Viernes, 15 de diciembre de 2017

El horario español

Ahora se desayuna Mariano Rajoy con que hay que cambiar el huso horario vigente en España. Lo suyo, más que una decisión meditada, parece la última ocurrencia electoral con la que atraer a unos ciudadanos hastiados de frecuentar inútilmente las urnas.

Claro que el horario de los españoles es una costosa y molesta anomalía. Pero lo viene siendo desde hace 76 años, cuando lo decretó Francisco Franco para alinearnos más con la Alemania de Hitler que no con el meridiano de Greenwich, como hasta entonces.

Con los horarios actuales españoles, nuestros compatriotas no se levantan después que los extranjeros, pero sí que se acuestan más tarde, con lo que el resultado es que dormimos menos que los foráneos. Un ejemplo muy sencillo: los partidos de las competiciones europeas de fútbol se disputan a las 20:45, después de que hayan cenado los aficionados de todos los países, pero antes de que lo hayamos hecho nosotros. Así que después de los partidos los extranjeros se van a la cama y nosotros a la mesa.

Con nuestro huso horario trasnochado, trabajamos más horas que los demás (aunque con menos eficacia), hacemos menos vida familiar que ellos, obligamos a las teles a emitir sus programas estelares pasadas las 10 de la noche, acabamos de comer cuando los extranjeros empiezan ya a cenar, dilatamos las sobremesas, hacemos un alto para el almuerzo a media mañana para poder aguantar el ritmo y nos acostamos hechos polvo (o empezamos la juerga pasada la medianoche).

Un desastre, mírese por donde se mire.

Las iniciativas para remediarlo no son de hoy y menos de Mariano Rajoy. Hace treinta y tantos años conocí a Ignacio Buqueras, quien ya entonces abogaba sin éxito por racionalizar los horarios españoles y que a las 6 de la tarde pudiésemos estar en casa con nuestro cónyuge y nuestros hijos o irnos de juerga, si fuera menester. Por esa enorme dilación social en el arreglo del problema, espero que gane quien gane las elecciones se instauren por fin unos horarios racionales y no quede todo en la típica promesa electoral que, como tantas otras, se las lleva el viento una vez pasado el fragor temporal de los comicios.