Martes, 12 de diciembre de 2017

CONVERSACIONES: BUSCA TU VOZ

    Te levantas temprano, muy temprano, das un beso a tus hijos y dejas preparados los desayunos de todos para salir rápido a coger el autobús que te acerca a la oficina, la obra, … al trabajo.                Pasas la mañana sin tiempo para pensar en nada que no sea hacer tu labor y al finalizar, despacio, con la cabeza baja, en el trayecto hasta tu casa, amonado con el traqueteo del autobús, repasas los gastos, las obligaciones, las necesidades de ese niño, etc.                Te deja cerca de tu domicilio en el que entras, procurando una sonrisa a los chavales, un gesto a tu mujer y que no se note demasiado el sentimiento que te embarga. Comes a la carrera y de nuevo al tajo, en ese autobús de ida y vuelta en el que tienes, si no se te junta nadie, el único momento tuyo, de meditación y sentimiento en el que eres únicamente tú.

Finaliza el día y, al regresar, el sentimiento de fracaso, de angustia, de agotamiento deja una huella más en tu alma, - una cada día, cada mes, cada año- que acaban pesando como una losa.                 Con esa zozobra, con la desazón de que no llegas a final de mes, de que por más que trabajas no alcanzas tus necesidades, de que el jefe te chilla, el cliente te maltrata, el compañero te zahiere…. vuelves a poner la careta de felicidad y entras en casa, donde disfrutas de tus hijos, de tu mujer, del momento de paz.         Pero no, eso era lo que tú querías, lo que esperabas, pero tu mujer está enfadada, el niño llorando, la niña gritando y tú en medio recibiendo las embestidas de  unos y otros.         A la cama, todos a dormir, sin un cariño, sin un gesto de paz, sin una frase de sosiego, para derrumbarte agotado en la cama y no conciliar el sueño por esta, por aquella preocupación, que te aflige y que, finalmente, te abate en un sueño corto, muy corto, que se acaba con el atronador despertador para volver a la rueda de la vida.

En uno de estos lapsos, ante la televisión, observas cómo la política invade tu vida, sin entenderla, sin comprenderla, sin querer saber de ella, ves cómo unos roban, otros mienten, otros gritan, otros falsean y te venden que los recortes son necesarios, que hemos gastado más de lo que tenemos, que para salir de la crisis tenemos que ser austeros.                ¿Más? piensas y, de repente, sale uno agrediendo a los del otro equipo y diciendo que no se cumplan las leyes injustas, vendiendo Mesías periclitados o guerras de tus abuelos.                 Piensas un poco y te das cuenta que habrá que cambiar la Ley, desde la Ley, pues si no cumples las existentes estamos en el caos que tú no quieres para tus hijos.           ¡Joder! y si tenemos que ser más templados en nuestros gastos y cambiar las leyes, ¿quién impide que reduzcamos políticos, que limitemos sus gastos, que controlemos sus vidas?, en lugar de que sean ellos los que nos las controlen, y que nos dejen vivir, que nos ahorremos los 160.000 millones de euros que nos cuesta la fiesta de la autonomías que sólo les sirven a ellos y las apliquemos a cambiar el sistema, gastando donde necesitamos y no en lo que ellos quieren.

Revisas el arco parlamentario y no ves a nadie, absolutamente a nadie que te defienda, que busque exactamente eso que piensas y un día, charlando con un amigo te hace ver que hay una pandilla de locos, pequeñitos, trabajadores, que no se dedican profesionalmente a la política, que luchan por eso –VOX- y a los que no se les da voz.

¡Qué pena!, seguiremos trabajando para que nos roben, luchando para que ellos vivan sin trabajar, batallando para llegar a fin de mes y lleguen ellos a gastarse lo que, con el sudor de tu frente, has conseguido, mientras vemos cómo nuestros hijos heredan nuestra pobreza y, esos locos no acaban de despegar por mi falta de apoyo, porque ya no creo en nada, porque… nos les damos voz.