Sábado, 16 de diciembre de 2017

Como altas ventanas

Y de inmediato,
 más que en palabras, pienso en ventanas altas:
 el cristal en donde cabe el sol y, más allá,
 el hondo aire azul, que nada muestra,
  y no está en ninguna parte, y es interminable.

Ventanas altas, 1974
Philip Larkin

 

Estoy pensando de quién es un artículo que he leído recientemente, sobre el poder de las palabras y de las imágenes.
 
Últimamente mi memoria  me trata como criado mal pagado; me desatiende, me demora  sus cuidados o simplemente se me ausenta de parranda.  Sobre todo la memoria  próxima, la de las cosas que aún están tiernas en el calendario, porque olvido datos de ayer mismo y, sin embargo, me es nítido un suceso flaco de hace 30 años.  
 
O eso creo, pues la fabulación acaso sólo sea la más benévola forma del olvido.
 
En ese artículo, el olvidado autor decía que a él no le parecía cierta la frase: “Una imagen vale más que mil palabras”. Creo que lo decía porque era un literato, y así se entiende su opinión a las  primeras, porque otra cosa sería de ser fotógrafo, o pintor, vamos: aventuro yo.
 
Y yo defiendo también que cuando se ve la imagen de una ventana , esa ventana en su singuralidad vemos,ciertamente, pero aunque mil ojos  la vieran, los murmullos de su cabeza le contarían a cada cual una ventana distinta: la del desván de la abuela, la del hospital mientras esperaba su primer hijo, la del hotel donde pernocta solitario, la de la mañana al despertar en casa de un nuevo amor, la angosta o grande de su lugar de trabajo, la del tanatorio del otro día...
 
Y es que cada cual mira el paisaje que quiere por  los ventanales de su mente.
 
Yo en mi modesta afición de escribidor y fotografiador , me propongo exprimir a cada imagen el jugo de sus palabras, así que ando por el medio de esta cuestión.
 
La foto que hoy traigo está tomada en un barrio de mi ciudad: La Vega. Es la fachada de un garaje sin más pretensiones que la de albergar vehículos. Y esto es lo debía pensar  un vecino  que me vio haciéndola. A este hombre lo conocía: habíamos trabajado en la misma empresa, y entretenía él su reciente prejubilación con paseos matutinos, para que el cuerpo se vaya haciendo al exceso de ociosidad.  
 
El hombre se extrañaba  de que yo anduviera haciendo una foto a esa fachada insulsa que lleva viendo 30 años, y además, como le indiqué, por arte, no por cuestión catastral ni de ningún manejo de ventas.  Yo le hablé de las curiosas ventanitas que tenía en lo alto,acaso del cielo azul,o de lo otro,  ya no me acuerdo. Y él me decía que bueno, que si yo lo veía así, pues que estupendo.
 
Y  yo me esforcé en  sacarle su cosa a esta foto, la imprimí en mi mejor papel, lo busqué por el barrio y se la entregué. ¿Qué dijo al verla? Miraba la imagen entre sus manos primero ,y luego la fachada del garaje que teníamos enfrente, y después a vueltas con remirar la foto, hasta que me dijo: “Oye, que no tengo palabras”.
 
Va a ser verdad que tienen razón los de las imágenes y las mil palabras.
 
Claro que si yo le hubiera leído el inicio del poema “Ventanas altas” del poeta  británico Philip Larkin, yo no sé qué palabras me hubiese dicho:
 
Cuando veo una parejita e imagino /que él se la folla y ella toma / píldoras o usa un diafragma, / sé que es ese el paraíso /…Y de inmediato, más que en palabras, pienso en ventanas altas...”
 
Y tampoco puedo saber del aluvión de imágenes que le hubiesen  llegado después de escuchar los versos.
 
Nota: Philip Larkin está considerado uno de los mejores poetas en lengua inglesa del siglo XX. Fue gran amante y experto en jazz, y llegó a ser el “Poeta laureado” británico, cargo oficial y remunerado entre cuyos cometidos está el de hacer  loas  a la Reina por sus aniversarios. Pero rechazó tal honor, tal vez no le gustaban los ojivales ventanales de Palacio.