Miércoles, 13 de diciembre de 2017

José Luis Puerto presenta su nueva publicación ‘La casa del alma’

El autor estuvo acompañado en este acto por el poeta Antonio Colinas y registró una gran afluencia de público

Acompañado por Antonio Colinas, el escritor, poeta y etnógrafo José Luis Puerto (La Alberca, 1953) presentó este lunes en la Sala de la Palabra del Teatro Liceo su libro de prosas de creación ‘La casa del alma’. El acto, que comenzó a las 20 horas, fue seguido por una gran cantidad de público interesado en la palabra de Puerto. En esta obra, a partir de una poética de la memoria, se entremezclan los registros de lo reflexivo, lo narrativo y lo poético..., procedentes de ese fulgor que contiene la vida y que tantas veces nos pasa desapercibido.

En ‘La casa del alma’ se configura toda una cartografía de la vida del espíritu, así como de un modo de estar en el mundo, a través de los hilos de la memoria, de una cierta ensoñación, del acercamiento a la realidad y a los otros, al mundo del arte, a la naturaleza y al transcurrir del tiempo. “Participa la obra, al tiempo, de lo narrativo, de lo poético y de lo meditativo, para iluminar lo que se escapa, los territorios del adentro y del afuera, las melodías, rumores y silencios del mundo”, señala la nota editorial.

“Estamos ante un libro para cambiar la vida; pues una vez que se accede al espacio de delicia de la memoria del escritor, va a ser un revulsivo para crear el espacio de delicia propio de quien lo lea…”, apunta el autor de esta reseña.

Por ELOY RUBIO CARRO
astorgaredaccion.com

Un libro, una casa, un yo dividido en tres secciones, con habitaciones varias en cada una; pero antes un zócalo, una invocación y una ofrenda a la femineidad protectora gravida de palabras encantadas, ‘preservatrices’ de un modo de vida que viene siendo atacado por ‘el mal del mundo’. En este texto del principio como en muchos otros a lo largo del libro se procura mostrar aquello que se dice: “Cántara, campanas, casa del alma” y como final del libro o de la vida, la ‘Salida’.

Tramas de la memoria es el nombre de la casa y se organiza en tres habitáculos: ‘Hallazgos’, ‘Reductos’ y ‘Vendas y gasas’.

‘Hallazgos’ es la primera morada, reino de la ausencia y receptáculo de los ausentes. Pronto se manifiesta esta estancia como un lugar contra la muerte. Ahí se encuentran los sujetos cuyo vivir tenía un halo de ausencia y aquellos otros que llegaron de manera sobrevenida. Sensibilidad herida del tiempo que puede dar en la maravilla que hace la realidad al deseo. En ocasiones la fascinación por un suceso, algo que se oyó de pasada y quedó clavado ahí en el instante, renace a cobrar su ausencia. Por todas partes la ausencia y su recomposición (el ángel que da cuerda al reloj, los informantes ya muertos, los hijos perdidos en un accidente que retornarían a cada quiebra de lo natural). El escritor se duele del tiempo, quisiera subsanarlo, curarlo del desangre, volverlo al ser intemporal.

Nada se pierde a una memoria atenta quisiera decirse en este escrito. Lo mismo que la sucesión de los soles ha quedado a resguardo en el alma del carbón y se contemplan sin dificultad en los ‘Flysch’ de los acantilados de Zumaya, así la biografía sentimental de José Luis Puerto se lee al unísono de los seres acogidos en esta casa de palabras que es ya una urbe de palabras.

Presencias/ausencias de una época antigua que se acercan codificadas en el tam-tam de la madera, unas formas de vida en tiempos menos oscuros, lentitudinarias; mensajeras de quien se afana en lo profundo del bosque. La ausencia se propaga al mundo animal también en vías de desaparición. Era parte de nuestro mundo y ahora nos es extraño. Nos desasosiega su distancia actual.

La añoranza es una protección aunque sea en salvaguarda de sanatorio para esos seres y para sus formas de decir y hacer. También esta añoranza se abre hacia el misterio donde los ojos que hay que abrir son los del no saber; una especie de mística para una interioridad de escucha.

