Domingo, 17 de diciembre de 2017

De bonhomía, sustantivos y adjetivos

En la consulta privada de un catedrático salmantino de Medicina Interna aprendí que un buen médico, para que pueda ser considerado como tal, además de ser buen médico, debe ser un médico bueno. Este aparente juego de palabras encierra todo un tratado sobre bonhomía. Sin ser un especialista en gramática, mis conocimientos me llegan para saber que, cuando usamos el adjetivo para calificar el sustantivo, el significado de la frase puede variar si lo colocamos delante o detrás. No es lo mismo hablar de una “gran persona”  que de una “persona grande”, ni quiere decir lo mismo un “pobre hombre” que un “hombre pobre”. Fue san Francisco de Sales  -a quien san Juan Bosco tomó como patrón de su congregación salesiana- el que dijo: “un santo tiste es un triste santo”.

Por desgracia, los momentos complicados y las situaciones particulares hacen que las personas no siempre puedan desarrollar las actividades que quisieran, ni desenvolverse en los ambientes más apetecibles. No obstante, como seres racionales que nos relacionamos con personas de nuestro entorno, siempre tendremos la posibilidad de transmitir, en el desempeño de nuestras funciones, una sensación de eficiencia, beneplácito y, sobre todo, amabilidad. Muy especialmente en el campo de la medicina, la relación médico/paciente descansa en la confianza que irradia el primero sobre el segundo, basada tanto en una exquisita amabilidad como en una contrastada profesionalidad.

Cada uno en su ambiente, todos debemos aspirar al correcto y eficaz desarrollo de nuestras funciones y profesiones. A esta meta no llega antes quien más trabaja, sino quien más eficaz resulta. Muchas veces la eficacia está más ligada a la organización que al esfuerzo. No siempre trabajar más horas comporta lograr mejores resultados. En cualquier caso, si a la verdadera eficacia se une cordialidad y delicadeza, nos encontraremos ante una buena persona. Nuestro diccionario de la RAE define la bonhomía como: “afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento”. Aquí no se habla de coeficiente de inteligencia, ni de superdotados en condiciones físicas o técnicas. Se trata de llegar a ser eso que con tanta facilidad definimos como “buena persona” y que, en esta ocasión, podemos alterar la colocación del adjetivo porque significa lo mismo que “persona buena”.

Esto que parece tan simple, sería la fórmula mágica para llegar a la verdadera felicidad de este mundo. Con buenas personas al frente de todos los países, en la tierra no habría guerras, ni hambre, ni violencia. Los pueblos serían solidarios para repartir más equitativamente la educación, la sanidad y los recursos. No se trata de pontificar la utopía de un mundo donde todos seamos iguales –ojalá-. El primer paso deseable sería estimular la solidaridad de quien está en el vértice de la pirámide por pertenecer al grupo de los que tienen más recursos o más poder, y apostar por los menos afortunados por pertenecer sencillamente a otra región de la tierra, a otra raza o, como sucede actualmente con demasiada frecuencia, por tener otras creencias religiosas.

Tampoco es una labor exclusiva de los dirigentes. Lo estamos viendo hoy con tantos miles de personas que deambulan por media Europa en busca de lo indispensable para no morir. La naciones, con más cinismo que razón, se empeñan en averiguar si buscan ayuda o asilo ¡Qué más da!  Quieren vivir, antes de nada. Y ya van demasiados muertos, mientras se decide si son galgos o son podencos.

Ahora bien, somos muy amigos de criticar a los que mandan, cuando, mirándolo bien, tienen un comportamiento exactamente igual al nuestro. Muchas veces no sabemos por dónde comenzar para ofrecer nuestra ayuda a quien la necesita, olvidándonos de los que tenemos más cerca, nuestros familiares o amigos. Si tenemos cubiertas esas parcelas, el campo para ser buenas personas se nos abre hacia todos los que están peor que nosotros. Y no siempre hay que ser útil con una ayuda material. Cuando nuestros recursos no den para alegrías, siempre quedará nuestra persona. Afortunadamente existen muchas organizaciones donde prestar ayuda ejerciendo el voluntariado; que siempre encontraremos quien nos lo agradezca.