Jueves, 14 de diciembre de 2017

LA MIRADA EXTERNA El coste de no saber (o querer) ceder.

Ha terminado una semana crucial para la política y la historia de España. Millones de ciudadanos esperábamos con anhelo (quizás muchos con necesidad) el acuerdo para gobernar entre las tres formaciones políticas que, parecía, estaban en esa tarea. Pero ha finalizado la semana y las supuestas negociaciones, con el peor de los resultados: la incapacidad de ese acuerdo, que, a su vez,  ha puesto de manifiesto la incapacidad de negociar, de dialogar, de ceder, de pensar en el bien colectivo de España. El que ha tenido el papel importante en las negociaciones, el que parecía pretender un consenso entre un partido de derechas, uno de izquierda y él mismo, situado teóricamente en un centro-izquierda, el Sr. Sánchez, no ha sabido o podido o querido llegar a un acuerdo. A estas alturas el ciudadano medio se pregunta ¿qué pretendía el señor Sánchez, además de lograr que todo el mundo, todas las televisiones y medios de comunicación estuvieran pendientes de él durante semanas? ¿Cuál era su juego? ¿Mostrarnos su incapacidad de negociar, y, por tanto, de gobernar?

Meses de tiempo perdido, millones de euros gastados para repetir unas elecciones que darán similares resultados, dejarnos con la amarga sensación de que el pueblo español carga con un antiquísimo fardo que le incapacita para vivir democráticamente, no ya con las formas externas vaciadas, sino en una auténtica democracia. Millones de españoles habríamos estado contentos con un nuevo gobierno, una coalición de izquierdas, o de centro izquierda o de centro derecha; se necesitaba ese mínimo para seguir respirando y caminando. Algunos hemos pensado que no era imposible un acuerdo de tres diferentes partidos y modos de concebir el reparto de la riqueza y resolver los problemas nacionales.

Si matemática y geométricamente tres puntos situados en tres lugares distintos de un mismo plano pueden encontrar su punto común equidistante, ¿por qué no tres tipos de intereses o de visión del estado? Lo único que puede impedirlo, pensábamos, eran las ambiciones personales de poder, el odio, la agresividad o la estupidez de no darse cuenta de todo lo que nos jugamos, por parte  de alguno, de dos o de los tres negociadores. En estos poco claros intentos de acuerdo,  Pablo Iglesias ha dado una lección de ética, decidiendo no estar presente él, personalmente, en un hipotético futuro gobierno. Pero no ha servido de nada, no era ese el obstáculo para el acuerdo; a los ciudadanos de a pie nos llega difusamente la información de que el obstáculo era el derecho a decidir de los pueblos o estados de España, que Podemos defiende, sin perseguir este partido ninguna independencia.

Las fallidas negociaciones funcionan como un espejo que nos devuelven un rostro, el de todo el pueblo español, confuso, perdido, tenso, con la obsesiva pregunta de ¿qué nos pasa a nosotros, que no podemos encontrar nuestro camino, como lo han encontrado nuestros vecinos portugueses, italianos, franceses?

“Educación, educación, educación”, dice mi vecino. ¿Educación?, le pregunto. “Educación”, me responde.