Miércoles, 13 de diciembre de 2017

El día que comí con Mario Conde

8/abril/viernes

 

     Temprano, que madrugar despierta los sentidos, subo en el Alvia camino de Madrid.  Con Violeta. A las 7.15 horas. Puntual  llega el tren veloz, como casi siempre. Aprovecho ya de mañana para leer la nueva novela de Augusto Viñales. Mucho nivel, lenguaje supremo, envolvente, sin artificios. “Los espejos enfrentados” es una obra que con sólo leer diez páginas descubro que busca la posteridad.

    Ahora necesito tiempo, que lo voy a tener, para avanzar en la lectura. Por delante me esperan siete horas hasta Cartagena, más otras siete de vuelta. El texto me exige concentración porque cada palabra encierra un mensaje; huye del efectismo, de lo huero, del estilo best-seller, tan corriente en la mayoría de escritores actuales. El moderno lector, en su mayoría, exige hoy lectura rápida, con dosis de violencia y mucho sexo. Ahí se centra el interés general, lo que han entendido, y asumido, muy bien los editores. Excepto algunos pocos. La verdad literaria tiene pocos seguidores.

    Augusto Viñales se resiste a la impostura,  es otra cosa. Hasta el punto    que consigue darle una vuelta de tuerca más al histórico realismo mágico de García Márquez, Álvaro Mutis y otros escritores sudamericanos. Lo consigue con una historia que parece sencilla pero que encierra un gran tratado filosófico. El dominio del lenguaje es sublime, con una mirada profunda a los hechos y la historia que cuenta. Todo a través de un análisis sicológico minucioso de los  personajes,  permanente sentido crítico y grandes dosis de humor, cáustico a veces, además de una percepción de la condición humana nada común.

  

    En Madrid cambiamos de tren. Después de cinco años de obras sigue sin conectarse el Norte con el Sur y el AVE es una entelequia. En Madrid siempre hay que perder un tiempo precioso entre estaciones: Chamartín y Atocha. La crisis económica ha sido la causante del retraso de una obra imprescindible, además de falta de voluntad política, primero del Gobierno Zapatero y después del de Rajoy.

    Abandonamos la capital de las Españas y nos adentramos en Castilla-La Mancha, esa planicie inmensa, rebosante de viñedos, muchos nuevos, plantados en espaldera. La modernidad obliga. Veo muchos viejos caserones en medio del campo arroñados, derruidos,  a semejanza de los pueblos de adobe de Castilla y León. Una ley debería ocuparse de este tipo de ruinas que lo único que hacen es dar una imagen patética a nuestros visitantes.

   Ya en tierras de la Región de Murcia, tras dejar atrás Albacete y Hellín, vuelvo a descubrir un paisaje que me es familiar, del tiempo que como periodista de TVE en esa Comunidad elaboré numerosos reportajes. Corrían los años 1982-83 y 84. Ese paisaje es de montañas de mediana altura, redondas, pelonas, un tanto desérticas, aunque ahora se notan las repoblaciones. En medio, entre esas montañas, valles riquísimos, verdes, llenos de   frutales, como los melocotoneros de Cieza. Pequeñas torrenteras, numerosas, surcan y cruzan las tierras cuidadas con tanto esmero y laboriosidad que parecen tableros de ajedrez.

    Viñedos y chumberas se mezclan con pequeños centros industriales y mares de plástico que encierran todo tipo de verduras que encontrarán los mercados de Europa. El riego por goteo, en todas las fincas, da idea de la sofisticación de la agricultura y horticultura de la zona. Es una tierra donde escasea la lluvia, que se suple con el trasvase Tajo-Segura, una obra hidráulica de enorme envergadura que se ha ido haciendo desde mediados del siglo pasado. Por eso aquí el agua es sagrada, almacenándose, con sumo cuidado a las filtraciones, en infinidad de pequeñas balsas para su posterior distribución por las tierras de cultivo. Pinos jóvenes y placas solares completan un paisaje de grandes contrastes.

   En Murcia hacemos una parada obligatoria. Después de vivir en esa ciudad dos años queríamos recorrer viejos rincones. La catedral, las calles Trapería y Platería, la Gran Vía, Alfonso X El Sabio y la Avenida de la Libertad. Aquí estaba ubicado el centro de TVE, donde trabajé con el entusiasmo de los 29 años. Ahora descubrí que era un centro médico. Presentaba el “Telemurcia”, el informativo regional, y siempre tendré grabado el primer día. Tenía tantos nervios que empecé a hablar, cuando me dieron la orden de entrada, sin el micrófono puesto, que entonces era de solapa. Me había  sentado encima de él. Un desastre. Nunca más me volvió a pasar, claro. También tengo grabada en mi cabeza la sintonía del programa, que era del gran compositor murciano Narciso Yepes.

