Martes, 12 de diciembre de 2017

Tolerancia, un valor imprescindible para la convivencia

En mis últimos artículos he escrito sobre algunos de los valores que considero necesarios para una convivencia aceptable. Por supuesto que el fallo en la convivencia no es de los valores, sino del enfoque que damos esos valores.

Hay valores tan incontestables como la cultura, la educación el amor… que no creo que a nadie se le ocurra decir que no son fundamentales para una buena convivencia. Otra cosa es cómo entendemos estos valores y cómo pensamos que deben ser llevados a la practicar, si es que practicamos alguno de ellos.

Si en una cultura, más o menos homogénea, como puede ser la occidental, tenemos serios problemas a la hora de ponernos de acuerdo en cómo interpretarlos y llevarlos a cabo, que no ocurrirá cuando pretendemos que esos valores adquieran categoría universal.

A pesar de ser consciente de esta dificultad, creo que si consiguiéramos que estos valores y otros más, llegaran a la inmensa mayoría de las personas, el mundo sería un poco mejor. Por lo tanto, aunque sólo sea para mejorar en esa pequeña proporción, creo que merece la pena insistir en ello.

Por eso, y porque soy un optimista moderado, es decir, mi cabeza vuela alto pero mis pies no dejan de tocar la tierra, es por lo que me animo hoy para escribir de otro valor que, para mí, tiene una gran importancia, la tolerancia.

Tal vez, podríamos considerar la tolerancia como la argamasa que une a todos los demás valores. El valor que hace de todos los demás una unidad, a la vez que respeta las particularidades y las diferencias a la hora de interpretarlos. Es decir, el valor que nos indica que debemos respetar al otro, independientemente de la forma como practique o interprete los valores. Por supuesto, observando la más elemental norma: el respeto al otro y a sus ideas.

El Diccionario de la Lengua Española define la tolerancia, en su segunda acepción, como: "Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias".

Si prescindimos de la tolerancia, la convivencia se hace muy difícil, por no decir imposible. Pero, ¿hay que ser tolerante siempre? Creo que sí y me explicaré. Primero hay que entender bien el concepto, por ello he querido empezar con la definición que el diccionario nos da de tolerancia. De este concepto resalto el término respeto. Hay que respetar siempre, pero no hay que consentir siempre.

Creo que esa es la clave para no caer en falsas tolerancias, tanto por exceso como por defecto.

A lo largo de la historia, y de una forma especial durante el siglo XIX, se ha debatido  sobre la bondad o maldad de la tolerancia. Tanto una postura como la otra tuvieron grandes defensores y detractores. Unos  mantenían que la falta de tolerancia es siempre dañina, porque impide un desarrollo libre del pensamiento y limita la libertad, lo que impide descubrir la verdad. Otros opinaban que tolerar todo, incluso los errores, favorecía la difusión de estos, lo que acarreaba graves problemas.

Estas dos tendencias, aún hoy siguen vigentes. Podemos encontrar en nuestra sociedad actual a muchas personas que opinan que tolerar es malo, pues, tolerar, según ellos, es lo mismo que admitir que el otro tiene razón y por lo tanto debemos acatar lo que dice. También hay quien opina, que tolerar es admitir todo, es conceder todo, es dejar hacer a cada cual lo que quiera. Hacen de tolerancia sinónimo de consentimiento.

Todos los extremos son peligrosos. Malo es ser intolerante, pero tampoco es bueno practicar una falsa tolerancia, en virtud de la cual cedamos, concedamos y consintamos todo. Creo que el verdadero sentido de la tolerancia es el respeto, es el dar al otro la oportunidad de que se exprese y respetar su idea, sin crearnos la obligación de acatarla. Nunca debemos mostrarnos sumisos ante nadie. Si en algo no estamos de acuerdo debemos rebatirlo con energía, no con violencia, con argumentos, con ideas, con la palabra, y si el otro también se muestra tolerante, entonces tendremos un diálogo, un intercambio de ideas, que siempre será provechoso para ambas partes.

Una vez aclarado, lo que considero debe ser la tolerancia, aún seguimos encontrando personas que no están dispuestas a ejercerla de ninguna de las maneras.

De las personas que practican la intolerancia a ultranza, me pregunto, si no será porque en el fondo tienen miedo a estar equivocados y no desean escuchar a nadie, no vaya a ser que les hagan ver el error en que viven.

No todos estamos dispuesto a admitir la menor duda sobre la veracidad de las ideas con las que llevamos viviendo tantos años. Ideas proporcionadas por el color del cristal con el que vemos la vida, y que nos la hace tan cómoda. Ideas hechas a medida para justificar nuestra actitud.

No siempre estamos dispuestos a que alguien nos meta la duda en el cuerpo, y con ello, tener que admitir la posibilidad de que a lo largo de tantos años hayamos vivido en un error.

Muchas veces preferimos vivir con una certeza falsa, pero cómoda, antes que con una incertidumbre que nos obligue a seguir buscando la Verdad. "La duda no es un estado demasiado agradable, pero la certeza es un estado ridículo"  (Voltaire).

Cambiar cuesta, más aún si ese cambio supone tener que admitir un nuevo concepto del otro. Admitir que si nos hemos equivocado una vez, podemos volver a equivocarnos. Es decir, nos meten la duda en el cuerpo. A partir de ese momento no podremos defender nuestras ideas con la arrogancia y la superioridad que hasta ese momento veníamos haciéndolo. Ahora tendremos que ser más humildes. Debemos pensar que los demás también tienen derecho a ser escuchados, a ser atendidos, incluso tendremos que admitir la posibilidad de que en alguna ocasión tengan razón. Y esto duele.

Poner en práctica esta filosofía no supone una pérdida de confianza en nosotros mismos, sino todo lo contrario.

Pensar y creer que todos debemos tener las mismas oportunidades, que todos tenemos derecho a ser respetados, a ser oídos y a manifestarnos con plena libertad, nos hará más fuertes, más libres y más seguros de nosotros mismos.

"Hay que respetar siempre, pero no hay que consentir siempre".