A mí se me antoja que ‘Mañana de San Juan’ (rito) es un buen epítome para estas primeras moradas: Dialogar tan de mañana con los árboles del jardín en el día de San Juan, “en silencio con el laurel, con el olivo, con el acebo, con el espino y con el sauco, sus árboles del jardín, cada uno ocupando su lugar y creando entre todos un espacio de delicia”. Entonces los títulos de las narraciones de este libro se enmarañan en una trama que imagina un espacio así; delicado, delicioso, fantástico, apaciguador, de vuelta al jardín de la infancia, como si no hubiéramos sido expulsados y permaneciéramos allí, árboles de Corot, Rothko, ventanas, claraboya  de acceso…pero, una vez visto ese espacio de delicia de la memoria del escritor, este libro es un elemento principal, un índice para crear el espacio de delicia propio de quien lo lea…

1 puerto página

Una de las páginas del libro.

‘Reductos‘ es la segunda ventriloquía, la morada íntima de los caseros. Hay lugares que son lugares de memoria, pero que precisan de testigos avezados e hipersensibles para activarse. La memoria no es nuestra; Esos lugares conforman el alma del mundo y entregan su secreto a un alma despierta en su tránsito entre dos nieblas. (El alzheimer de esta memoria es la muerte del mundo). Esos lugares son siempre los lugares sagrados; “un tiempo casi anterior al tiempo, pues una eternidad lo habita siempre y lo mantiene a salvo”, y retrotraer la vivencia en este estado es volver al tiempo que no es. Es por esta segunda mirada por la que el tiempo acaece.

Y aunque a esa memoria del alma del mundo no se le escapa nada, si ha ganado en conciencia, en interpretación con acuidad de los sentidos. Una expresión propia, un signo propio ni siquiera de Alfranca, poco menos que de la familia: “la madre de los aires” se regala a la conciencia de quien lea y de ahí al mundo y entonces tiemblan las ramas del cerezo que llegaban a la sala y la brisa del río movía las cortinas y la memoria ya es nuestra y es inolvidable.

Diríamos que en esta casa con tres habitáculos de acogida, nos enseñan ahora la zona de intimidad de los caseros; se nos muestra como cosa de admiración el ‘conventino’ del nacimiento del niño en la navidad (como un alma del alma del mundo, una casa en la casa de la gran casa que es el mundo).

Las palabras, lo declara aquí aunque lo venga haciendo en toda esta parte del libro, “sirven de reducto del ánimo, las que nos llevan por el camino de ese territorio más allá de la realidad mezquina” y nos convocan a una estancia mítica en la infancia o lo que viene a ser lo mismo a ese lugar sin tiempo del aquí y el ahora; no hay pasado sino el pasado en el ahora, no hay futuro si no el del ahora. La palabra poética es lindo naranjel, no hay ‘palabra poética’ hay ‘lindo naranjel’; no hay lindo naranjel hay lindo naranjel.

Se da una apertura a la metadicción en la casa del metaespacio, con un movimiento expresivo sístmico coronado por lo poético: “si una naranja me dieras, para la sed de este niño”…

Como una jaculatoria o una oración, las palabras dan ese paso, modulan la realidad, la orientan en el sentido del deseo. Un lindo naranjel salva pues satisface la sed y el hambre y también como palabra hermosa satisface y alienta la estancia en el mundo, da forma al alma del mundo.

Poesía de la sensación que remueve la metáfora desde las amarras del recuerdo, donde radica la fragancia del paraíso (Edén de vuelta); cuyo contrapunto es la precariedad, “el despojamiento necesario para alcanzar cualquier verdad y sentir de ese modo la dignidad de vivir en la tierra”. En ‘Saucos’ las flores ya florecen en las líneas del verso y luego en la imaginación y ahí, en pos de la lentitud, entrenándose en ella, crecen de realidad.

