Lunes, 11 de diciembre de 2017

Establo

El Extremo Oriente sigue siendo una parte del mundo desconocida por estos lares, y menos todavía su exuberante cultura y su larga y compleja historia. Como es obvio, hay muchos orientes, pero el principal de todos lo constituye el Imperio del Centro, que es como desde hace siglos se ha llamado a China y no sólo por cuestiones geográficas, sino además por ser fuente de sólidas influencias históricas por la mayor parte de Asia.

Se acaba de publicar en Nueva York un libro singular que ilumina desde dentro uno de los episodios más desconocidos por nosotros de la China contemporánea. El autor, Ji Xianlin, era uno de los más prominentes indólogos del mundo, estudioso del sánscrito y del pali desde el primer tercio del siglo XX. Nació durante los estertores de la última de las muchas dinastías que han gobernado china, la Qing, y se hizo adulto en la etapa republicana. Estudió en Alemania y regresó a la Universidad Pekín para dirigir durante largos lustros su departamento de Lenguas Orientales.

El libro tiene forma de memorias de un episodio concreto de esta larga vida que marcó una inflexión brutal en la convivencia entre los chinos. Me refiero a la llamada Gran Revolución Cultural del Proletariado que incendió su mecha en 1966 y finalizó oficialmente diez años después. Después de la catástrofe del experimento económico, social y político del Gran Salto Adelante, por el que Mao emprendió la colectivización y la planificación centralizada a marchas forzadas, y que dio lugar a violencias y a hambrunas masivas, el Gran Líder quedó tocado y desplazado del centro del poder chino. La reacción del grupo de sus incondicionales fue extrema en busca de la puridad de las esencias comunistas con la persecución de los intelectuales y de muchos de los que habían ocupado el poder hasta ese momento. Ji fue uno de ellos, en la modesta medida de la dirección de un Departamento universitario y del estudio de civilizaciones milenarias.

Como años después ocurriría en Camboya, la Revolución Cultural pretendió una ruptura traumática con todo la sabiduría antigua, con el trabajo intelectual, sacralizando el trabajo manual de los millones de obreros y los campesinos. El mero hecho de ser profesor universitario era un indicio de contrarrevolución y de mentalidad capitalista, y les ponía en la diana de los odios de las masas jóvenes e incontroladas. El instrumento de Mao y de sus colaboradores fue la llamada Guardia Roja, formada por hordas de chicas y chicos coléricos, bastantes de ellos estudiantes que la emprendieron brutalmente con sus profesores, sus rectores, incluso sus padres y sus abuelos, con espeluznante sadismo.

Ji Xianlin fue acosado, vilipendiado, agredido y encerrado en lo que entonces se llamaban los establos -así es como se llama el libro: “El establo: Memorias de la Revolución Cultural China”-. Eran rudimentarias prisiones improvisadas donde fueron recluidos durante meses los millones de personas que tuvieron la desgracia de ser señalados como enemigos del pueblo (“enemigos de clase”). Muchos murieron, muchos fueron enviados a campos de trabajo -tenemos un intenso relato de todo ello en el “Libro de un hombre solo” de Gao Xinjiang-, todos fueron sometidos a vejaciones y a grave humillación. Ji estuvo a punto del suicidio. Todavía hoy éste es un dramático episodio sobre el que en China se cubre una espesa cortina de olvido. Pero, como dice de pasada el autor, las masas de criminales que protagonizaron toda esta locura creció, se instaló en puestos directivos de la política y de la economía y ahí están, algunos alimentando el olvido, y otros acallando su conciencia.

El libro de Ji Xianlin no es un pliego de cargos. De hecho tardó muchos años en escribirlo, tal vez porque antes debía cerrar del todo sus propias heridas físicas y morales, pero aun así, una vez escrito, tardó todavía más en publicarlo, solo en un momento de relajación del régimen político chino en 1998. Afirma el propio autor que muchos de los defectos de la China actual, la inanidad ética, la corrupción habitual y la amplia incompetencia tienen gran parte de su raíz en esos momentos de extremismo en los que se hizo real lo que Zimbardo denominó el “Efecto Lucifer”. O dicho de modo más pedestre: la inquientante transformación de personas aparentemente normales en brutales acosadores y torturadores, cuando son puestas en unas condiciones psicológicas determinadas.