Viernes, 15 de diciembre de 2017

Olivos y pardales

 ¿Y la naturaleza? Es uno de los patrimonios más devastados de nuestro planeta. Tal devastación no es de ahora. Viene ya de antiguo. Comenzó ya con el inicio del colonialismo europeo en todos los continentes, desde los inicios casi de la edad moderna. Y, con el tiempo, no ha hecho más que crecer.

            Primero fue la extracción de los metales preciosos, pero después vendrían las explotaciones de recursos madereros, de fuentes de energía y de todo tipo de recursos que hay a ras de tierra y en el subsuelo… La devastación es de tal magnitud, que hoy la opinión pública mundial siente que vivimos en un planeta amenazado, pese a que se haga poco por ello.

            Pero de tales devastaciones no se ha librado ni el mundo vegetal ni el animal. Cada día son más las especies de plantas, de árboles y de animales o que desaparecen o que están en peligro de extinción.

            En uno de los cientos de correos que recibo para firmar por distintos tipos de causas (la gran mayoría dignas de ser suscritas, es cierto), se hablaba de lo amenazados que están esos centenarios olivos que, primero, veíamos por la hermosa geografía española (las lomas andaluzas, los paisajes manchegos o aragoneses) e incluso en nuestra propia provincia (la Sierra de Francia, las Arribes), pero que después, hoy mismo, hemos comenzado a ver en rotondas y parques urbanos y hasta en urbanizaciones y en jardines particulares, en unos tipos de hábitat inadecuados para tal tipo de árbol.

            Los olivos centenarios, por un afán comercializador y extractor de beneficios, han ido siendo arrancados de cuajo y sin piedad, con una poderosa maquinaria, de sus territorios autóctonos, para trasladarlos a viveros y empresas de árboles y plantas que surten los jardines particulares de tantas urbanizaciones en los extrarradios de las ciudades.

            Es una plaga que, desde hace años, amenaza a este árbol mediterráneo tan emblemático y simbólico, que aparece tanto en la literatura clásica greco-latina, como en el Antiguo Testamento bíblico.

            También estos últimos días estamos escuchando que los pardales o gorriones, esos entrañables pájaros tan confiados y vecinos de nuestra especie humana, es una especie cuya población está disminuyendo día a día, hasta el punto de estar ya resintiéndose más allá de lo que fuera conveniente.

            ¿También los pardales? Recordamos, a la hora de evocar estos pajarillos tan familiares, que nos acompañan desde nuestra niñez, hasta hoy mismo, que también habitan las letras de las canciones, como aquella de Serrat en la que, al hablar de la mujer en la que se fija, nos dice: “y se mueve por instinto, / como un gorrión”.

            ¿Por qué se mueve la especie humana, que, desde el inicio de los tiempos modernos, ha ido esquilmando la tierra en la que habita, hasta el punto de haberla llevado, como hoy ocurre, hasta la amenaza de su supervivencia?

            ¿No tenemos nada que decir ni que hacer?