Martes, 12 de diciembre de 2017

  Inocente buenismo

El de un locutor de radio entrevistando a un español residente en Irak. Preguntaba sobre la vida y el trabajo cotidiano allí y la reciente noticia de un atentado suicida en un acto deportivo en una de sus ciudades, a cincuenta kilómetros de Bagdad, y su trágica consecuencia de treinta muertos detrás. El español entrevistado afirmaba que un acto así formaba parte de una situación asumida y ya enquistada en un país en guerra. Se podía vivir con el riesgo, aunque causase dolor y miedo. El locutor se lamentaba que aquí en occidente no se diera la misma importancia en nuestros medios a un acto terrorista allí, que a uno aquí, como el de Bruselas. Luego se atrevió a preguntar a su entrevistado sobre la repercusión allí del acto de aquí: casi nula, fue su lacónica respuesta. Y se extrañó mucho nuestro inocente locutor.

      Eso de sentir por todos y cada uno de los muertos del mundo, es un sentimiento demasiado diluido. Muy occidental y educado. Algo muy complejo y de almas demasiado buenas e inocentes. Uno siente lo propio como propio y lo ajeno como ajeno. No hay un sentimiento universalizado ni tan ideal. Por eso un muerto a la puerta de tu casa (o, lo peor, dentro de ella) es un muerto que asusta y al que se llora. Y el muerto del barrio más lejano, pues parece afectar menos. Es pura lógica existencial.

       Según ese criterio de anoche en la radio, propongo que cuando alguien vaya a un tanatorio para despedirse de un muerto propio o cercano se vaya pasando por las salas contiguas llorando uno a uno y dando pésames a los familiares de los otros muertos (a fin de cuentas compañeros de jornada de nuestro muerto). Eso sería un acto de hermandad y sentimiento universalizado en el dolor. Y a lo mejor alguien lo termina haciendo.