Viernes, 15 de diciembre de 2017

Campo y ensueño

 

Hacía tiempo: muchos años, que yo no pasaba una tarde, pateando los campos de mi pueblo. Hacía tiempo que no escuchaba el canto alegre de la alondra ni el canto corto y ronco de la codorniz ni el grillar de los grillos. Hacía tiempo que no atrochaba el sembrado, ni teñía de verde las zapatillas. Hacía tiempo que no ladeaba la mies para descubrir el nido. Hacía tiempo que no respiraba el olor húmedo y penetrante de la alfombra verde, que se prolonga indefinida en el horizonte. Ya no se ven escardadores en la besana ni burros acariciando ballicos; ni yuntas abriendo surcos en el barbecho... Remiro y ya no encuentro collarbos tiernos para aderezar la ensalada; ni acederas para merendar con un rescaño de pan; ni espinosos cardillos, que la señora Rosa la Alfilerinas vendía por las casas, a plato el real, para acompañar los garbanzos. Dicen que se ven algunos en las laderas del abuelo Pilili, pero pocos se arriesgan a arrancarlos de raíz y a degustarlos por miedo a los herbicidas y venenos.

 

Sólo queda en el campo: verde y cielo; paz y silencio; aire limpio y transparente. Sigue ahí aún la amapola con sus flores rojas, típica habitante de baldíos, cunetas, terrenos incultos y, como mala hierba, salpicando de gotas de sangre los cultivos de cereal. Dicen que los griegos la consideraron la flor de Afrodita, y los romanos la asociaron con Ceres y, en otras culturas, se distinguió como símbolo de la gloria y de la muerte por el color y la fragilidad de sus pétalos. Precisamente, de éstos se extraía un pigmento rojo para dar color al vino, así como para teñir lanas, que se lavaban en el Margañán a banasta y a golpe de hachuelo; y, también, algunos alcaloides con efectos alucinógenos; por esto último, los antiguos relacionaban la amapola con el dios del Sueño, hijo de la noche y hermano gemelo de la muerte. Su morada estaba en una oscura cueva en el lejano oeste, donde nunca brillaba el sol y todas las cosas estaban sumidas en el silencio. Lete, el río del olvido, corría cerca de la cueva, y junto a él crecían amapolas y otras plantas de cualidades narcóticas. El dios Sueño tenía poder sobre dioses y mortales, y es representado, a menudo, como un joven durmiente que sostiene un tallo de amapola.

 

Y todas estas cosas iba yo recordando hasta llegar a la ladera del río, en lo alto de la Barranca, donde levanté un altar con piedras y ofrecí un sacrificio a la diosa Ceres: una mata de trigo, una planta de patata, que arranqué de una huerta, y una rama de manzano... Es honrado ser agradecido en aquella tarde de ensueño.