Domingo, 17 de diciembre de 2017

Divorciados en la Iglesia

No puede pasar desapercibido el documento papal que se ha conocido recientemente en el que se trata de la situación de los divorciados en la Iglesia católica. A algunos puede parecerles un tema menor, pero hay muchos católicos divorciados –no algunos, ¡muchos!- que con la disciplina vigente quedan excluidos de la recepción de la comunión. El papa Francisco, fiel a su cristianismo de frontera, parece querer afrontar la situación de muchas de estas personas que sufren al considerarse marginadas en su Iglesia.

Pongamos las cosas en su sitio. Las cifras que en los últimos años estamos conociendo del número de divorcios, demuestran que la estabilidad matrimonial está en clara crisis y que, de alguna forma, se acepta la provisionalidad como estado normal de quienes contraen matrimonio. Es previsible el divorcio. Muchos de estos matrimonios rotos son canónicos, es decir, contraídos ante la Iglesia. Y recordemos que el matrimonio canónico es indisoluble, frente al matrimonio civil que es disoluble. De hecho, nuestra legislación permite en la actualidad no pasar por el estado previo de separación y abordar directamente, sin causa, con enorme rapidez y facilidad, el divorcio, el llamado en el argot popular  “divorcio express”. Pero no es así en el matrimonio de católicos celebrado en  su Iglesia.

Desde luego, no hay ningún problema para divorciarse aunque te hayas casado por la Iglesia: el matrimonio se disuelve civilmente…pero canónicamente sigue vivo.  Es decir, quien optó por el matrimonio católico pero no cree o le trae al pairo la cuestión, no tiene ningún problema. El problema es para quien creyendo y practicando su fe, el divorcio previo y el subsiguiente matrimonio civil, le abocan a una situación de irregularidad como cristiano, pues el primer matrimonio sigue siendo válido para su Iglesia.

Puede ser un drama de conciencia. Lo es de hecho para muchas personas. Ir a misa y no poder comulgar. Esta es la cuestión a la que el papa Francisco se ha enfrentado con delicadeza y decisión a la par. Le aplaudo su valentía. Por ejemplo, no está nada mal, como lo hace, recordar que los divorciados no están excomulgados en la Iglesia, ni tampoco exigir que se les atienda con misericordia y comprensión, que no se sientan marginados o excluidos. Debería ser lo normal, pero a veces no lo ha sido, y Francisco lo recuerda. Como que quienes acudan al sacramento de la reconciliación, vamos, a confesarse, no se sientan interrogados por  un sabueso  ni recriminados, sino todo lo contrario: acogidos y animados.

Y por último, cosa que ha motivado el escándalo en las huestes más conservadoras, la posibilidad en ciertos casos de poder comulgar si el confesor así  lo estima conveniente. Lo dice en letra pequeña, en una nota de la exhortación, pero lo dice. No supone esto  la supresión de la indisolubilidad del matrimonio religioso, en modo alguno, sino afrontar pastoralmente ciertas situaciones personales que lo justificarían. Como el propio papa Francisco ha dicho, comulgar no es para los perfectos y fuertes, sino para los frágiles y contradictorios fieles de a pie. Es como si recordara aquella frase de Jesús de Nazaret: no he venido a salvar a los justos sino a los pecadores.

Bien por este papa, una vez más: humano, cercano, misericordioso. Pero tampoco estaría mal meterle mano a las nulidades matrimoniales y facilitar su concesión, que podría resolver la mayoría de los casos de conciencia de los que hablamos. No levantando la mano indiscriminadamente o mirando para otro lado, desde luego que no. Simplemente constatando que gran parte de los matrimonios que hoy se contraen, también ante la Iglesia, denotan una manifiesta inmadurez personal o una ignorancia supina de lo que se exige para que un matrimonio religioso sea válido. Este toro hay que cogerlo por los cuernos y gran parte del problema se resolvería. Y entre tanto,  misericordia quiero y no legisladores y jueces inmisericordes y ajenos a las angustias de estas personas. Francisco acaba de dar un gran paso.

Marta FERREIRA