    Descubrí una Murcia con graves cicatrices por la crisis. Con muchas tiendas del centro cerradas y edificios en abandono. Abundaban los  turistas que pululaban por  sus calles, en busca del sol benefactor y la foto para el recuerdo. Murcia tiene un rico patrimonio, de traza árabe y barroca, sus dos señas de identidad más claras. Los árabes en la huerta murciana encontraron el paraíso y su huella aquí es inmensa. Todmir, llamaron a Murcia. Respecto al barroco destaca la figura de Francisco Salcillo, un escultor que da vida a buena parte de la extraordinaria Semana Santa murciana. La fachada principal de la catedral se considera como una obra cumbre del barroco español.

   Iglesias, palacios y conventos por todo el casco antiguo, plazas llenas de árboles centenarios y avenidas de corte moderno completan el trazado de una ciudad rodeada por una huerta ahíta de limoneros, surcada de caminos y veredas, pequeños canales de riego y rebosante de todo tipo de vegetación. Desde un alto, en el magma central de la terrosa Sierra de Carrascoy, mira atenta la Virgen de la Fuensanta, de quien son tan devotos los murcianos.

    Decidimos comer en el histórico restaurante “El rincón de Pepe”. Gran decepción. Nada que ver con aquella casa donde la comida era rica, abundante y de temporada, regentada por un hombre icono de la casa, Raimundo González. Regular comida y pésimo servicio. ¡Qué daño hacen los chef de medio pelo a la cocina española tradicional! Se salvó el vino de Jumilla, elegante, fino y sabor original, mezcla de la uva monastrell con toques de resina emanados de los  pinos que se levantan al lado de las cepas. Esta denominación de origen, y la de Yecla, elaboran ahora unos vinos de primera calidad, al nivel que exigen los tiempos. Nada que ver con el Jumilla que bebí en mi primera cena en Murcia, en el restaurante El Churra, la noche del 20 de junio de 1982. Entonces era vino en jarra, de unos dieciséis grados y de una astringencia exagerada.

    Dejamos Murcia con sensación agridulce, lamentando que tal vez sea cierto aquello de que “segundas partes nunca fueron buenas”.

     Un tren regional, como si fuera una vieja diligencia, nos trasladó a Cartagena. Hotel junto al puerto. Cartagena, al paso lento del taxi, nos pareció una gran ciudad, especialmente por la magnitud y belleza de sus edificios. La recordaba más oscura, negra, por la contaminación química.

    Pero las cosas han cambiado; han abandonado la minería de la cercana zona de La Unión, que llegó a tener una explotación superior a las 120 minas, y se han entregado al turismo. Un enorme crucero se encontraba  atracado en la zona portuaria. Un buque holandés de doce pisos. Un gigante de los muchos que surcan la mar. 2000 personas dispuestas a pasear tranquilamente por esta ciudad acogedora. En Cartagena todos los barcos se encuentran con el puerto natural mejor de todo el Mediterráneo.

    Al ver de nuevo, 32 años después, esta ensenada y esta agua, volví a recordar la vez que en 1983 navegué con “El Dédalo mar adentro”. Este fue el título del programa que hice para TVE y que se emitió en un formato que se llamaba “De aquí para allá”. El reportaje fue la consecuencia de una información muy especial: la primera visita que hizo Felipe González a la Armada. Su victoria el 28 de octubre de 1982 le llevó a un poder que supuso un cambio clave en la historia de España. Se culminó así el proceso de la Transición. Ahora era un partido de la izquierda, moderada eso sí, el que mandaba.

   El Ejército, o buena parte de sus miembros, tuvieron que hacer de tripas corazón, y dejar de añorar a Franco. Mucho más aún que lo que ya habían hecho con Adolfo Suárez. Felipe González  era un animal político, de verbo cálido, fácil y engatusador. Y sus 202 diputados un aval irrefutable.

