Sábado, 16 de diciembre de 2017

Los gozos y las sombras

              Un célebre psicoanalista francés acuñó, entre otros crípticos términos, uno en extremo jugoso para los tiempos que corren: la jouissance.  Equivalente en español a “gozo”, que no “goce”. La primera acepción se refiere a la inmensa satisfacción que experimentan algunos seres humanos por la posesión sin mesura y en exclusiva del objeto de su deseo. En tanto, la segunda acepción limita su alcance al placer sexual. En resumen, el “goce” es un caso particular del “gozo”. O, en otras palabras: no hay “gozo” sin “goce” y, en cambio, puede haber “goce” sin “gozo”. El “gozo” es, en todos los sentidos, la leche. A saber, “gozo” es, por ejemplo, ser muy rico, escritor, candidato a la presidencia peruana, miembro de la Real Academia española, doctor honoris causa por decenas de universidades, premio Nobel de literatura, astro social refulgente e incluso, a sus ochenta años, garañón potente. Otro ejemplo de inmenso “gozo”: haber sido rey, guardemos las formas respecto al vigente, de unas decenas de reyezuelos y de numerosísimos súbditos (resignados). Serlo por designación de las “más altas instancias” y refrendado por aquellos que debíamos elegir entre un sí o un sí. Por cierto, en el caso que nos ocupa el “goce” del susodicho ha sido más que notable. Más “gozos”. Ser ministro de economía, vicepresidente del gobierno del PP, presidente del FMI, presidente de Caja Madrid y presidente de Bankia. ¿Qué más se puede desear en esta tierra? Basta, podría seguir y seguir enumerando hombres y mujeres afortunados quines, en esta España cañí, “gozan” sin parar. Atrás dejo los cursos de formación, las oenegés fraudulentas, aeropuertos, autopistas, palacios de congresos, trajes, tarjetas negras, el “caloret”, los “te quiero” y los “ánimos”, los “Vd. no sabe quién soy yo”, los que “nunca recuerdan” y a todos los “pito catalán” que, sin cesar, nos han hecho tanta y tanta “gozosa” gentecilla. No obstante, ningún objeto del deseo (poder, fama y riqueza) puede ser poseído por el ser humano sin compartir. De ahí que las sombras se terminen cerniendo sin remedio sobre las existencias de aquellos y su “gozo” devenga hibris. Desmesura, impulso irracional y desequilibrio es la hibris. Un proverbio griego, quizás atribuido a Eurípides, decía: “aquél a quienes los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”. Tal locura, para el derecho de ese sabio país, residía en la violencia ciega y ebria, que los poderosos ejercían (y siguen ejerciendo) sobre los débiles.