Viernes, 15 de diciembre de 2017

El músico a través de los tiempos

Ser músico, a pesar de lo que aún muchos piensan, es una profesión tan válida como cualquier otra. Y para que quede un poco más claro, hoy quiero hablar de la figura del músico a través de la historia y de la visión que se ha tenido, durante la existencia del hombre, de los que nos dedicamos al estudio de ésta fabulosa ciencia.

El término música, como ya he explicado en alguna que otra ocasión, es de origen griego. Originalmente no se cerraba exclusivamente a la figura de quien tocaba algún instrumento musical, sino que se utilizaba para todo aquel que desempeñaba algún tipo de actividad artística como el teatro, la danza y la poesía recitada.

Algunos  filósofos como Platón y Aristóteles plantearon numerosos pensamientos en torno a la importancia de la música como medio para despertar emociones y como parte muy importante de la educación del ser, siendo Pitágoras quien estableció la relación que existe entre la música y las matemáticas, valiéndose de las proporciones.

Boecio, influyó en gran medida en el pensamiento filosófico medieval. Pensador del último periodo romano y representante del neoplatonismo, fue el autor de “de institutione musica”, un tratado que recogía los caracteres primordiales de la armonía griega y en el que divide la música en tres géneros distintos: música mundana, música humana y música instrumental. Esta última queda condenada al afirmar que producir música carece da valor, volviendo a plantear las ideas de Platón y de Aristóteles que venían a poner en superioridad la figura del músico teórico frente al músico práctico. Trabajo intelectual frente a trabajo manual.

Estas afirmaciones llegaron a calar entre las gentes de la Edad Media, ya que siempre se vio la práctica de la música como algo propio de las clases más bajas de la sociedad. (Hay que recordar que cualquier tipo de trabajo que tuviera que ver con las actividades manuales era algo de lo que huía la aristocracia, prácticamente lo mismo que pasa a día de hoy).

En el período que va desde la caída del Imperio Romano hasta los siglos XIV-XV, la música tenía dos vertientes: la música religiosa y la música profana. La primera tenía como objetivo divulgar la palabra de Dios, sin embargo, la música profana, entretener sin más. Esta era la que fue difundida gracias al trabajo de los juglares y tovadores.

Fue el Papa Gregorio Magno (540 d.C.- 604 d.C.) quien creó las scholae cantorum para educar a los monjes en la transmisión oral de la liturgia mediante el canto, y de este modo introdujo la práctica musical entre los saberes, conjugando así teoría y práctica.

Los juglares eran músicos, cantantes, comediantes y especialistas en espectáculos varios en general, cuya tradición se remonta a la Roma clásica y pagana. Esta gente de vida errante no estaba bien vista por la Iglesia pero sí por el resto de la sociedad, ya que deleitaban a señores y a vasallos que no sabía leer y por lo tanto no tenía otra manera de acceder a los relatos y narraciones de la literatura épica. Además de sus historias, llevaban de acá para allá instrumentos musicales que estaban prohibidos por la Iglesia, por estar asociados a prácticas paganas.

Los trovadores eran nobles con inquietudes musicales que creaban piezas pero que no las tocaban (o al menos en público), para eso estaban los ministriles.

En los últimos años de la Edad Media nace la figura del compositor como lo conocemos hoy, compositores que firman orgullosos sus obras y viven de su producción.

Durante el Renacimiento (S. XV-XVI) los compositores comienzan a tener un flagrante éxito, como siempre unos más que otros, pero lo importante es que en algunos lugares, como por ejemplo Italia, florecen una serie de cortes donde se comienza a otorgar una gran importancia a las artes.

Es ahora cuando nace la figura del compositor musical entendido como creador de obras de arte de cierto peso para su tiempo y para la posteridad, creándose en el siglo XVI los conservatorios como lugar donde enseñar música y formar, tal vez, a futuros talentos.

Durante el Barroco (1600 -1750), la música fue utilizada por las casas del poder como símbolo de prestigio, pero la condición social del músico va a depender en gran medida de para quién trabaje. Algunos compositores adquieren fama, fortuna y favores de la realeza (como Lully), otros son simplemente sirvientes a las órdenes de algún aristócrata, y la gran mayoría sobreviven como pueden.

Con la llegada del Clasicismo, las orquestas profesionales, como la de Mannheim, toman mucha importancia al poseer sus músicos un nivel técnico nunca visto hasta el momento.

El caso de Beethoven, es especialmente interesante para la época, ya que se convierte en el primer compositor que deja de ser un artesano asalariado, para convertirse en artista por cuenta propia, preocupándose de todos los detalles de su producción, para poder vender las copias de sus composiciones por toda Europa.

Es ya en el Romanticismo (S. XIX), cuando las tendencias mercantiles se asientan, los teatros públicos comienzan a ser los lugares donde la música culta se desarrolla. El músico tiene clientes, ya no es un sirviente, sino que su música está a merced de todo aquel que quiera pagar por ella.

Durante el S. XX llega la industrialización masiva de la cultura. La industria discográfica transforma completamente el panorama musical conocido hasta entonces y la evolución de las nuevas tecnologías hace a cualquier músico visible para al resto del mundo, aunque es un arma de doble filo, ya que al haber tantas personas promocionándose a la vez, es difícil poner los límites de la excelencia.

A fin de cuentas, hoy como en anteriores etapas de la historia, los músicos estamos a merced de las modas, de las salas de conciertos, etc. y seguimos buscando que se valore nuestra profesión ya no como meros fabricantes de entretenimiento, ni siquiera como divulgadores de la cultura, sino como un colectivo de creadores de los momentos musicales que os acompañan casi todos los instantes de vuestra vida.