    El Dédalo era el buque insignia de la Armada Española, herencia de Estados Unidos, que le había puesto por nombre Cabot. El barco participó en el teatro del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial y sufrió  el impacto de un kamikace japonés en 1944. Pero sobrevivió, aunque después fue pasado a la reserva. Era un portahelicópteros y España, canina, pero con aires de grandeza, lo recuperó hasta reconvertirlo en un portaaviones. Para ello hizo algunas reformas y los aviones debían despegar en diagonal para ganar algunos metros de pista. A ese invento lo denominaron “cruzado mágico”. Sin duda, una muestra más del ingenio español.

    Felipe González llegó en helicóptero. La marinería, expectante y marcial, con todos los mandos al frente, le estaban esperando para rendirle los honores de ordenanza. Después varios aviones Harrier, de despegue vertical, hicieron una exhibición espectacular.

    Yo estaba allí, era el periodista de TVE encargado de cubrir la información para el Telediario. Nunca las había visto más gordas. Llevaba varias horas en el buque haciendo un reportaje general de la vida dentro, incluso dormí la noche previa en uno de sus camarotes, pero la información para el Telediario era otra cosa, encerraba mucha responsabilidad. Podría decir que aquel día me bauticé en TVE. Había hecho otras informaciones importantes en RNE de Barcelona, pero ninguna como aquella. Fue de tal relieve que me trasladaron a mi solo desde el Dédalo hasta Cartagena con la cinta de la grabación. Y lo hicieron en un helicóptero Sea King, rey del mar, capaz de transportar a 50 soldados. Volé sobre el mar, a poca altura, con el estómago encogido ante la inmensidad de abajo, y con la sensación de agobio que me estaba suponiendo aquella experiencia irrepetible.

   Ya en Cartagena un taxi me trasladó al Centro Territorial de Murcia. Llegué con el tiempo justo, sin apenas poder montar las imágenes. El texto lo hice en directo, e improvisado, en el Telediario. Una locura, una necedad, algo que nunca más volví a hacer. No porque quedara mal la información, que quedó regular al menos, sino porque eso no debe hacerse. Podía haber dicho cualquier torpeza en una información delicada, sensible. Y en aquel entonces los Telediarios tenían cuotas de pantalla descomunales al no tener competencia.

    Pero me pudo la actualidad; no era igual emitir la información en el primer Telediario, a las 3 de la tarde, que en la segunda edición, a las 9 de la noche. La inexperiencia es atrevida. Y temeraria. Cuando terminé de hacer la información, y la adrenalina me abandonó, yo mismo me preguntaba qué había hecho. Ya era tarde. Lo había hecho. Y aún sobreviví 20  años en TVE, cinco de ellos en Madrid, en los Servicios Centrales, en los Telediarios. Desde allí pude comprobar que lo mío del Dédalo fue propio de un kamikace zamorano.

 

    9/abril/sábado

 

    Violeta, que cumplía años, asistió a la Asamblea Nacional de la FAPE, donde los periodistas de España debatieron sobre la situación de un oficio en horas bajas, en situación confusa y con perspectivas negras. Hubo tensión, pasión y crítica, como era de esperar. Y es que los periodistas no tenemos el concepto de gremio de otros sectores. Aquí nada es intocable, o poco, porque los intereses son muchos, tantos como empresas e ideologías. Todos llevamos un tertuliano dentro.

    Con Violeta estuvo, como fiel compañera, Marta Salvador, periodista entusiasta y de gran vocación, que sigue creyendo en la bondad de este oficio en el que yo soy muy escéptico, tal vez por los años y los desengaños acumulados con la experiencia. Violeta también es adicta al positivismo, y trabaja por un mundo mejor desde las causas comunes. Enhorabuena a ambas, tan creyentes, que de ellas es el reino del periodismo.

    Mientras tanto, a los acompañantes nos enseñaron el rico patrimonio cartagenero. Conmigo estuvo todo el tiempo Antón Valencia, ávido de conocer y disfrutar unos días de asueto, el mismo interés que el mío, siempre pegado eso sí, a la mojama, a los michirones cartageneros y a la manzanilla de San Lúcar. Y es que en la vida tiene que haber de todo. La sociedad periodística no debe esperar nada de mi.

   Un guía de los de verdad, en conocimiento y entusiasmo por lo propio, nos descubrió el modernismo sorprendente de la ciudad, sobre todo el de su Calle Mayor, una auténtica joya creada entre finales del XIX y principios del XX. Casas hechas por los ricos  de la zona, millonarios de entonces, que se forraban de dinero explotando minas llenas de riqueza en las que trabajaban, en condiciones infrahumanas niños y mayores. Personas cuya vida no pasaba de los cuarenta años Contrataban a los mejores arquitectos, algunos catalanes, como Víctor Beltrí, ilustrado y gran conocedor del modernismo de Barcelona, en cuyas fuentes universitarias había bebido.