En ‘Rumores antiguos’ y en ‘Fuente nueva’ se produce una rehumanización de las cosas, al adquirir estas memoria, impregnadas de todo lo pasado, recurriendo a la ya mentada ventriloquía del receptor que activará lo intemporal que aguardaba ahí, agazapado como una garrapata a la espera de su paso. Parece darse una traslación de la voluntad humana a las cosas. Pues la voluntad también aquí va detrás de las cosas. El otro aspecto es el del sujeto que se concibe como un hilván perpetuo, como un mosaico de rumores, bramidos, cencerros, los silbos del abuelo, lo que aún perdura y va más allá de las devastaciones de la muerte.

‘Vendas y gasas’ es el nombre de la tercera morada de la casa, las habitaciones de la casa convertidas en sanatorio para reponer los estropicios que la vida ha ido causando. En los textos de este ala de la casa sentimos el peculiar uso del lenguaje por parte de algunos de los personajes. ¿Cómo hacer cosas con palabras? se titulaba un exitoso libro de Austin. El lenguaje es un artefacto que sirve para muchas cosas. El abracadabra del Chamán, el balbucir del curandero, el oráculo poético pretenden descarrilar al mundo de su ley, recordarle al mundo que ha de obedecer. Se concibe el lenguaje como un espejo, como una copia del mundo y se cree que la intervención en el espejo va a cambiar el mundo. Es el mundo entonces un espejo del espejo. Las sílabas de ‘El elocuente’ que “llama a la radio de madrugada” con “sus sílabas imantadas de luz” trazan un espacio que nos contiene a todos. También la queja del padre que “pronuncia el nombre femenino que en la vida le ha tocado en suerte”: – Dolores, Dolores, clama y manifiesta, resumen de una vida. O la ofrenda de ‘el sigiloso’ “que teje los hilos invisibles de esos pequeños relatos, de esos pequeños acontecimientos que nos envuelven, para darle sentido a lo que somos”.

Vendas y gasas y apósitos para todo aquello que requiere protección y que a su vez nos protege. Depositarios de lo que se deposita, de lo que se sedimenta en el fondo, pero que el último cambio civilizatorio ya ha terminado de arrasar y que se mantiene ya solo como representación fuera del espejo o como divertimento turístico.

Otros personajes, otras vidas afloran de estos detritus, también requieren del cuidado, de la sanación de la herida en que subsisten en una servidumbre no reconocida. Son los poceros de la sociedad, de las labores ingratas no reconocidas. ¿Por qué ellos? Quien se hiciera esa pregunta ya los ha reconocido y ya quisiera recomponer aquel espejo, intervenir en él.

Hay una estancia de salvación en esta parte hospitalaria de la casa que resguarda la memoria más íntima y querida del escritor, en la que está el abuelo con el dolor y la asfixia de su asma. “Y todo el abuelo es ya aire, vive en el aire. Vive en la luz. Vive en el reino de lo blanco. Vive en la casa del alma. Abuelo, no se apure”.

Personajes que tienen su lápida, como recuerdo de su paso por la tierra, en esta parte de la casa. Se percibe claramente que la casa es el libro, tienen su nombre inscrito como recuerdo en estas páginas, es el caso de Daniel, el enamorado solitario, prófugo de su pueblo a causa del amor, del que tal vez solo quedará esta mención en el poema. Tan solo un recuerdo de un recuerdo, el nombre de un nombre. Lo mismo sucede con Román Cachuco, pastor de Alfranca del que “nunca has oído después de su muerte, pronunciar su nombre a nadie”.
Se repite la constante respuesta a la pregunta de ¿Quién soy yo? No es cosa aquí de registrarse los bolsillos desiertos… El yo es más que un imitador de voces, es todas esas voces y algo más, una resultante del bullir de la casa de palabras.

La vida, la vida de verdad es un itinerario hasta habitar el centro de la palabra, el centro de los afectos en esa casa del alma, en ese conventino del alma. Esa casa de palabras, casa del ser es también casa del silencio, donde todo lo posible (y lo imposible) pueda hablarse.

El escritor José Luis Puerto. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

El escritor José Luis Puerto. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

Alejandro López