para colmo, son felices rezando y haciendo felices a los demás. Me da que empiezan cambiándoles de día y hora y que acaban en un canal de esos temáticos que nadie visita porque hay que pulsar dos dígitos en el mando. O lo que es peor, poniendo en manos del responsable del cásting de las aspirantes la elección de comunidades histriónicas e histéricas. Que las hay.

El programa en cuestión se titula “Quiero ser monja” y lo emite Cuatro los domingos a las 22:30 –al menos mientras los datos de audiencia no vayan a peor, que es lo que me temo-. Me topé con él en su primera emisión y, como ya había oído algo sobre el asunto cuando lo estaban grabando y por aquello de que yo también me dedico a la cosa de la tele religiosa, ya digo, por esos pueblos de Dios, pues me obligué a verlo. Me temía lo peor. Y sin embargo, ver y escuchar a esas religiosas maduras –en especial a la maestra de novicias- hablando con tanta paz y serenidad. Con los pies en el suelo. Sabiendo que están en un reality show para la televisión. Conscientes de que el medio es el fin y de que la vocación, como muy bien apuntaron unas y otras, es un don de Dios. Una llamada. De modo que, aunque el fin no justifica los medios, cuando el fin no es buscar vocaciones sino mostrar lo que uno es sin temor, la cosa puede que funcione. Porque no sólo entre pucheros anda el Señor, que también dentro de la tele hay espacio para que se hable y se vea a los que han entregado su vida por Él. Y no sólo en la programación religiosa de La 2, que Dios está en todas partes, hasta en el prime time de una televisión tantos años empeñada en dar la espalda a la trascendencia, en ocultar el sentido religioso, en caricaturizar todo lo que tuviera que ver con la Iglesia. De modo que demos gracias a Cuatro. Y también a los que han hecho posible este proyecto que, visto lo visto, han dejado actuar en ellos –aunque sea sin quererlo- al mismo Dios.