   Esos riquísimos señores,“ nuevos feudales modernos y modernistas” fueron crueles, pero al menos dejaron algo para la posteridad: sus casas, cada cual más lujosa. Querían demostrar a los demás millonarios quién era más potentado, quien la tenía más grande, la casa digo. Eran ricos y querían que se viera. Muy diferente a lo de hoy, en que los ricos se esconden en chalets vigilados por empresas de seguridad y cámaras tipo “gran hermano de Orwell”. Se parapetan tras el anonimato, son  huidizos y no les interesa dejar ninguna muestra artística para regocijo y admiración de las futuras generaciones. Los tiempos cambian que es una barbaridad.

   Cartagena tiene 3000 años de historia; la del modernismo es sólo una pequeña muestra. Antes ya hubo pueblos que  descubrieron aquí la riqueza, sus minas de plata, de hierro y de otros minerales, además de la pesca y las fábricas de salazones. Por eso, en cualquier lugar que se excave de Cartagena salen vestigios del pasado. Los romanos fueron los que más tiempo estuvieron aquí asentados. La llamaron Cartago Nova. Pero antes llegaron los cartagineses, que duraron 20 años. Precisamente, uno de los últimos descubrimientos arqueológicos ha sido una pequeña parte de la muralla púnica. Los cartagineses descubrieron las condiciones de la zona y la llamaron Qart-Hadast, el Puerto de Iberia.

    Roma tuvo que enviar a conquistar esta plaza a su general de más prestigio, Escipión El Africano, de probada capacidad militar. Este logró doblegar a los máximos enemigos de Roma, los mismos que al mando de Aníbal habían cruzado Los Alpes con una legión de elefantes y amenazaba la propia existencia romana. Los cartagineses, a pesar de que habían construido una muralla que parecía inexpugnable, fueron derrotados, acabándose allí su historia.

    Los romanos después hicieron grandes obras, siendo la más sobresaliente el anfiteatro, lo que ahora enseñan en Cartagena con todo el orgullo. Las obras, de todas formas, siguen porque las catas realizadas demuestran lo mucho que queda por descubrir.

    Los cartageneros sienten también especial orgullo por su paisano Isaac Peral, el inventor del submarino que lleva su nombre, y que actualmente está instalado en el museo naval de la ciudad. Este hombre es un de los muchos genios que ha dado esta tierra. Y a los cartageneros les encanta recordarlo. Sienten y aman su tierra, como debe ser. Por eso la han reconvertido para bien.

   De Cartagena, y de sus alrededores, siempre recuerdo Cabo de Palos, donde en mi época de vida en la zona me dedicaba a hacer pesca submarina, pulmón libre. Y a comer “arroz al caldero”. Esta vez no pude probarlo. Por eso volveré. Por eso y por  escuchar de nuevo en el fondo de una mina, como la de “Agrupa Vicenta”, un cante del mejor flamenco.    

      

11/abril/lunes

 

  Veo a Mario Conde en la tele, en todos los programas. Ha sido detenido. La Guardia Civil registra su casa porque han descubierto que “ha repatriado” dinero que tenía en Suiza, Reino Unido, Luxemburgo y otros paraísos fiscales. Se le acusa de ocho delitos, entre ellos alzamiento de bienes y blanqueo de capitales. Nada menos que 13 millones de euros. En su día el Tribunal Supremo le sentenció porque no aparecían 26 millones de euros de Banesto, el banco del que fue presidente. Por aquello fue a la cárcel, pasando entre rejas más de una década.  

     Ahora ya se ha empezado a saber donde fueron a parar aquellos millones de euros perdidos que nunca restituyó a pesar de el mandato de la sentencia judicial. También han sido detenidos sus dos hijos y su yerno.

   Tengo que contar una peripecia personal con Mario Conde. Un buen día recibí una llamada al teléfono móvil:

.-“Dígame”

.-“¿Aniano Gago?”

.-“El mismo”

.-“Yo soy Mario Conde”

    Me quedé unos segundos en silencio y le contesté:

.-“Y yo Amancio Amaro Varela, exjugador del Real Madrid”.

    La persona volvió a decirme algo y me di cuenta que debía ser cierto, que era la voz de Mario Conde.

     .-“Ah, bien, dígame”.

     .-“Te llamo porque una persona de toda mi confianza me ha dicho que tu sabes mucho de  televisión.”

     .-“Bueno…la persona que te ha dicho eso será amigo mío, porque de televisión no entiende nadie”.

     .-“Me gustaría verme contigo y hablar de televisión”.

     .-“Bien, de acuerdo, por mi que no quede, pero no creo que pueda aportarte mucho”.    

     Se lo comenté al jefe de la empresa donde trabajaba yo entonces y me dijo que ¿a qué iba a ir a Madrid a hablar con Mario Conde?, que estaba de capa caída, que era perder el tiempo. Le dije que podría tener razón, pero que Mario Conde era un personaje con el que cualquier periodista le gustaría hablar, que me apetecía, que lo que me dijera bien sabría yo administrarlo.

   Mario Conde estaba entonces incurso en el caso “Argentia Trust”, un asunto primo del  “caso Banesto”. Entonces eran muchas las voces que le recriminaban su gestión como presidente de banco, pero ni había ido a la cárcel ni tenía ninguna sentencia definitiva de nada.

      El caso “Argentia Trust” era clave. Me lo confirmó después en la comida que mantuve con el propio Mario Conde. Fui a Madrid, a su despacho, y desde allí me invitó a comer en un restaurante de Las Rozas. Fue en todo momento una persona muy amable y educada. Nada que objetar. Me llevó en un gran Mercedes, conducido por su chófer, desde la calle Gobelas hasta el restaurante.

   ¿Cuál era el motivo y qué pretendía de mí? Sencillamente quería montar una cadena de televisiones locales para influir socialmente y, digo yo,  para que los jueces que le tenían que juzgar  fueran condescendientes, o que le trataran bien, en el “caso Argentia Trust”.

     .-“Si me condenan en este caso- me dijo - va a suponer la antesala del “caso Banesto”. Y no es lo mismo llegar al juicio de Banesto con una condena previa que limpio. Si me condenan en el “caso Argentia Trust” lo tendré muy difícil en el “caso Banesto”, todo se agravará.”

     Mario Conde estaba publicando una revista que se llamaba “MC”, sus iniciales. Una publicación muy bien elaborada y llena de artículos y reportajes próximos a su interés político. También de una megalomanía exacerbada. Entonces se había afiliado al CDS, el partido de Suárez, entonces en almoneda, y buscaba desesperadamente ser elegido diputado, supongo que como una barrera legal a sus problemas con la Justicia.

       .- ¿Crees – me preguntó – que puedo ser elegido diputado?

       .-“No, es más, creo que es imposible, por mucho dinero que gastes en medios de comunicación y por más que montes una cadena de televisión local. Debes recordar que Adolfo Suárez, siendo quien era, el artífice de la Transición y hombre con muchas querencias, cuando se presentó a las elecciones con el CDS sólo consiguió un escaño para él y otro para Agustín Rodríguez Sahagún. Sólo dos, y siendo quién era. Tu no eres Suárez y encima llegas precedido de problemas judiciales graves y más de un odio político, especialmente de la derecha de Aznar.

      Mario Conde me miró desconcertado.

     .-“Lo conseguiré” – dijo tajante.

     .-“Creo que te puede la necesidad y confundes los deseos con la realidad; no eres ni medianamente objetivo. Mira: si tienes que acudir a una persona como yo, que no soy nadie, para que te dé algunas opiniones y te sitúe en el mundo de la televisión local es que estás perdido.” La televisión local tiene su aquel, pero está muy lejos de tener la influencia que tu le supones. Y además una cadena de televisiones locales no se hace de un día para otro ni alcanza audiencias importantes de forma inmediata.”

      Mario Conde se mostró aún más desconcertado. Y eso que era difícil en hombre muy preparado, de imagen firme y apuesta, elegante incluso, a pesar de la gomina. Había ganado en su día las oposiciones como Abogado del Estado con un supernúmero uno, y se notaba. Su curriculum, y su supuesta cartera, eran sus grandes elementos de presentación. Pero desde su destitución de la presidencia de Banesto, y los posteriores rotos económicos, le tenían contra la pared.

    Regresé con él hasta su despacho, donde había dejado mi coche. Aproveché entonces para decirle que yo tenía unas acciones en Banesto y que con su gestión había perdido prácticamente todo lo invertido. Me dijo:

      .-“Pues imagínate lo que he perdido yo”.

      .- Sí, pero tu eras responsable y yo no. Y además yo tenía unos pequeños ahorros y los he perdido y tu sigues teniendo mucho dinero.” (Según las informaciones posteriores y sentencias firmes parte de mis acciones debieron terminar en Suiza o las Islas Vírgenes a su nombre…)  

       Nos despedimos de forma cordial. Su personalidad, cautivadora, no la había pedido. De regreso a Valladolid fui pensando cómo era posible que gente de tanto nivel, con tanto dinero, y con todo a su favor, incluida una cabeza privilegiada, pudiera estar tan perdido y desorientado.

       El fallo del Tribunal Supremo del “caso Argentia Trust” sentenció: “debemos condenar y condenamos a D. Mario Conde Conde como autor de un delito de apropiación indebida a la pena de cuatro años y seis meses de prisión y de multa de diez meses con una cuota de 50.000 pesetas día y  a la accesoria de inhabilitación especial para las funciones de administración en entidades financieras durante el tiempo de la duración de la pena, condenándole asimismo a que indemnice a Banesto en la cantidad de 600 millones de pesetas y el abono de las costas causadas en la instancia.”

    O sea: Mario Conde quedó “desprotegido” ante el futuro del “caso Banesto”, lo que le acabó de hundir. Diez años cumplió entre rejas.

    Ahora, a su desgracia, ha unido las de sus hijos. Y eso ya es mucho más grave. La ambición desmedida de poder que siempre tuvo le llevó a hacer cosas increíbles contra todos los códigos políticos, económicos, empresariales y éticos. Y así le luce ahora el pelo engominado. 

          

    14/abril/jueves

        

     Tenía previsto hoy partir con mis amigos de la Peña Cañizo a hacer cuatro etapas del Camino de Santiago. Pero no ha podido ser. A uno de los componentes, Javier Montaña, imprescindible compañero peregrino, le ha surgido un imponderable. Lo dejamos para mejor momento. Las previsiones meteorológicas anunciaban lluvias intensas todos los días en Galicia. Tal vez el Señor Santiago nos ha protegido, no quería vernos con chubasqueros, empapados y llenos de barro. Javier Aguirre, otro peñista, que disfruta con la desgracia de sus hermanos, o sea, nosotros, lamenta no vernos hechos unos zorros. Maligno, no lo verán tus ojos.  

 

    El Ministro de Industria en funciones, José Manuel Soria, se tambalea en el Gobierno. Informaciones de todos los medios dicen que tiene las horas contadas por los “papeles de Panamá”. El ha hecho declaraciones diciendo que no tiene nada que ver con ese turbio asunto. Pero en las fotocopias de los papeles aparece hasta su firma. Estos papeles no dejan de sorprender. También días atrás engrosó la lista Bertín Osborne. El cantante y presentador ha dicho que lo suyo fue legal porque vivía en Miami y que cuando regresó a España lo legalizó todo.

     Razones y justificaciones aparte, todo me huele a podrido. Aunque lo que peor me ha sentado es saber que José María Aznar tenga una empresa pantalla, Famaztella, para meter ahí todos sus dineros, muchos emanados de conferencias, libros, asesoramientos y cosas varias, es decir, las puertas giratorias, esas que el ciudadano detesta y que tanto le han servido políticamente a Podemos al denunciarlas. Digo con frecuencia que a Podemos lo ha creado en parte el PP; casos como este no hacen más que confirmármelo. Aznar en su empresa factura cuatro veces más que como presidente del Gobierno.

    Aznar, para entendernos, tributa como las pymes, al 25%, y no como a través de nómina que, en su caso, podría estar en torno al 50%. Le ha dicho al Ministro de Hacienda, el que fuera su profesor de Economía particular, Cristóbal Montoro, que no puede entender cómo le hacen esto los suyos. Y Montoro, que ha estado muy bien, le ha contestado diciéndole que lo que no entiende él es que esto lo hagan los suyos.

   En televisión emiten una declaraciones de hace algunos años de Aznar en las que decía que los que sostenían el país eran las personas con nómina, que no pueden emplear sistemas de evasión, como pasa con tanta y tanta gente. Y lo decía con esa cara de seria, con la que cree que da más rimbombancia a sus grandes ideas.

    Pues ya vemos lo que hacía el susodicho. Y encima, por si fuera poco el haber sido  presidente del Gobierno, y por tanto obligado a dar ejemplo, es inspector de Hacienda. Vamos, que no sé si a él le dará vergüenza, pero a mi me daría. Porque esto no es cuestión de que sea legal, que no lo es: es que en su persona es una falta de ética al cubo. ¡País!